Dormitorio de las gemelas – Mañana tranquila
El Palacio de Frederiksborg estaba envuelto en una calma inusual, con Astrid y Christian fuera por compromisos internacionales. El ala familiar, normalmente llena de actividad, parecía contener el aliento, pero Oscar, con su rutina bien establecida, mantenía el orden a su manera. Cada mañana, se levantaba temprano para revisar con Sofie, la niñera, que sus hermanas, Isabelle y Victoria, estuvieran bien. Luego, llevaba su desayuno al invernadero, donde las gemelas, instaladas en una manta colorida, lo recibían con sonrisas y balbuceos.
—Buenos días, Isabelle. Buenos días, Victoria —dijo Oscar, sentándose junto a la manta con una seriedad que imitaba a su padre, sosteniendo una tostada en una mano y un vaso de jugo en la otra.
Isabelle, siempre la más expresiva, soltó una risita aguda y pateó la manta, mientras Victoria, más tranquila, lo miró con sus ojos grandes y curiosos, intentando alcanzar el pequeño collar con dije de estrella que Astrid había insistido en ponerles. Los collares, una alternativa a las cintas que las gemelas siempre se quitaban, ya estaban torcidos, y Victoria, con un movimiento rápido, logró quitárselo, dejándolo caer con un gesto triunfal.
Sofie, que supervisaba desde una silla cercana, suspiró, recogiendo el collar.
—Estas pequeñas son imposibles —dijo, riendo mientras intentaba volver a ponerle el collar a Victoria—. No sé por qué seguimos intentando, alteza. Siempre se los quitan en minutos.
Oscar rió, inclinándose para besar la frente de Isabelle, que también estaba ocupada intentando quitarse su collar.
—No te preocupes, Sofie —dijo, imitando el tono tranquilizador de su madre—. Son mis hermanitas rebeldes. Les gusta hacer lo que quieren.
Helena entró en ese momento, con una bandeja de té y un par de galletas para compartir con Oscar. Al ver a las gemelas, sonrió, notando los collares en la manta.
—Buenos días, pequeño guardián —dijo, sentándose junto a él—. Veo que tus hermanas ya están causando problemas otra vez.
Oscar asintió, ofreciéndole una galleta con una sonrisa.
—Siempre lo hacen —respondió—. Pero Isabelle se rió mucho hoy, y Victoria se durmió en mi panza después del desayuno. Creo que están contentas porque estoy aquí.
Helena rió, tomando la galleta y mirando a las gemelas con cariño.
—¿Sabías que tu papá hacía lo mismo cuando era pequeño? —preguntó, su tono cálido—. Siempre fue muy protector con sus hermanos, especialmente con Sofía. Aunque, claro, él también se sentía solo cuando los adultos viajaban.
Oscar alzó una ceja, dejando su tostada en el plato.
—¿Papá también se sentía solo? —preguntó, su voz llena de curiosidad—. ¿Y qué hacía?
Helena sonrió, inclinándose hacia él.
—A veces, sí —respondió—. Pero aprendió a confiar en quienes lo cuidaban, como Sofie, tus tíos, o incluso yo. Y también abrió su corazón a nuevos amigos. Eso lo ayudó a sentirse menos solo.
Oscar frunció el ceño, pensativo.
—¿Amigos como Lukas y Emma? —preguntó, refiriéndose a sus compañeros de colegio.
—Exacto —dijo Helena, guiñándole un ojo—. O tal vez alguien nuevo que conozcas. Los amigos hacen que los días sean más divertidos, ¿no crees?
Oscar asintió, mirando a las gemelas, que ahora balbuceaban y pateaban con entusiasmo.
—Tal vez —murmuró, antes de volverse hacia Sofie—. ¿Puedo llevar a Isabelle y Victoria al jardín hoy? Quiero mostrarles los patos en el estanque.
Sofie rió, ajustando la manta de Victoria.
—Solo si prometes no dejar que se coman las flores otra vez —respondió, su tono juguetón—. La última vez, Isabelle intentó morder un tulipán.
Oscar rió, prometiéndolo con un gesto solemne.
Jardines Reales – Esa tarde
Por la tarde, el sol bañaba los jardines del palacio en tonos dorados, y Oscar jugaba cerca del estanque con sus soldaditos de madera, construyendo un fuerte improvisado con ramitas. Lukas y Emma, que habían venido a visitarlo después de clases, corrían a su alrededor, inventando una historia sobre caballeros y dragones. La risa de los niños resonaba en el aire, pero Oscar se detuvo al escuchar un crujido detrás de unos arbustos.
Curioso, se levantó y se acercó con cautela.
—¿Quién está ahí? —preguntó, su tono firme pero sin miedo.
Una niña de su edad, con una coleta despeinada y una sonrisa nerviosa, salió de detrás de los arbustos, sosteniendo una ramita como si fuera una espada.
—¡Ay, perdón! — exclamó, sonrojándose—. No sabía que había alguien aquí. Solo estaba jugando.
Oscar la observó, notando que no llevaba el uniforme de los hijos de la nobleza ni el del personal del palacio.
—¿Quién eres? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Soy Anja, hija de una de las cocineras —respondió ella, bajando la ramita—. Me gusta venir aquí porque es tranquilo y no hay muchas personas. Pero puedo irme si quieres.
Oscar dudó por un segundo, pero luego negó con la cabeza, sonriendo.
—Está bien, puedes quedarte —dijo—. ¿Te gustan los dragones?
Anja sonrió, sus ojos brillando de emoción.
—¡Sí! Sobre todo los que escupen fuego azul —respondió, sentándose en la hierba junto a él.
Lukas y Emma se acercaron, curiosos, y Oscar los presentó.
—Ella es Anja —dijo, señalándola—. Y estos son Lukas y Emma, mis mejores amigos. Estamos construyendo un fuerte para dragones.
Anja rió, uniéndose al juego sin dudarlo. Los cuatro niños se sentaron en la sombra, inventando historias de caballeros, castillos y dragones amistosos que protegían el estanque. Oscar no recordaba haberse reído tanto desde su fiesta de cumpleaños, y por un momento, olvidó la ausencia de sus padres.
Desde el balcón, Helena observaba la escena con una sonrisa, acompañada por Nikolaj, que llevaba una bandeja con jugo para los niños.
—Mira eso —dijo Helena, señalando a Oscar y Anja, que ahora reían mientras Lukas fingía ser un dragón derrotado—. Creo que esto es justo lo que Oscar necesitaba. Una amiga con quien ser solo un niño.