Los jardines del Palacio de Frederiksborg resplandecían bajo la luz suave de la mañana, con una alfombra azul extendida sobre el césped recién cortado, marcando el escenario para un evento familiar breve pero significativo. La corona había organizado esta presentación oficial para que la prensa viera por primera vez a las gemelas reales, Isabelle y Victoria, quienes acababan de cumplir poco más de cuatro meses. Aunque el acto estaba diseñado para ser informal, los medios lo cubrían con el fervor de una coronación, con fotógrafos y periodistas alineados tras las vallas, sus cámaras listas para capturar cada momento.
Astrid Møller, aún en recuperación de su insuficiencia tiroidea posparto, sostenía a Isabelle, envuelta en un delicado vestido blanco con bordados de encaje. La pequeña miraba a su alrededor con ojos grandes y curiosos, sus manitas agitándose como si intentara atrapar los destellos de los flashes. Christian Valdemar, a su lado, cargaba a Victoria, idéntica a su hermana salvo por una pulsera azul en su muñeca derecha, que contrastaba con la roja de Isabelle. Las gemelas, cada vez más activas, parecían fascinadas por el bullicio, sus rostros iluminados por medias sonrisas que encantaban a la multitud.
Ingrid, la hermana de Christian, se acercó, inclinándose para admirar a las niñas, su rostro iluminado por una sonrisa.
—¡Increíble! —susurró, observando cómo Isabelle esbozaba una media sonrisa justo cuando un fotógrafo disparaba su cámara—. Mira eso, Astrid. Estas pequeñas ya saben robarse el espectáculo.
Astrid rió suavemente, ajustando a Isabelle en sus brazos, su propia sonrisa medida pero cálida.
—Creo que aún no entienden de qué va todo esto —respondió, su voz suave pero cargada de afecto—. Para ellas, son solo luces brillantes y rostros nuevos.
Christian, sosteniendo a Victoria, que movía sus piernitas con entusiasmo, miró a Ingrid con una sonrisa divertida.
—O tal vez ya están practicando para ser las estrellas del palacio —bromeó, inclinándose para besar la frente de Victoria—. ¿Verdad, pequeña? Estás lista para ser la reina de las cámaras.
Ingrid rió, sacudiendo la cabeza.
—Cuidado, Christian —dijo, guiñándole un ojo—. Estas dos podrían quitarte el título de “príncipe encantador” antes de que te des cuenta.
A unos pasos detrás, Oscar caminaba junto a Emil, el hermano de Astrid, su expresión una mezcla de incomodidad y resignación. Llevaba una chaqueta azul perfectamente planchada y el cabello peinado con esmero, pero no dejaba de ajustar sus mangas, claramente incómodo con la atención de los periodistas. Su peluche de oso, su compañero inseparable, colgaba de una mano mientras miraba de reojo a la multitud.
—¿Por qué tengo que salir en todas las fotos? —preguntó en voz baja, su tono casi un murmullo mientras se acercaba a Emil.
Emil, con una sonrisa comprensiva, se agachó para estar a su altura, poniendo una mano en su hombro.
—Solo un poco más, pequeño guardián —respondió, su voz suave pero alentadora—. Sé que no es divertido, pero estás haciendo un gran trabajo. ¿Qué tal si, cuando terminemos, te llevo por un helado? De chocolate, como te gusta.
Oscar frunció los labios, pensándolo un momento, su mirada fija en un fotógrafo que ajustaba su lente.
—¿Y si no quiero helado? —preguntó, cruzando los brazos con una expresión seria que contrastaba con su edad.
Emil rió, revolviéndole el cabello con cariño.
—Entonces tú eliges el lugar para el picnic del domingo —propuso, guiñándole un ojo—. Tú mandas, pequeño. ¿Trato hecho?
Oscar sonrió finalmente, aunque su expresión seguía seria.
—Trato hecho —dijo, asintiendo con decisión—. Pero quiero que sea en el bosque, donde no hay cámaras.
Astrid, que escuchó la conversación, se inclinó hacia Oscar, besando su cabeza mientras sostenía a Isabelle.
—Eres el mejor, mi amor —susurró, su voz llena de ternura—. Y estás haciéndolo muy bien. Ya casi terminamos, te lo prometo.
Oscar tomó su mano, apretándola con fuerza, su mirada aún fija en los fotógrafos.
—¿Pueden no tomarme tantas fotos a mí? —murmuró, mirando al periodista más cercano con desconfianza—. Quiero que miren a Isabelle y Victoria, no a mí.
Astrid sonrió, su corazón llenándose de amor por su hijo.
—Intentaremos, pequeño guardián —respondió, apretando su mano—. Pero sabes que eres el superhermano favorito de todos, ¿verdad?
Oscar suspiró, pero una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—Supongo —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero las fotos son aburridas.
Justo entonces, Isabelle, en los brazos de Astrid, soltó un balbuceo agudo, como si quisiera sumarse a la conversación. La multitud dejó escapar un murmullo de ternura, y los flashes se intensificaron. Victoria, no queriendo quedarse atrás, dio una patadita al aire y emitió un gorgoteo que sonó casi como una risa, haciendo que todos los presentes soltaran una carcajada enternecida.
Felix, que observaba desde un lado, se acercó con una sonrisa traviesa.
—Definitivamente, estas pequeñas no tienen problemas con la fama —comentó, cruzando los brazos—. Alguien va a tener competencia por el título de “rostro más adorable de la familia real”, ¿eh, Oscar?
Oscar frunció el ceño, mirando a Felix con fingida indignación.
—¡Yo soy el superhermano, no el más adorable! —protestó, haciendo reír a todos.
Christian rió, ajustando a Victoria en sus brazos.
—No te preocupes, pequeño —dijo, guiñándole un ojo a Oscar—. Tú tienes el título de “héroe oficial”. Nadie puede quitarte eso.
Mientras la familia posaba para las últimas fotos, un pequeño incidente añadió un toque de caos. Isabelle, que parecía incómoda con su pulsera roja, comenzó a agitar su bracito con fuerza, intentando quitársela. Antes de que Astrid pudiera detenerla, la pulsera se deslizó y cayó al césped. Al mismo tiempo, Victoria, en los brazos de Christian, tiró de su pulsera azul con tanta energía que el pequeño cierre se rompió, quedando en su mano.