Amor real entre tradiciones

Capítulo 55: Una nueva era

El crepúsculo bañaba los jardines del Palacio de Frederiksborg con tonos dorados, mientras los emblemas reales brillaban bajo las luces estratégicamente colocadas. La ceremonia del anuncio del retiro del rey Frederik había concluido, pero su eco resonaba en cada rincón del palacio y más allá, en las calles de Copenhague, donde los ciudadanos celebraban la transición con respeto y esperanza. Las cámaras de la prensa, nacionales e internacionales, habían capturado cada momento, desde el discurso solemne del rey hasta la reverencia de Christian Valdemar, el príncipe heredero, quien pronto sería coronado rey.

En una sala privada del ala norte, Astrid Møller reposaba en un sillón acolchado, con Isabelle y Victoria, ahora de cuatro meses, en una cuna doble a su lado. Las gemelas, más activas que nunca, balbuceaban y agitaban sus manitas, como si quisieran participar en la emoción del día. Astrid, aún en recuperación tras su insuficiencia tiroidea posparto, sostenía una taza de té de manzanilla que apenas había probado. Su rostro reflejaba una mezcla de orgullo y cansancio, pero sus ojos brillaban al pensar en Christian y el peso que ahora llevaba.

Oscar, sentado en una alfombra cercana, jugaba con su figura de madera en forma de caballo, aunque su atención se desviaba constantemente hacia las gemelas. Había notado que algo había cambiado en el palacio: más guardias, más murmullos, más luces. Se acercó al sillón de Astrid, subiéndose con cuidado para no despertarla, aunque ella ya estaba alerta.

—Mami, ¿por qué todos están tan serios hoy? —preguntó, sus ojos grandes llenos de curiosidad mientras señalaba hacia la ventana, donde se veían siluetas de asistentes moviéndose apresuradamente.

Astrid sonrió, acariciando su cabello con suavidad.

—No están serios, pequeño guardián —respondió, su voz cálida pero cansada—. Están emocionados. Tu papá va a ser rey pronto, y eso es algo muy importante para todos.

Oscar frunció el ceño, procesando la información.

—¿Entonces papi va a usar una corona grande como el abuelo? —preguntó, inclinando la cabeza.

Astrid rió suavemente, ajustando la manta que cubría sus piernas.

—Tal vez una un poquito más pequeña —bromeó—. Pero lo más importante es que va a cuidar a todos, como tú cuidas a tus hermanitas.

Oscar infló el pecho con orgullo, mirando a Isabelle y Victoria, que ahora intentaban alcanzar sus propios pies con risitas.

—¡Soy el superhermano! —declaró, levantando su figura de caballo como una espada—. Puedo cuidarlas de los monstruos y de las luces brillantes.

En ese momento, Christian entró en la sala, aún con su uniforme ceremonial, aunque la chaqueta estaba desabotonada, mostrando un lado más relajado. Sostenía una bandeja con un plato de galletas de avena que Astrid había preparado esa mañana, antes de que el día se volviera caótico. Se detuvo al ver la escena: su esposa, su hijo y las gemelas, todos juntos en un rincón de paz en medio del torbellino.

—Veo que el superhermano está en guardia —dijo, con una sonrisa cansada pero genuina, mientras dejaba la bandeja en una mesa cercana.

Oscar corrió hacia él, abrazando sus piernas.

—¡Papi! Mami dijo que vas a ser rey, pero yo no quiero que uses corona porque se ve pesada —dijo, su tono serio haciendo reír a ambos padres.

Christian se agachó, levantando a Oscar en brazos.

—No te preocupes, pequeño —respondió, guiñándole un ojo—. Si la corona es muy pesada, la guardaré para las ocasiones especiales. Pero necesito que me ayudes con algo más importante: cuidar a mami y a tus hermanitas mientras estoy ocupado.

Oscar asintió con seriedad, como si le hubieran dado una misión real.

—¡Prometo cuidarlos a todos! —declaró, antes de bajar de los brazos de Christian y correr hacia la cuna, donde Isabelle soltó un balbuceo que él interpretó como una señal de apoyo.

Astrid miró a Christian, sus ojos llenos de amor y un toque de preocupación.

—¿Cómo estás tú, amor? —preguntó, su voz suave mientras él se sentaba a su lado, tomando su mano.

Christian suspiró, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón.

—Abrumado —admitió, su tono honesto—. El discurso de mi padre fue… definitivo. Todo esto se siente real ahora. Pero saber que estás aquí, con los niños, me da fuerza.

Astrid apretó su mano, inclinándose para besar su mejilla.

—Siempre estaremos contigo, Christian —susurró—. No importa cuán grande sea la corona.

En ese momento, Victoria soltó un pequeño lloriqueo, seguido por Isabelle, como si ambas quisieran unirse a la conversación. Astrid se inclinó hacia la cuna, notando que las cintas de colores que usaban en su cabello para diferenciarlas —roja para Isabelle, azul para Victoria— ya no estaban. Las gemelas, en su entusiasmo por explorar, se las habían quitado, y ahora yacían enredadas en la sábana de la cuna.

—Oh, pequeñas rebeldes —dijo Astrid, riendo mientras levantaba a Isabelle, o tal vez a Victoria, sin estar segura—. ¿Quién eres tú ahora? Creo que tendremos que encontrar otra forma de distinguirlas.

Christian tomó a la otra gemela, que inmediatamente agarró un mechón de su cabello con una risita traviesa.

—Definitivamente tienen tu espíritu, Astrid —bromeó, intentando liberar su cabello de las manitas de la bebé—. Creo que esta es Victoria. Siempre es la que tira más fuerte.

Astrid rió, meciéndola con suavidad.

—O tal vez es Isabelle, intentando imitar a su hermana —respondió, mirando a las gemelas con adoración—. Son tan activas ahora. No puedo creer que ya tengan cuatro meses.

Oscar, que observaba la escena, se acercó con curiosidad.

—¿Por qué no tienen sus cintas? —preguntó, inclinándose para inspeccionar a sus hermanas—. Ahora no sé quién es quién.

Christian rió, revolviéndole el cabello a Oscar.

—Buena pregunta, superhermano —dijo—. Creo que tendremos que ponerles pulseras nuevas, o tal vez pintarles las uñas de colores diferentes.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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