Amor real entre tradiciones

Capítulo 71: Un reino en los Alpes

Aeropuerto privado – Partida al amanecer

El aire en el aeropuerto privado era fresco y cargado de anticipación, no solo por la seguridad reforzada o los escoltas alineados en las pistas, sino por la energía que emanaba de la familia real. Astrid, con su bufanda de lana y un abrigo azul claro, sostenía a Victoria, cuya cabecita cubierta con un gorrito blanco de lana asomaba, sus ojos curiosos siguiendo cada nuevo rostro. Christian, a su lado, cargaba a Isabelle, que seguía medio dormida, aferrada a la solapa de su chaqueta, su pequeño peluche de gatito colgando de una mano.

—¿Están listas para conocer el mundo, pequeñas? —susurró Astrid, ajustando el gorrito de Victoria, que respondió con un balbuceo entusiasta y un intento de alcanzar su collar de perlas.

Christian sonrió, mirando a Isabelle, que parecía más interesada en dormir que en el bullicio del aeropuerto.

—No hay nada que temer —dijo, su tono tranquilizador—. Viajan con sus padres, sus niñeras, su médico… y —miró a Oscar, que arrastraba una mochila con un dragón bordado— con su hermano mayor, que puede defenderlas de dragones y diplomáticos molestos.

Oscar, sin embargo, no rió. Sus hombros estaban tensos, y su mirada estaba fija en el suelo.

—No me gustan los aviones —gruñó, pateando una piedrecita invisible—. Y menos cuando tengo que compartir a mami con todos los demás.

Astrid se inclinó hacia él, acariciando su mejilla con suavidad.

—Sé que no es tu favorito, pequeño guardián —dijo, su voz cálida—. Pero vas a tener una aventura. Y después, tú me contarás todo lo que viste, ¿sí? Además, prometo un tiempo especial solo para nosotros dos.

Oscar levantó la vista, sus ojos brillando ligeramente.

—¿Solo tú y yo? —preguntó, su tono esperanzado.

—Solo tú y yo —confirmó Astrid, guiñándole un ojo—. Vamos a comprar algo especial para ti y para tus hermanas.

Oscar asintió, aunque su expresión seguía algo seria mientras subían al avión real, donde Sofie, la niñera, ya esperaba con una cesta llena de peluches para mantener a las gemelas entretenidas.

Cumbre real – Alpes

La cumbre de líderes reales en los Alpes era un evento deslumbrante, con castillos de piedra cubiertos de nieve como telón de fondo. La llegada de la familia Valdemar generó una conmoción inmediata. Las cámaras captaron a Victoria haciendo una mueca ante los flashes, claramente molesta por el ruido, mientras Isabelle, más tranquila, se chupaba el dedo, aferrada a su peluche de perrito, imperturbable ante el caos.

—¡Las princesitas viajaron! — exclamó una reportera desde la barrera de prensa, su voz llena de entusiasmo—. ¡Miren esos gestos! ¡La heredera con carácter fuerte y la serenidad de la otra!

Nikolaj, que acompañaba a la delegación junto a Ingrid y Franco, murmuró entre dientes mientras ajustaba su abrigo:

—Ya empiezan a sacar teorías —dijo, rodando los ojos—. Como si las gemelas tuvieran un plan maestro para robarse los titulares.

Ingrid rió, caminando a su lado con una carpeta de notas para la cumbre.

—Déjalos —respondió, su tono juguetón—. Victoria ya tiene cara de futura reina, y Isabelle… bueno, ella solo quiere su perrito de peluche.

Franco, que cargaba una bolsa con regalos para los niños reales, sonrió.

—Hablando de eso, ¿has visto cómo se aferran a esos peluches? —preguntó—. Ayer Victoria hizo un berrinche porque Sofie intentó lavar el gatito. Creo que ese peluche es más importante que mi título.

Astrid, que los escuchaba mientras ajustaba el gorrito de Victoria, rió.

—Es su nuevo reino —dijo—. Si no tienen sus peluches, el mundo se acaba. Ayer Isabelle lloró por diez minutos porque el perrito cayó de su cuna.

Salón de juegos – Primer día de la cumbre

Mientras Astrid participaba en un panel sobre derechos de la infancia y Christian firmaba acuerdos de colaboración internacional, las gemelas se quedaban en un salón especial decorado con mantitas y peluches traídos desde el palacio. Sofie, junto con Anja, la nueva amiga de Oscar, supervisaba a Victoria e Isabelle, que estaban completamente hipnotizadas por sus peluches. Victoria agitaba su gatito con entusiasmo, mientras Isabelle abrazaba su perrito como si fuera un tesoro real. Los collares de perlas, milagrosamente, seguían en su lugar, aunque Sofie no se hacía ilusiones de que duraran mucho más.

Anja, sentada en el suelo con un libro de cuentos, miraba a las gemelas con una mezcla de asombro y diversión.

—¿Siempre están así de pegadas a sus peluches? —preguntó a Sofie, mientras Victoria soltaba un balbuceo feliz.

Sofie rió, ajustando la manta de Isabelle.

—Todo el tiempo —respondió—. Si les quitas el gatito o el perrito, prepárate para un berrinche real. Pero hoy están de buen humor, gracias a ti. Creo que les gusta tu voz cuando lees.

Anja se sonrojó, abriendo el libro de nuevo.

—Entonces seguiré leyendo —dijo, comenzando una historia sobre un dragón que protegía un castillo—. Aunque creo que Victoria está más interesada en morder el gatito.

En ese momento, Oscar entró corriendo al salón, seguido por Alina, una niña de su edad, hija de la reina de una nación vecina. Los dos habían estado jugando en los jardines del hotel con otros niños reales, bajo la atenta mirada de los guardias.

—¡Anja! — exclamó Oscar, corriendo hacia ella—. ¡Tienes que ver a Alina! Dice que sabe montar a caballo como un caballero.

Alina, con una coleta desordenada y una sonrisa tímida, se acercó.

—Tu hermanita se rió de mí —dijo, señalando a Victoria, que agitaba su peluche con entusiasmo—. Creo que me está diciendo algo.

Oscar rió, sentándose junto a las gemelas.

—Es su manera de saludar —explicó, encogiéndose de hombros—. Isabelle solo sonríe si te mira mucho rato. Pero si te tira del cabello, entonces le caes bien.

Alina sonrió, inclinándose para mirar a Isabelle, que la observaba con curiosidad.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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