Amor real entre tradiciones

Capítulo 51 : Una cena para el futuro

El comedor privado del Palacio de Frederiksborg estaba iluminado por candelabros altos, cuyos reflejos dorados danzaban sobre la vajilla de porcelana y los cubiertos de plata. El aroma a pan recién horneado, especias suaves y el guiso favorito del rey —un estofado de ternera con hierbas— llenaba el aire, creando una atmósfera cálida y acogedora. La gran mesa, decorada con un centro de flores otoñales, reunía a la familia Valdemar en una cena que prometía ser más que una simple celebración.

Astrid Møller, aún recuperándose de su insuficiencia tiroidea posparto, estaba sentada junto a Christian Valdemar, su rostro sereno aunque marcado por un leve cansancio. Las gemelas, Isabelle y Victoria, de tres meses, dormían en un cochecito doble junto a ella, sus pequeños rostros apenas visibles bajo mantas tejidas. Oscar, jugaba en el suelo cerca de la mesa, organizando sus figuras de madera en lo que parecía un castillo fortificado, tarareando una melodía inventada.

Los hermanos de Christian —Ingrid, Alexander y Felix— aportaban vida al ambiente. Ingrid, siempre la más práctica, ayudaba a repartir copas de vino tinto con una sonrisa, deteniéndose para admirar a las gemelas. Alexander, sentado cerca de Oscar, entretenía al niño con trucos de manos, haciendo “desaparecer” una moneda para luego encontrarla detrás de su oreja, lo que provocaba risitas de asombro. Felix, en una esquina de la mesa, discutía animadamente con Emil Møller, el hermano de Astrid, sobre política internacional, aunque ambos lanzaban miradas cariñosas a las pequeñas cada pocos minutos.

Nikolai Møller, el otro hermano de Astrid, estaba más reservado, sentado con una expresión serena pero distante. Sus ojos, sin embargo, se posaban de vez en cuando en las gemelas, reflejando una mezcla de nostalgia y ternura. Astrid lo notó y le ofreció una sonrisa ligera, que él devolvió con un leve asentimiento, un gesto que hablaba más que las palabras.

El rey Frederik, en la cabecera de la mesa, alzó su copa, silenciando el murmullo de las conversaciones con su sola presencia.

—Esta cena no es solo para celebrar la llegada de mis nietas, Isabelle y Victoria —dijo, su voz grave resonando con autoridad pero suavizada por la calidez de un abuelo—. Es también para compartir una decisión que he meditado durante mucho tiempo.

Los cubiertos dejaron de sonar, y todas las miradas se volvieron hacia él. Incluso Oscar levantó la vista, curioso, con una figura de madera en la mano.

—He decidido retirarme oficialmente —continuó Frederik, su tono firme pero sereno—. No solo como símbolo, sino de manera formal. Ha llegado el momento de que un nuevo liderazgo asuma las responsabilidades del reino. Christian… es tu hora.

Christian entrecerró los ojos, claramente sorprendido, su mano buscando instintivamente la de Astrid bajo la mesa. Ingrid y Alexander intercambiaron una mirada de orgullo, mientras Felix dejó su copa con un gesto lento, procesando las palabras del rey.

—¿Estás seguro, padre? —preguntó Christian, su voz baja pero cargada de emoción, sus ojos buscando los de Frederik.

El rey asintió, tomando su copa con firmeza.

—Completamente —respondió, su mirada llena de confianza—. Has demostrado carácter, visión y, lo más importante, humanidad. Eres un padre dedicado, un esposo ejemplar, y sé que serás un rey que llevará a Dinamarca hacia un futuro luminoso. Y tú, Astrid —se giró hacia ella, su expresión suavizándose con genuino respeto—, eres la compañera ideal para este tiempo que se avecina. Tu fortaleza, incluso en estos meses difíciles, es una inspiración.

Astrid sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo la compostura, inclinando la cabeza con gratitud.

—Gracias… Frederik —dijo, corrigiendo su impulso de llamarlo “majestad”. Su mano apretó la de Christian, transmitiéndole su apoyo silencioso.

Frederik sonrió, una rara chispa de humor en sus ojos.

—Ahora solo soy padre y abuelo —bromeó, levantando su copa en un brindis—. Por las gemelas, por la familia, y por el futuro del reino.

Todos alzaron sus copas, y las risas aligeraron el ambiente. Ingrid, siempre la más espontánea, se inclinó hacia Oscar, que seguía en el suelo.

—¿Y tú, pequeño príncipe? —preguntó con picardía—. ¿Qué dice el superhermano sobre todo esto?

Oscar se levantó, limpiándose las manos en su camisa con una seriedad cómica.

—¡Yo voy a proteger a mis hermanitas! —declaró, inflando el pecho—. Pero no quiero ser rey… ¡todavía! Primero tengo que derrotar a los dragones.

Las risas llenaron la sala, y hasta Nikolai dejó escapar una sonrisa, la primera en toda la noche. Astrid lo observó, notando cómo sus ojos se suavizaban al mirar a las gemelas. Se levantó con cuidado, acercándose al cochecito, y se inclinó para verlas mejor.

—Se parecen mucho a ti, Astrid —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Y a Christian también. Están destinadas a hacer historia, estas pequeñas.

Astrid sonrió, tocando su brazo con suavidad.

—Gracias, Nikolai —respondió con sinceridad—. Significa mucho que estés aquí. Sé que no es fácil para ti.

Nikolai asintió, su expresión volviéndose más cálida.

—Son mi familia —dijo simplemente, mirando a las gemelas—. Y tú siempre has sido la fuerte, hermana. Mamá lo sabía, y yo también.

El ambiente se llenó de conversaciones más ligeras mientras el personal servía el primer plato. Sin embargo, un pequeño incidente añadió un toque de caos a la noche. Christian, que había tomado a Isabelle para calmar un leve quejido, notó que algo se deslizaba de su muñeca. La pulsera roja que la diferenciaba de Victoria se había roto por accidente, cayendo al suelo con un tintineo.

—Oh, no —murmuró Christian, inclinándose para recoger los pedazos—. Astrid, creo que acabo de complicar las cosas.

Astrid, que servía una cucharada de puré a Oscar, levantó la mirada, riendo.

—¿Rompiste la pulsera de Isabelle? —preguntó, alzando una ceja—. Christian, eso era lo único que nos mantenía cuerdos.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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