Dormitorio de las gemelas – Una noche antes del viaje
El ala familiar del Palacio de Frederiksborg, usualmente envuelta en un silencio sereno, se vio interrumpida por un leve llanto que resonó en la penumbra. Astrid, con el instinto materno agudizado, se levantó de la cama con un suspiro, descalza y guiada por el suave quejido que provenía de la cuna doble. La luz de la luna se filtraba por las cortinas, iluminando apenas las figuras de Isabelle y Victoria, sus gemelas de cinco meses.
Astrid se acercó y encontró a Isabelle, la mayor, con la carita enrojecida, los ojos húmedos y un estornudo que le sacudió el cuerpo diminuto. La cinta roja que solía llevar en el cabello estaba enredada en la sábana, como siempre, y Astrid no pudo evitar una pequeña sonrisa antes de que la preocupación tomara el control.
—Ay, mi amor… —susurró, colocando una mano en la frente de Isabelle—. Estás calentita…
Christian entró segundos después, descalzo y con Victoria dormida en sus brazos, su cinta azul también ausente, probablemente víctima de otro de sus berrinches conjuntos. Al ver la expresión de Astrid, frunció el ceño, acercándose con cuidado para no despertar a la pequeña.
—¿Otra vez se despertó? —preguntó en voz baja, ajustando a Victoria contra su pecho.
Astrid negó con la cabeza, levantando a Isabelle con suavidad y acunándola para calmar su llanto.
—No, amor —respondió, su voz cargada de preocupación—. Está resfriada. Tiene fiebre.
Christian se acercó, mirando a Isabelle con una mezcla de ternura y alarma. Al día siguiente, debían partir rumbo a una serie de compromisos en el extranjero relacionados con la transición hacia la coronación, pero la salud de su hija cambiaba todo.
—No podemos irnos así —dijo Astrid, acariciando la cabeza de Isabelle mientras la bebé estornudaba de nuevo, un sonido pequeño pero suficiente para apretar el corazón de ambos.
Christian asintió, su expresión determinada.
—Hablaré con Mattias ahora mismo para que venga a verla —dijo, su tono firme—. Si hay que posponer el viaje, lo haremos. No me voy si ella no está bien.
Astrid lo miró, agradecida, y se inclinó para besar la mejilla de Victoria, que seguía dormida en los brazos de su padre.
—Gracias —susurró, sus ojos brillando con una mezcla de alivio y culpa—. No quiero dejarla así, ni a Oscar, ni a Victoria…
Christian le dedicó una sonrisa tranquilizadora, ajustando a Victoria con cuidado.
—Haremos lo que sea mejor para ellos —dijo—. Siempre. Ahora, voy a llamar a Mattias. Tú quédate con estas pequeñas rebeldes.
Despacho privado – Mañana siguiente
A la mañana siguiente, el doctor Mattias, amigo cercano de Astrid y médico de confianza de la familia real, estaba en el despacho privado, revisando a Isabelle con un estetoscopio. Había traído una bolsa con medicamentos suaves y un humidificador para ayudar con la congestión. Victoria, en un moisés cercano, observaba todo con sus ojos grandes y curiosos, pero al ver a su hermana estornudar, soltó un llanto agudo, como si entendiera que algo no estaba bien.
—Es un resfriado leve, pero hay que ser cautelosos —explicó Mattias, ajustándose las gafas mientras tomaba notas—. Su sistema inmune aún es inmaduro, y la fiebre, aunque baja, necesita monitoreo. Mucho líquido, descanso y nada de cambios bruscos de temperatura.
Astrid, sentada junto a la cuna con Isabelle en brazos, asintió con el ceño fruncido, acariciando la espalda de la bebé.
—¿Crees que podamos viajar en dos días, o…? —preguntó Christian, de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos.
Mattias suspiró, mirando a ambos con serenidad.
—Si responde bien al tratamiento, tal vez —respondió—. Pero si no hay mejora para mañana, recomiendo que se turnen. Uno de ustedes puede ir primero a los compromisos en Austria, y el otro quedarse. No es grave, pero es delicado.
Astrid miró a Christian, y antes de que pudiera hablar, él levantó una mano.
—Yo me quedo —dijo, su tono decidido—. Tú asiste al encuentro con la delegación de Austria. Estás mejor preparada para las negociaciones culturales, y lo sabes. Yo me encargo de Isabelle y Victoria, y me uniré a ti en cuanto Mattias dé el visto bueno.
Astrid respiró hondo, aliviada pero con un nudo en el pecho.
—Gracias, amor —susurró, mirando a Isabelle, que ahora descansaba contra su pecho, más calmada—. Y tú, pequeña, perdóname por pensar en viajar. Te vas a poner bien pronto, ¿verdad?
Victoria, desde el moisés, soltó otro llanto, sus manitas agitándose como si protestara por estar separada de su hermana. Mattias se acercó, frunciendo el ceño.
—Vamos a tener que mantener a Victoria un poco apartada de Isabelle por ahora —dijo, su tono profesional pero suave—. No queremos que se contagie. Sofie puede llevarla a la sala de juegos con Oscar mientras reviso a Isabelle de nuevo esta tarde.
Astrid suspiró, mirando a Victoria, que parecía aún más molesta al escuchar su nombre.
—Está bien, pero no va a estar contenta —dijo, sonriendo débilmente—. Estas dos no quieren estar separadas nunca.
Christian rió, levantando a Victoria con cuidado y besando su frente.
—Eres una pequeña rebelde, ¿verdad? —le susurró, intentando calmarla—. Pero te prometo que pronto estarás con tu hermana otra vez.
Sala de juegos – Más tarde
En la sala de juegos, Oscar estaba sentado en el suelo, rodeado de bloques de madera y algunos de sus amigos del colegio, Lukas y Emma, que habían venido a jugar después de clases. Los tres construían un fuerte épico, con torres tambaleantes y una bandera improvisada hecha con una bufanda de Oscar. Sin embargo, la atención de Oscar estaba dividida, su mirada desviándose hacia la puerta cada pocos minutos, esperando noticias de sus hermanas.
Astrid entró, con Victoria en brazos, que seguía inquieta, intentando quitarse la cinta azul que Sofie había insistido en ponerle. Al ver a su madre, Oscar se levantó de un salto, corriendo hacia ella.