El ala real del Palacio de Frederiksborg estaba sumida en un torbellino controlado. Los asistentes se movían con precisión, cargando maletas y revisando documentos, mientras el murmullo de los helicópteros en el exterior anunciaba la inminente partida de Christian y Astrid para un viaje diplomático a Estocolmo. Las gemelas, Isabelle y Victoria, ahora de cuatro meses y medio, descansaban en una cuna doble en la sala privada, sus pequeños cuerpos agitándose con balbuceos ocasionales. Oscar, de pie junto a la ventana, observaba con el ceño fruncido el caos de fotógrafos que se agolpaban tras las rejas del palacio. Su pequeño mundo, lleno de risas y juegos, se sentía invadido una vez más.
Astrid, ajustando la mantita de Isabelle, notó la tensión en el rostro de su hijo. Se acercó lentamente, con Victoria en brazos, y se agachó a su altura, a pesar del leve dolor que aún sentía en su cuerpo por la recuperación posparto.
—Oscar, mi pequeño guardián, ¿qué pasa por esa cabecita tuya? —preguntó, su voz suave pero cargada de preocupación.
Oscar giró hacia ella, sus ojos grandes y brillantes, al borde de las lágrimas.
—No quiero que se vayan otra vez, mami —susurró, apretando su figura de madera en forma de caballo contra el pecho—. Siempre hay cámaras, y todos me miran como si fuera grande. ¡No quiero ser príncipe heredero! Solo quiero jugar contigo y con papi… y que no nos miren.
El corazón de Astrid se apretó. Miró a Christian, que estaba dando instrucciones finales a su secretario, pero al escuchar la voz temblorosa de Oscar, dejó todo y se acercó de inmediato. Se arrodilló junto a su hijo, colocando una mano en su hombro.
—Oye, pequeño —dijo Christian, su tono cálido pero firme—. Sé que los flashes y las cámaras son un fastidio. A veces, a mí también me dan ganas de esconderme en el jardín contigo. Pero ¿sabes qué? No importa lo que digan los títulos o los fotógrafos. Tú eres Oscar, nuestro superhermano, el que hace reír a sus hermanitas y el que siempre encuentra los mejores escondites.
Oscar parpadeó, una lágrima resbalando por su mejilla.
—¿Y si no quiero que me vean? —preguntó, su voz apenas audible—. ¿Y si solo quiero estar con ustedes… aquí, sin que nadie me mire?
Astrid lo abrazó con cuidado, asegurándose de no despertar a Victoria, que se removía en sus brazos. Sintió el calor del pequeño cuerpo de su hijo contra el suyo, y por un momento, deseó poder detener el tiempo.
—Entonces haremos todo lo posible para que tengas eso, mi amor —respondió, besando su frente—. Cuando regresemos de este viaje, te prometo que nos escaparemos a la cabaña. Sin cámaras, sin guardias, solo nosotros cinco. Haremos una fogata, contaremos historias y comeremos esas galletas que tanto te gustan.
Christian asintió, revolviéndole el cabello a Oscar.
—Y tú serás el jefe de la fogata, ¿de acuerdo? —añadió con una sonrisa—. Pero necesitamos que seas valiente mientras estamos fuera. Tío Emil y tío Nikolaj estarán aquí, y la abuela también. Además, tienes una misión importante: cuidar a tus hermanitas.
Oscar frunció los labios, no del todo convencido, pero asintió lentamente.
—Está bien… pero no quiero que tarden mucho —murmuró, mirando a las gemelas, que ahora balbuceaban con más entusiasmo, como si percibieran la tristeza de su hermano.
En ese momento, Isabelle soltó un pequeño lloriqueo, seguido por Victoria, que agitó sus manitas, intentando quitarse la cinta azul que llevaba en el cabello. La cinta roja de Isabelle ya estaba enredada en la sábana, y Astrid rió suavemente al notar el caos que sus hijas estaban causando.
—Estas pequeñas están tan inquietas como tú, Oscar —dijo, levantando a Isabelle para calmarla—. Creo que quieren estar contigo para animarte.
Oscar se acercó a la cuna, mirando a sus hermanas con una mezcla de curiosidad y cariño.
—¿Por qué siempre se quitan las cintas? —preguntó, inclinándose para inspeccionarlas—. Ahora no sé quién es Isabelle y quién es Victoria.
Christian rió, tomando a Victoria en brazos, quien inmediatamente intentó jalar su corbata.
—Son unas rebeldes, como su mamá —bromeó, guiñándole un ojo a Astrid—. Pero creo que saben que su hermano mayor está triste, y quieren hacer algo al respecto.
Oscar sonrió tímidamente, tomando la mano diminuta de Isabelle.
—No estés triste, pequeña —susurró, como si le hablara a un adulto—. Yo te voy a cuidar, y a ti también, Victoria. Pero no se quiten las cintas, ¡es confuso!
La puerta se abrió suavemente, y Jens Møller, el padre de Astrid, entró acompañado por Emil y Nikolaj. Jens llevaba una expresión de preocupación al ver a su hija, aún pálida por el cansancio, pero sus ojos se iluminaron al posarse en Oscar y las gemelas.
—Mi niña, te ves agotada —dijo Jens, acercándose para besar la frente de Astrid—. Pero estos pequeños… —se inclinó hacia la cuna, sonriendo a las gemelas— son un torbellino de vida.
Astrid sonrió, ajustando a Isabelle en sus brazos.
—Son un desafío, papá —respondió, su voz cálida—. Pero Oscar es el mejor superhermano que podrían tener.
Emil se agachó junto a Oscar, sacando una figura de madera en forma de dragón de su bolsillo.
—Mira esto, pequeño guardián —dijo, su tono juguetón—. Lo traje para que lo añadas a tu colección. Pero solo si prometes no dejar que las gemelas lo muerdan.
Oscar rió, tomando la figura con entusiasmo.
—¡Es un dragón! — exclamó, olvidando momentáneamente su tristeza—. Gracias, tío Emil. Pero… ¿puedes ayudarme a cuidar a las bebés mientras mami y papi están fuera?
Emil asintió, revolviéndole el cabello.
—Cuenta conmigo —respondió—. Y también con tío Nikolaj, aunque él diga que no le gusta cambiar pañales.
Nikolaj, que había estado observando desde un rincón, levantó una ceja, pero una sonrisa se dibujó en su rostro.
—No soy tan malo con los pañales —protestó, acercándose a la cuna—. Pero estas pequeñas… —miró a las gemelas, que ahora balbuceaban con más energía— parecen saber cómo salirse con la suya. Igual que tú, Astrid.