Amor real entre tradiciones

Capítulo 57: Momentos robados

París, Francia – Gala cultural en la embajada noruega

El aire de la noche parisina era fresco, con un toque de elegancia que envolvía la embajada noruega. Astrid, con un vestido azul medianoche que brillaba bajo los candelabros, descendió del coche tomada del brazo de Christian. Los flashes de las cámaras destellaban como relámpagos, y aunque ambos sonreían con la gracia ensayada del protocolo, había una chispa de complicidad en sus miradas. Mientras saludaban a diplomáticos y figuras culturales, Astrid apretó la mano de Christian en un momento de descuido, lejos de los ojos curiosos.

—Al menos esta vez no tengo náuseas —susurró, con una sonrisa traviesa.

Christian rió por lo bajo, inclinándose ligeramente hacia ella.

—Y yo no tengo que esconder galletas en el bolsillo para calmarte —respondió, guiñándole un ojo mientras un embajador se acercaba a saludarlos.

—Christian, Astrid, ¡es un honor tenerlos aquí! —dijo el embajador noruego, un hombre de cabello plateado y sonrisa afable—. Espero que disfruten de la velada. Tenemos una exposición de arte vikingo que creo que les fascinará.

—Estamos emocionados por verla —respondió Astrid, su voz cálida pero profesional—. Me han hablado maravillas de las piezas restauradas.

Christian asintió, añadiendo:

—Y yo estoy deseando probar ese famoso salmón noruego del que tanto presumen.

El embajador rió, guiándolos hacia el salón principal. Mientras caminaban, Astrid se inclinó de nuevo hacia Christian.

—Salmón, ¿eh? No dejes que Oscar te oiga, o empezará a pedirlo para el desayuno otra vez —bromeó, su tono más relajado ahora que estaban fuera del alcance de las cámaras.

Christian sonrió, apretando su mano.

—Ese pequeño tiene gustos caros —respondió—. Pero si le decimos que es “comida de reyes”, seguro que lo convence.

La gala continuó con charlas formales, música suave y el tintineo de copas, pero Astrid y Christian encontraron pequeños momentos para compartir miradas y risas, como si el bullicio a su alrededor no pudiera tocarlos del todo.

Roma, Italia – Almuerzo en una terraza privada

Dos días después, en una terraza privada con vistas al Coliseo, Astrid y Christian disfrutaban de un raro momento de calma. Sin guardaespaldas ni asistentes, la mesa estaba cubierta de platos de pasta, una botella de vino blanco y el aroma del verano italiano. Astrid sacó su teléfono y tomó una foto del plato de Christian, una carbonara perfectamente enrollada.

—Esto se lo mostraré a Oscar —dijo, sonriendo mientras guardaba el teléfono—. Seguro dirá que tú cocinas mejor.

Christian rió, tomando un sorbo de vino.

—Mentiroso, pero le seguiré la corriente —respondió, inclinándose hacia ella—. Aunque, si soy honesto, esta pasta no está mal. Pero extraño tus galletas de avena.

Astrid alzó una ceja, fingiendo indignación.

—¿Mis galletas? ¿Y qué hay de mis pasteles? —bromeó, golpeando suavemente su brazo—. Creo que Oscar heredó tu mal gusto.

Christian rió, pero su expresión se suavizó al mirar el Coliseo a lo lejos.

—Hablando de Oscar… ¿crees que está bien? —preguntó, su voz más seria—. Sé que Emil y Nikolaj están con él, pero… no me gusta dejarlo tanto tiempo.

Astrid suspiró, apoyando la barbilla en la mano.

—Sé que está en buenas manos, pero siento lo mismo —admitió—. Me llamó anoche, ¿sabes? Dijo que las gemelas no dejaban de quitarse las pulseras que les pusimos, y él estaba “en una misión” para mantenerlas en orden.

Christian sonrió, pero había un toque de nostalgia en sus ojos.

—Ese pequeño guardián —murmuró—. Está creciendo demasiado rápido.

Astrid tomó su mano, apretándola con fuerza.

—Cuando volvamos, cumpliremos esa promesa de la cabaña —dijo, su voz firme—. Sin cámaras, sin protocolo. Solo nosotros, Oscar, y las pequeñas rebeldes.

Christian asintió, levantando su copa.

—Brindo por eso —dijo, chocando su copa con la de ella—. Por nuestra familia.

Residencia real – Copenhague

Mientras tanto, en el ala infantil del palacio, Oscar caminaba descalzo por el pasillo, sosteniendo un biberón con ambas manos. La niñera, una mujer joven llamada Sofie, lo seguía con una mezcla de paciencia y exasperación.

—Oscar, déjame ayudarte con eso —dijo Sofie, extendiendo las manos—. Es más fácil si lo hago yo.

—No, yo puedo dárselo —respondió Oscar con seriedad, entrando en la habitación de las gemelas—. Isabelle solo llora conmigo, y Victoria también. Soy su superhermano.

Sofie sonrió, pero no insistió, observándolo mientras se sentaba junto a la cuna doble. Isabelle, o tal vez Victoria, soltó un berrinche, pateando la sábana y quitándose la pulsera azul que llevaba en la muñeca. La pulsera roja de la otra gemela ya estaba en el suelo, y Oscar frunció el ceño, claramente frustrado.

—¡No, pequeñas! — exclamó, recogiendo las pulseras—. Tienen que dejarlas puestas, o mami no sabrá quién es quién.

En ese momento, Nikolaj entró en la habitación, su chaqueta informal colgando de un hombro. Había pasado a recoger a Oscar del colegio, como hacía a menudo cuando Astrid y Christian estaban fuera. Notó la expresión seria del niño y la pila de juguetes abandonados en una esquina, un signo claro de que Oscar no estaba siendo él mismo.

—Oye, pequeño guardián —dijo Nikolaj, sentándose en el suelo junto a él—. ¿Qué tal si dejamos a las rebeldes un rato y jugamos a ese videojuego donde me ganaste la última vez? Creo que merezco una revancha.

Oscar negó con la cabeza, sin apartar la vista de las gemelas, que ahora balbuceaban y pateaban con más entusiasmo, como si compartieran su frustración.

—No quiero —respondió, su voz baja—. Si las dejo solas, lloran. Y mami no está… ni papi.

Nikolaj suspiró, intercambiando una mirada con Sofie, quien asintió y salió de la habitación para darles espacio. Nikolaj se acercó más, colocando una mano en el hombro de Oscar.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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