Amor real entre tradiciones

Capítulo 72: Un día de festejos y llantos

Salón privado – Palacio de Frederiksborg

El sol de otoño bañaba los vitrales del salón principal del Palacio de Frederiksborg, proyectando reflejos dorados y verdes en las paredes adornadas con coronas de hojas secas y detalles elegantes en tonos burdeos. Era el cumpleaños de Christian, y aunque la tradición dictaba un evento protocolar, la familia había optado por una celebración íntima, con los más cercanos, algunos miembros de la corte, y, por supuesto, sus hijos, que no le daban un momento de respiro desde el amanecer.

En el salón privado, Oscar blandía una espada de juguete, saltando sobre un sofá con una energía incontenible.

—¡Papá, te gané otra vez! —gritó, apuntando la espada hacia Christian, que fingía rendirse con las manos en alto.

—¿Otra vez? —respondió Christian, riendo mientras lo atrapaba por la cintura y lo levantaba en el aire—. ¡Voy a tener que entrenar con los guardias si quiero sobrevivir a tus duelos, pequeño guardián!

Desde su área de juegos acolchada, Victoria e Isabelle, de un año, aplaudieron con entusiasmo, aunque no entendían del todo el alboroto. Isabelle, siempre más expresiva, soltó una risita aguda cada vez que Oscar alzaba la voz, mientras Victoria, más concentrada, se arrastraba hacia una caja de regalo envuelta en papel brillante, su peluche de gatito colgando de una mano.

Astrid, que observaba desde un sillón, se levantó rápidamente, interceptando a Victoria con suavidad.

—¡No, no, pequeña! —dijo, levantándola con una sonrisa—. Ese regalo tiene una porcelana adentro. Mejor quédate con tu gatito.

Victoria frunció el ceño, apretando su peluche con fuerza, como si temiera que se lo quitaran. Isabelle, en cambio, abrazaba su perrito de peluche, sus ojos grandes siguiendo cada movimiento en el salón. Sorprendentemente, ambas llevaban sus collares de perlas, que habían aceptado usar sin protestar por primera vez en semanas, aunque Astrid sabía que el milagro no duraría.

Nikolaj entró en ese momento, cargando una caja de madera tallada, su sonrisa traviesa iluminando el ambiente.

—Feliz cumpleaños, cuñado —dijo, entregándole la caja a Christian—. Espero que estés listo para esto.

Christian abrió la caja con cuidado, revelando una espada ceremonial restaurada, su hoja brillando bajo la luz de los vitrales.

—¿Es… la espada de nuestro abuelo? —preguntó, su voz llena de sorpresa y reverencia.

Nikolaj asintió, cruzando los brazos con orgullo.

—La misma —respondió—. Eres el rey ahora, o casi. Pensé que deberías tener algo que te recuerde de dónde venimos. Y que confío en que protegerás a mi hermana.

Astrid rodó los ojos, sonriendo mientras ajustaba el collar de Victoria.

—Muy considerado, Nikolaj —bromeó—. Pero creo que Christian ya tiene suficientes espadas, reales y de juguete, con Oscar alrededor.

Emil, que llegaba con dos copas de vino, rió y se unió a la conversación.

—¿Y cuándo lo coronamos de una vez para dejar de hacer chistes sobre espadas? —preguntó, entregándole una copa a Astrid.

Christian sonrió, dejando la espada en la mesa con cuidado.

—Pronto —respondió—. Pero antes, tenemos una visita pendiente. Marianne nos espera en la villa.

Astrid asintió, mirando a las gemelas, que ahora balbuceaban felices con sus peluches.

—Será bueno ver a Renata —dijo, su tono cálido—. Y que las niñas pasen tiempo con su nueva prima.

Villa de Marianne – Tarde

Tras un almuerzo lleno de risas y saludos reales, la familia Valdemar viajó a una villa apartada en las afueras, donde vivía Marianne, la prima de Christian, que acababa de dar a luz a su tercera hija, Renata. La villa, rodeada de pinos y un pequeño lago, era un remanso de paz, y la llegada de la familia real trajo una energía cálida al hogar.

Marianne, con ojeras encantadoras y una sonrisa radiante, los recibió en la puerta.

—¡Vaya, esto sí que es una sorpresa! — exclamó, abrazando a Christian con cuidado—. No esperaba a toda la realeza en mi sala.

Christian rió, devolviendo el abrazo.

—Queríamos darte una visita oficial… y familiar —respondió, mirando a las gemelas, que ya intentaban ponerse de pie en sus cochecitos, aferradas a sus peluches.

Astrid se acercó a la cuna de Renata, sonriendo al ver a la bebé dormida, envuelta en una manta blanca.

—Es preciosa —dijo, su voz suave—. Y tan tranquila. ¿Siempre es así?

Marianne rió, apoyándose en la cuna.

—¡Ojalá! —respondió—. A veces creo que tres es una locura. Pero luego las veo juntas, y todo vale la pena.

Victoria e Isabelle, desde sus cochecitos, observaban a Renata con curiosidad. Isabelle fue la primera en sonreír, extendiendo una mano hacia la bebé, que solo movió los labios en un pequeño gesto de sueño. Victoria, sin embargo, estornudó de repente, provocando una carcajada general.

—Tus hijas ya empiezan a marcar territorio —bromeó Marianne, ajustando la manta de Renata.

Astrid rió, levantando a Victoria, que se aferró a su gatito de peluche con más fuerza.

—A este paso, vamos a necesitar una cumbre infantil de primas y sobrinas reales —respondió, guiñándole un ojo.

En ese momento, Theo, el hijo mayor de Marianne, de cuatro años, entró corriendo al salón, sus ojos fijos en el peluche de Victoria. Sin previo aviso, intentó arrebatarle el gatito, lo que provocó un llanto ensordecedor de la pequeña. Victoria, indignada, se quitó el collar de perlas que llevaba desde hacía un mes y lo lanzó al suelo, mientras Isabelle, al ver a su hermana tan molesta, también comenzó a llorar, su perrito de peluche cayendo de sus manos.

—¡No, Theo! —gritó Oscar, corriendo hacia las gemelas con una expresión protectora—. ¡Eso es de Victoria!

Theo, sorprendido por el alboroto, soltó el peluche y retrocedió, sus ojos abiertos de par en par.

—¡No quería hacerla llorar! —dijo, su voz temblando.

Astrid se arrodilló junto a Victoria, intentando calmarla mientras recogía el collar del suelo.



#6736 en Novela romántica

En el texto hay: amor, realeza

Editado: 31.01.2026

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