Amor real entre tradiciones

Capítulo 67: El calor del hogar

Entrada del Palacio de Frederiksborg – Tarde de regreso

El carro real se detuvo suavemente frente a la entrada principal del Palacio de Frederiksborg, donde los pinos altos se alzaban imponentes bajo un cielo gris de invierno. Para Astrid, el aire frío que le rozó el rostro al bajar del carruaje traía consigo una sensación de hogar, más viva y cálida que nunca. Llevaba una bufanda de lana tejida por Helena, un regalo que la había acompañado durante el viaje. Christian descendió detrás de ella, insistiendo en cargar él mismo los bolsos llenos de regalos para sus hijos, su rostro iluminado por una sonrisa de alivio.

—Hogar —murmuró Astrid, deteniéndose un momento para mirar las torres del palacio, sus contornos familiares recortados contra el cielo.

Christian se acercó, ajustando los bolsos en su hombro.

—Nunca se sintió tan bien estar de vuelta —dijo, su voz baja pero llena de emoción—. Creo que hasta el viento huele diferente aquí.

Antes de que pudieran tocar las puertas, estas se abrieron de par en par, revelando a Nikolaj, puntual como siempre, con una sonrisa contenida pero cálida.

—Bienvenidos, altezas —dijo, con un toque de burla en su tono—. Todo ha estado en orden. Las niñas están durmiendo, Mattias pasó esta mañana para revisarlas, y Oscar… bueno, no ha dejado de preguntar por ustedes desde el amanecer.

Astrid rió, quitándose la bufanda y entregándosela a una de las criadas que esperaba cerca.

—¿Está despierto? —preguntó, su voz llena de esperanza.

Nikolaj asintió, cruzando los brazos.

—Lo convencimos de que se durmiera hace una hora, después de que terminó su lección con el tutor —respondió—. Aunque, conociéndolo, no garantizo que haya obedecido. Ese pequeño tiene un radar para saber cuándo llegan.

Christian rió, entregando los abrigos a otra criada.

—¿Lecciones? —preguntó, alzando una ceja—. Está de vacaciones, Nikolaj. ¿No se supone que debería estar corriendo por los jardines o construyendo fuertes?

Nikolaj se encogió de hombros, sonriendo.

—Culpa al tutor —dijo—. Oscar insistió en seguir estudiando matemáticas porque quiere “impresionar a las gemelas cuando sean grandes”. Palabras suyas, no mías.

Astrid sonrió, su corazón calentándose al imaginar a su hijo.

—Ese es mi pequeño guardián —dijo, mirando a Christian—. Vamos a verlo. No puedo esperar más.

Cuarto de Oscar – Momentos después

Subieron los escalones con paso ansioso, sus pasos resonando en los pasillos silenciosos del palacio. Al llegar al cuarto de Oscar, lo encontraron despierto, acurrucado bajo las sábanas con un libro de cuentos de dragones abierto a su lado, la lámpara de noche proyectando una luz suave sobre su rostro. Sus ojos se iluminaron al ver a sus padres en la puerta.

—¡Sabía que vendrían hoy! — exclamó en voz baja, sentándose de un salto—. Anja dijo que quizás mañana, pero yo lo sentía.

Astrid fue la primera en acercarse, sentándose en la cama y envolviéndolo en un abrazo cálido.

—Te extrañamos muchísimo, pequeño guardián —susurró, besando su frente.

Christian se sentó al otro lado, revolviéndole el cabello con una sonrisa.

—Las gemelas también —añadió—. Bueno, Isabelle lo demostró llorando cuando no encontraba su osito, y Victoria… digamos que intentó comerse el sonajero otra vez.

Oscar rió, sus mejillas sonrojándose.

—¿Puedo verlas ahora? —preguntó, sus ojos brillando de emoción.

Astrid intercambió una mirada con Christian, sonriendo.

—Están dormidas, amor —respondió—. Pero mañana te ayudaremos a darles el biberón. Aunque, cuidado, porque Isabelle podría tirar de tu cabello otra vez.

Oscar sonrió, mirando el libro en su regazo.

—Isabelle ya le tiró el cabello a Anja —dijo, su tono lleno de orgullo—. Creo que le cae bien.

Christian rió, apoyando una mano en el hombro de su hijo.

—Entonces es oficial —bromeó—. Si Isabelle aprueba a Anja, debe ser una gran amiga.

Oscar asintió, mirando a sus padres con una mezcla de alivio y felicidad.

—¿Se van a quedar mucho tiempo esta vez? —preguntó, su voz más baja, como si temiera la respuesta.

Astrid tomó sus manos, mirándolo directamente a los ojos.

—Nos quedaremos todo el tiempo que podamos, pequeño —respondió, su voz firme—. Y si tenemos que viajar, uno de nosotros siempre estará aquí contigo y con tus hermanas. ¿Trato?

Oscar sonrió, extendiendo su manita.

—¡Trato! — exclamó, haciendo reír a ambos.

Dormitorio de las gemelas – Más tarde esa noche

Más tarde, Astrid y Christian caminaron en silencio hasta el dormitorio de las gemelas, guiados por la suave luz que se filtraba por la puerta entreabierta. Dentro, Isabelle y Victoria dormían en su cuna doble, sus rostros iluminados por la lámpara de noche. Isabelle tenía una mano sobre el rostro de Victoria, que murmuraba pequeños sonidos en sueños, como si estuviera contando una historia. Sus pijamas idénticos, con bordados de coronas diminutas, estaban ligeramente torcidos, y los collares de perlas que Astrid había insistido en ponerles esa mañana estaban enredados en la manta, claramente víctimas de otro acto de rebeldía.

Sofie, la niñera, estaba sentada cerca, tejiendo una bufanda. Al verlos, se levantó con una sonrisa.

—Bienvenidos, altezas —dijo, manteniendo la voz baja—. Las pequeñas están felices de que estén de vuelta. Aunque, me temo, los collares no duraron ni una hora. Se los quitaron en cuanto las dejé solas.

Astrid rió suavemente, acercándose a la cuna y acariciando el cabello de Victoria, que había crecido un poco más que el de su hermana.

—Son unas rebeldes —dijo, resignada pero divertida—. Creo que tendremos que rendirnos con los collares, Sofie. Gracias por cuidarlas tan bien.

Sofie sonrió, ajustando la manta de Isabelle.

—Es un placer, alteza —respondió—. Aunque debo advertirle que Isabelle estuvo muy expresiva hoy. Creo que sabía que venían. Hasta intentó “cantar” cuando Oscar les leyó un cuento.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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