Salón privado en la residencia real – Una semana antes del séptimo cumpleaños de Oscar
El salón privado estaba envuelto en una atmósfera cálida, con la luz invernal filtrándose tímidamente a través de las ventanas. Las gemelas, Isabelle y Victoria, dormían plácidamente en una cuna doble que Astrid había hecho colocar junto a la ventana, sus pequeños rostros iluminados por el sol suave. Astrid, sentada en un sillón, hojeaba un cuaderno decorado con stickers de dinosaurios y estrellas, lleno de dibujos y notas que Oscar había creado a lo largo de los años. Su expresión era una mezcla de nostalgia y determinación mientras planeaba el séptimo cumpleaños de su hijo.
Nikolaj, sentado frente a ella con una taza de café, levantó una ceja al ver un dibujo particularmente extravagante: un castillo con alas rodeado de dragones con gorros de fiesta.
—¿Y esto qué es, Astrid? —preguntó, sosteniendo el cuaderno con una sonrisa divertida—. ¿El plan maestro de Oscar para conquistar el mundo?
Astrid rió suavemente, inclinándose para mirar el dibujo.
—Su visión de una fiesta ideal cuando tenía cuatro años —respondió, su voz llena de cariño—. No quiero que su cumpleaños sea algo público, sabes cuánto odia las cámaras ahora. Pero quiero que sea mágico, que sienta que lo conocemos, que lo amamos por ser él.
Helena, que acababa de entrar con una bandeja de té, dejó una taza frente a Astrid y otra para Nikolaj, añadiendo una cucharada de miel a la suya con un gesto elegante.
—¿Y quién está en la lista de invitados? —preguntó, sentándose junto a ellos y cruzando las piernas—. Supongo que será una fiesta íntima, pero con un toque de Oscar.
Astrid asintió, hojeando el cuaderno hasta una página con una lista escrita a mano.
—Sus amigos del colegio: Lukas, Emma y Theo —respondió—. Mattias, por supuesto, porque Oscar lo adora. Los hermanos de Christian: Nikolaj, Felix, Henrik y Sofía. Emil y su esposa Freja también vendrán. Y tú, Nikolaj —miró a su hermano con una sonrisa traviesa—, vas a encargarte de distraer a Oscar ese día mientras decoramos el jardín sur.
Nikolaj alzó las manos, fingiendo indignación.
—¿Yo? ¿El tío encantador y cómplice? —dijo, riendo—. No me parece una mala idea, pero me parte el alma no llevarme a estas pequeñas de paseo también —añadió, mirando a las gemelas, que en ese momento movieron los bracitos en sueños, como si sintieran la atención.
Astrid sonrió, inclinándose para acariciar el cabello de Isabelle, que había logrado quitarse la cinta roja del cabello incluso mientras dormía.
—Ellas tendrán su momento más adelante —dijo, su tono suave—. Pero esta vez, es solo para Oscar. Necesita sentirse especial, sin cámaras, sin títulos.
Christian entró en ese momento, con una sonrisa curiosa y una bolsa de papel en la mano, llena de pequeños regalos que había comprado para la fiesta. Se detuvo al ver la escena: Astrid con el cuaderno, Nikolaj con su café y Helena con su té, todos conspirando en voz baja.
—¿De qué se conspira aquí? —preguntó, dejando la bolsa en una mesa y acercándose a besar la frente de Astrid.
—Nada grave, alteza —respondió Helena con un guiño cómplice—. Solo estamos planeando la celebración del séptimo cumpleaños de un pequeño futuro príncipe.
Christian se sentó junto a Astrid, tomando el cuaderno y hojeando los dibujos con una sonrisa nostálgica.
—¿Le vas a regalar lo de las estrellas? —preguntó, señalando una nota al pie de página que decía “ver estrellas con mamá y papá”.
Astrid asintió, sus ojos brillando de emoción.
—Hablé con el planetario de confianza de mi padre —explicó—. Haremos una proyección especial para él después de la fiesta, solo nosotros tres. Sin prensa, sin protocolo.
Christian asintió, su expresión suavizándose.
—Entonces me encargaré de que los medios se mantengan lejos ese día —dijo, su tono lleno de determinación—. Oscar necesita esto. Ser solo un niño, aunque sea por un día.
Astrid le tomó la mano, apretándola con gratitud.
—Gracias, amor —susurró—. Sé que no es fácil, pero… quiero que Oscar sienta que el mundo no siempre es el palacio.
Nikolaj tomó un sorbo de café, observándolos con una sonrisa cálida.
—Ese pequeño es más fuerte de lo que parece —dijo—. Pero tienes razón, Astrid. Necesita un día para ser solo Oscar, no el “futuro príncipe”. Y yo me aseguraré de que sea la mejor distracción de la historia.
Helena rió, inclinándose hacia Nikolaj.
—¿Distracción? —preguntó, alzando una ceja—. ¿Eso significa que lo llevarás a cazar dragones imaginarios o algo por el estilo?
Nikolaj sonrió, guiñándole un ojo.
—Algo por el estilo —respondió—. Pero no te preocupes, Helena. Si necesitas ideas, puedo incluirte en la misión. Eres buena con los dragones, ¿no?
Helena rió, sacudiendo la cabeza.
—Solo si me prometes no convertir el jardín en un campo de batalla —respondió, su tono juguetón pero con un toque de seriedad.
En ese momento, Emil y su esposa Freja entraron en el salón, trayendo consigo una energía cálida. Freja llevaba un cuaderno de bocetos, mientras Emil sostenía una caja de madera que parecía hecha a mano.
—¡La conspiración está en pleno apogeo! — exclamó Emil, abrazando a Astrid y luego a Christian—. ¿Qué tenemos aquí? ¿El plan para el cumpleaños del pequeño guardián?
Astrid sonrió, levantándose para besar la mejilla de su hermano mayor.
—Algo así —respondió—. Estamos planeando una fiesta íntima, pero con todo lo que Oscar ama: dragones, estrellas, y probablemente demasiados dulces.
Freja se acercó a la cuna, sonriendo al ver a las gemelas.
—Estas pequeñas son un espectáculo —dijo, inclinándose para ajustar la manta de Victoria—. Pero ¿qué es esto con las cintas? Cada vez que las veo, están en el suelo.
Astrid suspiró, riendo mientras miraba a sus hijas.
—Es su nuevo pasatiempo —explicó—. Cada vez que les ponemos las cintas, hacen un berrinche y se las quitan en minutos. Las niñeras están desesperadas.