Residencia Real, Copenhague – Tarde gris
El cielo estaba cubierto de nubes grises cuando el coche real se detuvo frente a la entrada principal del Palacio de Frederiksborg. Astrid bajó con pasos rápidos, ignorando el cansancio que le pesaba en los hombros tras el largo viaje desde Viena. Su mirada se alzó instintivamente hacia el ventanal del segundo piso, donde sabía que estaba la habitación de las gemelas, y donde probablemente encontraría a Oscar. Christian, a su lado, llevaba una bolsa llena de pequeños paquetes envueltos en papel colorido: postres y juguetes que habían recogido en cada ciudad para sus hijos.
—¿Están dormidos? —preguntó Astrid al mayordomo, Frederik, mientras él tomaba su abrigo con una reverencia discreta.
—Las señoritas Isabelle y Victoria están durmiendo, alteza —respondió Frederik, su tono profesional pero cálido—. Pero el joven príncipe Oscar está en la sala de lectura. No ha querido cenar esta noche.
Astrid frunció el ceño, un nudo formándose en su pecho. Antes de que Christian pudiera decir algo, ella ya se había girado hacia el pasillo, su vestido aún arrugado por el viaje ondeando tras ella.
—Espera, amor —dijo Christian, alcanzándola con una mano en su brazo—. Vamos juntos. Quiero verlo.
Astrid asintió, sus ojos brillando con una mezcla de alivio por estar en casa y preocupación por su hijo. Juntos, atravesaron los pasillos del palacio, donde los retratos de generaciones pasadas parecían observar su paso apresurado.
En la biblioteca, Nikolaj los esperaba, recostado contra la chimenea con una copa de vino en la mano. Su expresión relajada se tensó ligeramente al verlos entrar, como si supiera que la conversación que seguía no sería fácil.
—Hermana —dijo suavemente, inclinándose para besar la mejilla de Astrid—. No esperaba que volvieran hoy. ¿Todo bien en Viena?
—Tampoco nosotros lo planeamos —respondió Astrid, con una sonrisa cansada mientras dejaba su bolso en un sillón—. Christian adelantó las reuniones para que pudiéramos estar aquí antes. Queríamos ver a los niños.
Christian asintió, colocando la bolsa de regalos en una mesa cercana.
—Demasiados días fuera —añadió, su voz más seria—. ¿Cómo están las cosas aquí, Nikolaj?
Nikolaj suspiró, girando la copa en su mano antes de hablar.
—Todo bajo control, más o menos —dijo, mirando a Astrid—. Pero… tenemos que hablar de Oscar.
Astrid se tensó, apoyando una mano en su pecho como si quisiera calmar los latidos acelerados de su corazón.
—¿Ha pasado algo? —preguntó, su voz temblando ligeramente.
Nikolaj negó con la cabeza, pero su expresión era de preocupación.
—No es grave, pero sí preocupante —explicó—. Está más callado de lo normal. Más distante. No ha salido a jugar con sus amigos desde que se fueron. Rechazó dos videollamadas contigo, Astrid. Y apenas se despega de las gemelas. Creo que está intentando… no sé, llenar el vacío.
Astrid cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de las palabras de su hermano.
—No pensé que fuera tan fuerte para él —murmuró, su voz llena de culpa—. Siempre ha sido tan maduro, pero… tiene seis años, Nikolaj. ¡Seis! No debería estar cargando con esto.
Christian puso una mano en su hombro, apretándola suavemente.
—No es tu culpa, amor —dijo, su tono firme pero cariñoso—. Los dos sabíamos que estos viajes serían duros para él. Pero estamos aquí ahora, y vamos a arreglarlo.
Nikolaj asintió, tomando un sorbo de vino antes de hablar.
—Los criaste para ser empáticos, Astrid —dijo, su voz suave—. Oscar te adora, y cuando siente que no estás, intenta ser el fuerte de la familia. Lo he visto sentado junto a las gemelas, hablando con ellas como si fueran sus mejores amigas.
Astrid sonrió débilmente, pero sus ojos estaban húmedos.
—Es mi pequeño guardián —susurró—. Pero no quiero que sienta que tiene que serlo todo el tiempo.
Christian miró a Nikolaj, su expresión determinada.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—En la habitación de las niñas —respondió Nikolaj—. Dijo que esperaría allí hasta que volvieran. No quiso moverse, ni siquiera cuando Jens intentó convencerlo de comer algo.
Astrid y Christian intercambiaron una mirada, y sin decir más, se dirigieron al ala infantil, dejando a Nikolaj en la biblioteca con una sonrisa comprensiva.
Cuarto de las gemelas – Pocos minutos después
La habitación de las gemelas estaba bañada en una luz tenue, con las cortinas parcialmente cerradas y el suave zumbido de un móvil musical girando sobre la cuna doble. Isabelle y Victoria dormían tranquilamente, pero sus pequeñas manos aún sujetaban las sábanas, como si incluso en sueños estuvieran listas para quitarse las pulseras que las niñeras insistían en ponerles. Oscar, en cambio, estaba en el suelo, medio dormido sobre una manta, con un libro de cuentos abierto a su lado y su cabeza apoyada en una almohada infantil con forma de estrella.
Astrid se arrodilló junto a él, su corazón apretándose al ver su rostro, normalmente tan lleno de energía, ahora marcado por el cansancio. Le acarició el cabello con suavidad, sus dedos temblando ligeramente.
—Mi amor… —susurró.
Oscar abrió los ojos lentamente, parpadeando como si no estuviera seguro de que fuera real. Cuando vio a su madre, se quedó inmóvil por un instante antes de lanzarse a sus brazos, abrazándola con tanta fuerza que Astrid casi pierde el equilibrio.
—¡Mami! —murmuró contra su cuello, su voz temblorosa—. Pensé que no volverías pronto. Todos decían que era importante, que tenías que ir. Pero ellas te necesitan. Yo te necesito.
Astrid contuvo las lágrimas, abrazándolo con fuerza mientras besaba su frente.
—Lo sé, corazón —dijo, su voz quebrándose—. Y fue muy difícil para mí también. Pero nunca dejaría de volver a ti. A ustedes. Siempre volveremos, te lo prometo.
Oscar se apartó un poco, mirándola con ojos húmedos.