El Palacio de Frederiksborg vibraba con una energía contenida, como si las antiguas paredes de piedra supieran que algo trascendental estaba a punto de suceder. Las puertas del ala este se abrían una tras otra, dejando paso a carrozas oficiales, autos diplomáticos y escoltas que se movían con precisión militar. Familiares de la casa real llegaban discretamente, sus rostros una mezcla de preocupación, curiosidad y expectativa. El aire estaba cargado de murmullos, pasos apresurados y el eco lejano de órdenes susurradas por la servidumbre.
En una sala privada, resguardada del ajetreo, Astrid Møller descansaba en un sofá amplio, su rostro pálido pero sereno a pesar del cansancio que aún marcaba su recuperación posparto. Las gemelas, Isabelle y Victoria, de cuatro meses, dormían en una cuna doble cercana, aunque sus pequeños gorjeos y movimientos inquietos indicaban que pronto despertarían, ansiosas por estar con su madre. Oscar, sentado en el suelo, jugaba en silencio con una figura de madera tallada en forma de caballo, pero sus ojos grises seguían cada ruido que se filtraba tras las paredes. Había notado la tensión en el aire: los guardias más atentos, la servidumbre moviéndose con rapidez, y la ausencia prolongada de su padre, Christian.
—¿Por qué están viniendo todos, mamá? —preguntó Oscar en voz baja, sin apartar la vista de la puerta, su figura de madera suspendida en el aire.
Astrid lo observó con calma, inclinándose ligeramente para acariciar el cabello de Isabelle, que comenzaba a moverse en la cuna.
—Hay algo importante que anunciar, pequeño —respondió, su voz suave pero firme, transmitiendo seguridad—. Algo que cambiará algunas cosas para la familia.
Oscar frunció el ceño, su expresión seria contrastando con su pequeño rostro.
—¿Algo malo? —preguntó, apretando su figura de madera con más fuerza.
Astrid negó con la cabeza, ofreciéndole una sonrisa tenue pero cálida.
—No, mi amor —dijo, extendiendo una mano para que él se acercara—. No es malo. Solo… algo grande. Algo que hará que papá y yo trabajemos aún más juntos.
Oscar se levantó, acercándose al sofá y trepando a su lado con cuidado. Se acurrucó contra ella, mirando la cuna donde las gemelas empezaban a agitarse.
—¿Entonces no te vas a enfermar más? —preguntó, su voz baja, casi un susurro, mientras sus ojos buscaban los de su madre.
Astrid sintió un nudo en el pecho, pero mantuvo su sonrisa, abrazándolo con suavidad.
—No, pequeño guardián —respondió, besando su frente—. Estoy mejorando, te lo prometo. Y con tú, papá y tus hermanitas a mi lado, estaré bien para cualquier cosa que venga.
En ese momento, la puerta se abrió, y los hermanos de Christian —Ingrid, Alexander y Felix— entraron, trayendo consigo una ráfaga de energía. Ingrid, acompañada por su esposo, Søren, se acercó de inmediato a Astrid, inclinándose para darle un abrazo cuidadoso.
—¡Astrid, estás radiante! —dijo Ingrid, su voz llena de calidez mientras miraba a las gemelas—. Y estas pequeñas… están cada vez más grandes. Mira esos ojitos, ¡son puro encanto!
Astrid rió, ajustándose en el sofá mientras Isabelle soltaba un gorjeo, claramente queriendo atención.
—Están más activas cada día —respondió, su tono lleno de cariño—. Creo que quieren estar con mamá todo el tiempo. No me dejan ni respirar.
Søren, el esposo de Ingrid, sonrió, inclinándose para ver a las gemelas.
—Tienen tu mirada, Astrid —dijo, su tono juguetón pero sincero—. Y algo de la terquedad de Christian, me parece.
Christian, que acababa de entrar, rió, negando con la cabeza mientras se acercaba al grupo.
—Oye, cuidado con lo que dices, Søren —bromeó, sentándose junto a Astrid y tomando su mano—. Estas pequeñas son perfectas. Aunque… sí, tal vez tienen un poco de mi encanto.
Felix, siempre el más animado, se agachó junto a Oscar, que seguía acurrucado contra su madre.
—¡Oye, pequeño guardián! —dijo, revolviéndole el cabello—. ¿Listo para ser el héroe de la familia hoy? Mira, hice una moneda desaparecer. ¿Quieres que te enseñe?
Oscar sonrió, olvidando momentáneamente su preocupación, y extendió la mano.
—¡Enséñame! —exigió, sus ojos brillando con entusiasmo—. Pero no hagas que mis hermanitas desaparezcan, ¿eh?
Felix rió, sacando una moneda de detrás de la oreja de Oscar, lo que provocó una risita del niño.
—Trato hecho, superhermano —dijo, guiñándole un ojo—. Tus hermanitas están a salvo conmigo.
Alexander, más serio, se acercó a la cuna, observando a las gemelas con una mezcla de asombro y ternura.
—Son increíbles —dijo, su voz baja pero cálida—. Pero, Astrid, ¿cómo estás tú? Todo este movimiento en el palacio… debe ser agotador.
Astrid suspiró, ajustando la manta que cubría a Victoria, que ahora intentaba alcanzar su mano con pequeños movimientos.
—Estoy bien, Alexander —respondió, su tono sincero—. Cansada, pero mejor. Mattias dice que estoy progresando, aunque aún necesito reposo. Todo este… —hizo un gesto hacia la puerta, refiriéndose al ajetreo del palacio— me tiene un poco nerviosa, pero confío en que sea para algo bueno.
Ingrid, que se había sentado junto a Astrid, frunció el ceño, sus ojos llenos de curiosidad.
—¿Ya saben qué es el anuncio? —preguntó, mirando a Astrid y luego a Christian—. Porque el palacio está patas arriba. Nunca había visto tantos autos diplomáticos en un solo día.
Christian negó con la cabeza, su expresión seria pero tranquila.
—Todavía no tenemos todos los detalles —admitió, apretando la mano de Astrid—. Pero si mi intuición no falla, tiene que ver con padre. Algo grande, como dijo Astrid.
Alexander asintió, cruzando los brazos con una expresión grave.
—También lo pienso —dijo, su voz baja—. Todos hemos sido llamados con urgencia. Incluso llegaron primos de las casas menores, gente que no hemos visto en años. Algo está por cambiar, y no es solo una formalidad.