Suite real – Ciudad costera de Europa del Norte
La suite real, situada en un elegante hotel con vistas al mar del Norte, estaba bañada por la luz suave de la mañana. El sonido de las olas rompiendo contra la costa se colaba por el ventanal, creando una atmósfera de calma que contrastaba con las responsabilidades que Astrid y Christian llevaban consigo. Astrid se despertó lentamente, estirándose en la cama, mientras Christian, ya a medio vestir con una camisa blanca y un traje a medio abotonar, revisaba documentos en una mesa de caoba.
—¿Dormiste bien? —preguntó él, levantando la vista y acercándose con una taza de té caliente, su aroma a cítricos llenando el aire.
Astrid asintió, recogiendo su cabello en una coleta baja con un gesto cansado pero agradecido.
—Más o menos —respondió, tomando la taza con ambas manos—. Soñé con las niñas. Isabelle estaba llorando porque no encontraba su oso de peluche, y Victoria intentaba comerse una esquina de la manta.
Christian sonrió, apoyando una mano en su hombro con suavidad.
—Mattias dijo que todo va bien en casa, y Helena nos manda fotos cada hora —dijo, su tono tranquilizador—. Están en buenas manos, aunque sé cómo te sientes. Yo también los extraño.
Astrid suspiró, mirando por el ventanal hacia el horizonte azul.
—No es solo eso —murmuró, su voz baja—. Oscar también… Ha cambiado mucho desde que nacieron las gemelas. Es tan protector, tan serio a veces. Me pregunto si está bien de verdad.
Christian se sentó a su lado, tomando su mano.
—Es un pequeño guardián, como tú lo llamas —respondió, su voz cálida—. Pero es fuerte, Astrid. Y tiene a toda la familia cuidándolo. Además, ese video que nos mandó anoche… parecía feliz con su nueva amiga, ¿no?
Astrid sonrió, recordando el video de Oscar hablando de Anja. Pero antes de que pudiera responder, su teléfono vibró con un mensaje de Sofie, la niñera. Lo abrió y frunció el ceño.
—¿Qué pasa? —preguntó Christian, notando su expresión.
—Es Sofie —respondió Astrid, leyendo el mensaje en voz alta—. Dice que Isabelle y Victoria se quitaron los collares otra vez. Aparentemente, los dejaron enredados en la manta, y ahora están felices como si hubieran ganado una batalla.
Christian rió, sacudiendo la cabeza.
—Nuestras pequeñas rebeldes —dijo, divertido—. Creo que esos collares duraron menos que las cintas. ¿Qué vamos a hacer con ellas?
Astrid sonrió, aunque su tono era resignado.
—Tal vez deberíamos rendirnos —respondió—. Pero me preocupa que las confundan. Aunque Oscar siempre sabe quién es quién. Es como si tuviera un radar.
Christian asintió, levantándose para tomar su chaqueta.
—Hablando de Oscar, estaba pensando que podríamos comprar algo para los tres antes de volver —sugirió—. Algo especial, para que sepan que pensamos en ellos aunque estemos lejos.
Astrid alzó una ceja, intrigada.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó, dejando la taza en la mesa.
—Para Oscar, un libro de cuentos sobre dragones, algo que pueda leer con sus hermanas —respondió Christian—. Y para las gemelas, tal vez unos peluches nuevos. Los que tienen ahora están… bueno, un poco mordidos.
Astrid rió, imaginando las marcas de dientes en los peluches de las gemelas.
—Buena idea —dijo—. Pero nada de collares o cintas esta vez. Creo que han dejado claro su opinión al respecto.
Christian rió, acercándose para besar su frente.
—Trato hecho —respondió—. Ahora, prepárate. Tenemos una recepción en una hora, y sé que tu sonrisa va a conquistar a todos los diplomáticos.
Astrid suspiró, poniéndose de pie.
—Solo si tú mantienes esa voz firme y diplomática tuya —respondió, guiñándole un ojo—. Vamos a hacer esto, pero esta noche, cenamos solos y miramos todas las fotos que Helena nos mande.
Christian sonrió, entrelazando sus dedos con los de ella.
—Es un plan —dijo, y juntos salieron a enfrentar el día.
Sala de juegos – Palacio de Frederiksborg
Mientras tanto, en el palacio, la vida seguía su curso con una energía vibrante. Oscar corría por los pasillos hacia la sala de juegos, con Anja siguiéndolo a paso torpe, deteniéndose cada pocos metros para admirar los vitrales o hablar con los retratos en las paredes.
—¿Siempre es tan grande este lugar? —preguntó Anja, mirando un vitral con un caballero montando un dragón—. Me perdería cada día si viviera aquí.
Oscar se encogió de hombros, sonriendo.
—Te acostumbras —respondió—. Pero a veces es aburrido. Hay demasiadas reglas.
Anja alzó una ceja, corriendo para alcanzarlo.
—No si hay dragones secretos escondidos en las paredes —dijo, su tono lleno de entusiasmo.
Oscar rió, abriendo la puerta de la sala de juegos.
—¡Eso es verdad! — exclamó—. Vamos, te enseño mi fuerte. Pero tienes que jurar no contarle a nadie dónde está el tesoro.
Anja levantó la mano con solemnidad.
—Juro por los dragones de fuego azul —respondió, haciendo reír a Oscar.
Dentro de la sala, Lukas y Emma, los amigos de Oscar del colegio, ya estaban construyendo una torre de bloques, mientras Sofie vigilaba a Isabelle y Victoria en una manta cercana. Las gemelas, libres de sus collares, balbuceaban felices, pero al ver a Anja, una desconocida, hicieron pucheros y comenzaron a llorar al mismo tiempo.
—¡Oh no! — exclamó Anja, retrocediendo con las manos en alto—. ¿Dije algo mal?
Oscar corrió hacia la manta, tomando a Isabelle en brazos con la destreza de un hermano mayor experimentado.
—No, no es tu culpa —dijo, calmándola con suaves balanceos—. No te conocen, por eso lloran. Solo han visto caras familiares hasta ahora. Pero ya se les pasa.
Sofie, que había corrido a atender a Victoria, suspiró, ajustando la manta de la bebé.
—Estas dos son un torbellino —dijo, sonriendo a Anja—. No te preocupes, pequeña. Solo están siendo sus yo rebeldes. Y los collares… bueno, ya nos rendimos con eso.