Dormitorio de las gemelas – Una noche antes del viaje
El dormitorio de las gemelas estaba bañado en la suave luz del sol que se filtraba por las cortinas de lino, creando un ambiente cálido y tranquilo. Isabelle, de seis meses, descansaba sobre el pecho de Astrid, su carita ya no tan rosada por la fiebre, sino iluminada por una calma recuperada. Sus ojos grandes y curiosos seguían cada movimiento a su alrededor, mientras chupaba un succionador con entusiasmo. Victoria, en la cuna junto a ella, balbuceaba suavemente, intentando alcanzar un sonajero que colgaba sobre ella. Las cintas que Astrid había intentado ponerles esa mañana estaban, como siempre, en el suelo, víctimas de sus berrinches conjuntos.
Astrid, balanceando a Isabelle con cuidado, sonrió al sentir la calidez de su hija.
—¿Ves, mi amor? Te lo dije, eres una guerrera… como tu mamá —susurró, besando su frente.
La puerta se abrió suavemente, y Nikolaj entró con un ramo de flores blancas, seguido por Helena, que llevaba un peluche en forma de dragón con un gorro de fiesta cosido a mano.
—¿Podemos ver a la pequeña campeona? —preguntó Nikolaj, manteniendo la voz baja para no perturbar la calma.
Astrid sonrió, ajustando a Isabelle en sus brazos.
—Claro, pasen —respondió, orgullosa—. Está mucho mejor. Mattias dice que está respondiendo excelente al tratamiento, y la fiebre ya casi desapareció.
Nikolaj se acercó, inclinándose para besar la frente de Isabelle, que lo miró con curiosidad antes de soltar un balbuceo.
—Hola, pequeña guerrera —dijo, sonriendo—. No podías enfermarte justo antes de la gran fiesta de tu hermano, ¿eh? Oscar se pondría celoso si acaparas toda la atención.
Helena rió suavemente, colocando el peluche en la cuna junto a Victoria, que inmediatamente intentó alcanzarlo con sus manitas inquietas.
—Esta pequeña tiene una personalidad fuerte —dijo Helena, mirando a Astrid con una sonrisa—. Seguro será como tú, Astrid. Esa mirada decidida es puro Møller.
Astrid rió, ajustando el pequeño collar que había decidido ponerle a Isabelle esa mañana, una delicada cadena con un dije en forma de estrella, diseñada para bebés. Victoria llevaba uno idéntico, aunque ya estaba intentando quitárselo, como si supiera que era la nueva versión de las cintas que tanto detestaba.
—Gracias por venir, los dos —dijo Astrid, mirando a su hermano y a Helena con gratitud—. Saber que está rodeada de familia la está ayudando a recuperarse más rápido. Y este peluche… —señaló el dragón— es perfecto. Oscar va a querer uno igual.
Nikolaj guiñó un ojo, sentándose en una silla cercana.
—Y hablando de Oscar —dijo, su tono juguetón pero cálido—, ¿ya viste lo que le preparamos para su cumpleaños? Creo que va a perder la cabeza cuando lo vea.
Astrid alzó una ceja, intrigada.
—¿Qué tramaron ahora? —preguntó, ajustando el collar de Isabelle, que parecía fascinada con el brillo del dije—. No me digas que es otro castillo inflable. El último casi termina en el lago.
Helena rió, cruzando los brazos.
—No, nada de castillos inflables esta vez —respondió—. Pero digamos que involucra dragones, estrellas y un pastel que podría ser una obra de arte. Sofía está obsesionada con la idea de hacerlo perfecto.
Astrid sonrió, imaginando a la adolescente planeando cada detalle.
—Sofía siempre tiene las mejores ideas —dijo—. Pero espero que no estén planeando convertir el jardín en un parque temático. Quiero que sea especial, pero tranquilo para Oscar. Ya sabes cómo se siente con las cámaras.
Nikolaj asintió, su expresión suavizándose.
—No te preocupes, hermana —dijo—. Será íntimo, justo como él lo necesita. Y yo me encargaré de mantenerlo distraído mientras decoramos. Tal vez una misión secreta con dragones imaginarios.
Helena rió, inclinándose para ajustar la manta de Victoria, que ahora intentaba morder el peluche.
—Eres el tío perfecto para eso —dijo, mirando a Nikolaj con complicidad—. Pero cuidado, Oscar es más listo de lo que parece. La última vez casi me descubrió cuando intenté esconderle un regalo.
Astrid rió, mirando a sus hijas.
—Es mi pequeño guardián —dijo, su voz llena de cariño—. Siempre está un paso adelante.
Fiesta sorpresa de Oscar – Salón familiar privado
El salón del ala oeste del palacio había sido transformado en un mundo de fantasía para el séptimo cumpleaños de Oscar. Globos en forma de estrellas colgaban del techo, figuras de dragones decoraban las paredes, y un castillo inflable ocupaba una esquina. En el centro, una mesa repleta de dulces —macarons, cupcakes con forma de dragones y un pastel en forma de estrella— esperaba a los invitados. Los amigos más cercanos de Oscar, Lukas, Emma y Theo, estaban allí, junto con los tíos maternos, Emil y Freja, y los paternos, Felix, Henrik, y Sofía. Incluso algunos primos lejanos de la nobleza europea, niños de la edad de Oscar, correteaban emocionados.
Astrid y Christian habían trabajado con el equipo del palacio para mantener todo en secreto, y ahora, escondidos detrás de una cortina, esperaban el momento perfecto. Nikolaj, encargado de traer a Oscar, lo guió al salón con una venda en los ojos, fingiendo que iban a una “misión secreta”.
—Oye, pequeño guardián, ¿estás listo para la aventura más grande? —preguntó Nikolaj, su tono lleno de entusiasmo.
Oscar, con una sonrisa curiosa, asintió.
—¿Es un tesoro? —preguntó, intentando tocar la venda—. ¿O un dragón?
Nikolaj rió, guiándolo hacia el centro del salón.
—Algo mucho mejor —respondió—. Pero tienes que contar hasta tres antes de quitarte la venda.
Oscar contó con entusiasmo, y cuando se quitó la venda, se quedó paralizado, sus ojos abriéndose de par en par al ver el salón decorado.
—¿Qué… es esto? —preguntó, su voz temblando de emoción.
Astrid y Christian salieron de su escondite, con enormes sonrisas.