Amor real entre tradiciones

Capítulo 69 : Promesas bajo las estrellas

Salón dorado – Palacio de Frederiksborg

El Palacio de Frederiksborg vibraba con una energía suave pero constante, como si contuviera el aliento ante un nuevo capítulo. Los ecos del reciente séptimo cumpleaños de Oscar aún perduraban: globos olvidados en los rincones, regalos sin abrir apilados en una sala, y fotos a medio revelar que capturaban risas y abrazos. Pero la atención ahora se centraba en un evento más formal: una ceremonia privada organizada por el consejo real para presentar oficialmente a Christian como el futuro rey ante las casas nobles más cercanas.

Oscar, escondido tras una puerta entreabierta, observaba con curiosidad cómo los asistentes colocaban arreglos florales de lirios blancos y rosas en el salón dorado. Los candelabros brillaban tenuemente, reflejando la luz en las paredes doradas. Con un suspiro dramático, se volvió hacia Astrid, que lo había encontrado espiando.

—¿Otra ceremonia? —preguntó, cruzando los brazos con una expresión que imitaba a su padre en sus momentos más serios.

Astrid rió, revolviéndole el cabello con ternura.

—Esta será más tranquila, pequeño guardián —respondió, agachándose a su altura—. Y no tendrás que saludar a tanta gente, lo prometo.

Oscar frunció el ceño, pensativo.

—¿Van a anunciar que papi será rey? —preguntó, su voz baja pero llena de curiosidad.

Astrid asintió, ajustando la bufanda de lana que llevaba alrededor del cuello.

—Solo a los más cercanos —explicó, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Es como un ensayo para la coronación.

Oscar ladeó la cabeza, mirándola con ojos grandes.

—¿Y tú? ¿También serás reina? —preguntó, su tono más serio.

Astrid se detuvo un momento, sonriendo con suavidad antes de responder.

—Sí, amor —dijo—. Pero antes… cumplo años.

Oscar abrió los ojos de par en par, su seriedad dando paso a un entusiasmo infantil.

—¿Cuándo? —preguntó, casi saltando—. ¡Dime, mami!

—Muy pronto —respondió Astrid, guiñándole un ojo—. Pero no quiero nada grande, ¿sí? Solo algo pequeño, con ustedes.

Oscar rió, corriendo por el pasillo con una energía renovada.

—¡Eso dicen todos los adultos antes de hacer una fiesta con pastel gigante! —gritó, desapareciendo tras una esquina.

Astrid rió, sacudiendo la cabeza, mientras se enderezaba y miraba hacia el salón, donde los preparativos continuaban.

Ceremonia privada – Días después

La ceremonia en el salón dorado fue un evento solemne pero íntimo, con las familias nobles más cercanas reunidas en un semicírculo de sillas tapizadas en terciopelo azul. Ingrid, Franco, y Alexander, los hermanos de Christian, estaban entre los asistentes, vestidos con elegancia discreta. Ingrid llevaba un vestido verde esmeralda que resaltaba su serenidad, mientras Franco y Alexander, siempre más relajados, charlaban en voz baja con Emil y Freja tranquilamente

Antes de que comenzara el acto, Nikolaj y Emil se acercaron a Astrid, que sostenía a Victoria en brazos mientras Isabelle dormía en una cuna adornada con encajes blancos. Nikolaj llevaba una caja pequeña, forrada en terciopelo azul, y una sonrisa traviesa.

—Esto es para ti —dijo, entregándole la caja—. Un regalo de parte de Emil y mía, algo que pensamos que te gustaría llevar hoy.

Astrid abrió la caja con cuidado, revelando un antiguo broche de plata con un diseño intrincado de flores entrelazadas, restaurado con esmero. Sus ojos se iluminaron al reconocerlo.

—¿Es el broche de mamá? —preguntó, su voz temblando de emoción.

Emil asintió, sonriendo.

—Lo encontramos en el arcón de la familia —explicó—. Pensamos que sería perfecto para esta ocasión. Un pedazo de ella contigo, mientras das este paso.

Astrid los abrazó, con cuidado de no despertar a Victoria, que balbuceaba feliz en sus brazos.

—Gracias, chicos —susurró—. Esto significa más de lo que puedo decir.

La ceremonia comenzó poco después, con Christian al centro del salón, su presencia imponente pero cálida. Cuando tomó la palabra, su voz resonó con una mezcla de autoridad y vulnerabilidad.

—Hoy acepto este paso no como un privilegio, sino como un compromiso con quienes amo —dijo, su mirada recorriendo a los presentes antes de detenerse en Astrid y sus hijos—. Por Astrid, mi compañera en todo. Por Oscar, nuestro pequeño guardián. Por mis hijas, Victoria e Isabelle. Y por los que vendrán después de mí.

Astrid, con los ojos llenos de lágrimas silenciosas, apretó a Victoria contra su pecho, mientras Oscar, sentado junto a Lars, el abuelo, aplaudía con entusiasmo. Isabelle, en su cuna, seguía dormida, ajena al peso del momento, pero Victoria parecía hipnotizada por un pequeño gatito de peluche que Ingrid le había dado, sus manos diminutas intentando alcanzarlo.

Ingrid, sentada junto a Franco, susurró:

—Ese hombre sabe cómo hacer que todos lloren —dijo, secándose una lágrima con disimulo.

Franco rió, dándole un codazo suave.

—Es el futuro rey —respondió—. Pero también es Christian, el que se tropieza con los juguetes de Oscar.

Alexander, a su lado, sonrió, mirando a las gemelas.

—Y esas pequeñas van a ser las verdaderas reinas del palacio —dijo, señalando a Victoria, que ahora intentaba morder el gatito de peluche—. Mira esa cara. Ya está planeando algo.

Residencia de campo – Fin de semana

Ese fin de semana, Astrid y Christian decidieron escapar del bullicio del palacio y llevar a sus hijos a una residencia de campo cerca de un lago tranquilo, rodeada de pinos y campos de lavanda. Solo los acompañaba su personal más cercano, incluyendo a Sofie, la niñera, y un pequeño equipo de seguridad que mantenía una distancia discreta. El aire olía a madera y flores, y los días se sentían más lentos, más libres.

En la orilla del lago, Oscar correteaba con entusiasmo, sosteniendo una ramita que usaba como espada imaginaria.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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