Amor real entre tradiciones

Capítulo 68: Eco de la familia

Salón principal – Palacio de Frederiksborg

El sol de invierno brillaba débilmente sobre los jardines del Palacio de Frederiksborg, pero dentro del salón principal, el calor familiar era más fuerte que nunca. Los ecos del reciente séptimo cumpleaños de Oscar aún resonaban: globos desinflados colgaban en las esquinas, una pila de regalos sin abrir descansaba en una mesa auxiliar, y fotografías a medio revelar capturaban sonrisas y momentos de risas. Las puertas del palacio se abrieron temprano esa mañana para recibir a los hermanos de Christian: Ingrid, con su elegancia serena y una sonrisa cálida; Franco, siempre carismático, con una broma lista en los labios; y Alexander, el menor, cargando una caja envuelta en papel celeste brillante.

—¡Dónde están mis sobrinas favoritas! — exclamó Ingrid al entrar, su voz resonando en el salón mientras dejaba su abrigo en manos de una criada.

Astrid, sentada en un sofá con Isabelle y Victoria en sus brazos, se levantó con una carcajada, ajustando a las gemelas, que balbuceaban felices por la atención.

—Solo si dices “por favor” primero —bromeó, acercándose con una sonrisa.

Ingrid rió, extendiendo los brazos con entusiasmo.

—¡Por favor, por favor, por favor! —repitió, tomando a Victoria con cuidado. La bebé la miró con ojos grandes, frunciendo el ceño como si evaluara a su tía, antes de soltar un balbuceo contento.

Isabelle, en cambio, soltó un pequeño quejido y escondió el rostro contra el pecho de Astrid, claramente menos convencida por la llegada de los visitantes.

—Ya sabemos quién es la observadora y quién es la dramática —comentó Alexander, sacando su teléfono para tomar una foto mientras Franco se reía a su lado.

—Estas dos van a ser un espectáculo cuando crezcan购

Astrid rió, ajustando a Isabelle con suavidad.

—Dale tiempo, Alexander —dijo, su tono juguetón—. Isabelle es la reina del drama, pero Victoria no se queda atrás. Mira cómo se quitó el collar otra vez.

Franco se acercó, inspeccionando los collares de perlas que yacían en una mesa cercana, víctimas de otro berrinche de las gemelas.

—Estas pequeñas tienen carácter —bromeó, inclinándose para hacerle cosquillas a Victoria, que respondió con una risita—. ¿Dónde está Oscar, por cierto? Tengo algo para él en esta caja —añadió, señalando el regalo envuelto.

Astrid sonrió, acomodándose en el sofá con Isabelle.

—Está en casa de Lukas, jugando bajo máxima seguridad —respondió—. Emil y Nikolaj lo llevaron esta mañana. Creo que están planeando una revancha de su última aventura con dragones.

Christian entró en ese momento, cargando una bandeja con café y pasteles, su expresión relajada tras el viaje.

—Pobre Lukas —bromeó, dejando la bandeja en la mesa—. Oscar probablemente lo tiene corriendo en círculos con sus historias de caballeros.

Ingrid rió, balanceando a Victoria con suavidad.

—Esas historias son épicas —dijo—. La última vez que estuve aquí, Oscar me convenció de ser un dragón que protegía un tesoro. Creo que aún no me recupero.

Biblioteca – Misma mañana

En la biblioteca, Oscar estaba sentado entre sus tíos maternos, Emil y Nikolaj, con un tablero de ajedrez frente a ellos. Su expresión era seria mientras movía un peón, claramente concentrado, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de frustración y entusiasmo.

—¿Sabes que acabas de exponer a tu torre? —preguntó Emil, su tono paciente pero con un toque de diversión.

Oscar frunció el ceño, cruzando los brazos.

—¡Quiero atacar, no esconderme todo el rato! —protestó, haciendo que Nikolaj soltara una carcajada.

—Ese espíritu dice mucho de ti, pequeño guardián —respondió Nikolaj, revolviéndole el cabello—. Eres un estratega audaz.

Oscar suspiró, mirando el tablero con una mezcla de desafío y duda.

—No quiero ser príncipe —murmuró, su voz apenas audible—. Quiero ser normal, como Lukas o Anja.

Emil y Nikolaj intercambiaron una mirada, el ambiente volviéndose más serio. Emil se inclinó hacia él, apoyando una mano en su hombro.

—Ser normal no es lo mismo para todos, pequeño —dijo, su voz cálida y comprensiva—. Pero sí puedes ser feliz, aunque te toque algo grande, como ser príncipe.

Oscar frunció el ceño, pensativo.

—¿Y si no quiero algo grande? —preguntó, su tono más vulnerable.

Nikolaj sonrió, dándole una palmadita en la espalda.

—Entonces no tengas prisa, Oscar —respondió—. Tienes tiempo para decidir quién quieres ser. Por ahora, solo sé el mejor hermano mayor para Isabelle y Victoria, ¿de acuerdo?

Oscar asintió, una pequeña sonrisa asomándose en su rostro.

—Trato —dijo, moviendo otra pieza en el tablero con renovada determinación.

Salón principal – Más tarde

De vuelta en el salón, el ambiente era un torbellino de risas y conversaciones. Lars, el abuelo de Oscar y padre de Astrid, había llegado poco después, y ahora cargaba a Victoria, que parecía encantada con la atención, balbuceando y agitando los brazos. Isabelle, en los brazos de Ingrid, estaba más tranquila, pero sus ojos seguían cada movimiento de su tía con curiosidad. Los collares de perlas que Astrid había intentado usar para distinguirlas estaban, como siempre, en una mesa cercana, abandonados tras otro intento fallido de las gemelas por mantenerlos puestos.

Lars rió, ajustando a Victoria en sus brazos.

—Esta pequeña es una fuerza de la naturaleza —dijo, mirando a Astrid con orgullo—. Igual que tú cuando eras niña, Astrid. Siempre encontrando la manera de salirse con la suya.

Astrid sonrió, acariciando la mejilla de Isabelle.

—Son unas rebeldes —respondió, su tono lleno de cariño—. Sofie me dijo que se quitaron los collares en minutos esta mañana. Creo que están enviando un mensaje claro.

Christian se recostó en el sofá, rodeando los hombros de Astrid con un brazo.

—¿Y si invitamos a todos a quedarse esta semana? —sugirió, mirando a sus hermanos y a Lars—. El palacio está demasiado tranquilo sin ustedes.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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