Pasaron unas semanas... Todavía seguía lloviendo en Córdoba como si la tierra estuviera llorando.
Todavía llevaba a Catalina a su trabajo, todos los días a las seis u ocho de la mañana.
Ella era la chica más dulce que había conocido.
Mientras tanto, me dedique a practicar las artes marciales mixtas en el dojo nuevo de Córdoba capital.
Mi falta de peso me daba problemas para pelear, y en uno de los rounds me desmaye.
Al llegar la ambulancia, me revisaron, y dijeron que era falta de comida.
El sensei me mira con autoridad.
-¡Si vas a hacer actividad física, tenés que comer bien!
-Lo siento sensei... - Dije con vergüenza
Volví a mi edificio con la cabeza agachada. No vi a Catalina desde esta mañana y tampoco estábamos saliendo desde que fuimos al bar.
Me senté a cenar, y pude comer bastante. La terapia estaba funcionando, sin embargo, estaba evitando hablar de Catalina..
Luego volví a la facultad de derecho, y me encontré con Pablo.
Me senté al lado de Pablo antes de que empezara la clase. Él ya tenía el cuaderno abierto y una medialuna a medio comer.
Me miró.
-Tenés cara de haber dormido tres horas.
-Cuatro- respondí.
-¿Catalina?
-Salimos anoche a un bar.
Pablo cerró el cuaderno.
-Contame.
-Me contó su historia. Todo. El abuso, las adicciones, cómo quedó embarazada, cómo sus padres la echaron.
Pablo se quedó callado un momento.
-Pesado eso.
-Sí.
-¿Y vos cómo lo Pabloaste?
-Bien. Lo escuché y ya.
Pablo me miró como si no me creyera del todo.
-¿Lo escuchaste y ya?... bro, eso no es poca cosa. Una historia así te afecta aunque no quieras.
No respondí.
-¿Le contaste algo tuyo?- preguntó él.
-Le conté lo del bullying.
-¿Solo eso?
-Solo eso.
Pablo asintió despacio.
-¿Y lo del psicólogo?
-Le dije que iba, pero no le dije por qué.
-Bien hecho al menos.
Agarró la medialuna y le dio un mordisco pensativo.
-¿Y cómo la ves a ella?
-Fuerte- respondí sin dudarlo. -Más fuerte que yo.
-Puede ser. Pero cuidado con idealizarla, bro. Escuchar una historia difícil a veces nos hace ver a la persona más grande de lo que es. Es humana igual que vos.
Me quedé pensando en eso.
-También me dijo que soy su único amigo.
Pablo abrió los ojos.
-¿Su único amigo?
-Sí.
-Eso es mucha presión para vos, ¿no?
No había pensado en eso hasta que él lo dijo.
-Sí- admití. -Supongo que sí.
Pablo me palmeteó el hombro.
-Seguí yendo al psicólogo, bro. En serio.
Entró el profesor y Pablo abrió el cuaderno de nuevo, al igual que yo.
...
Llegue a las afueras de mi edificio, a punto de entrar. La lluvia caía sobre mi paraguas.
De repente, Catalina me detuvo, mirándome con ternura.
-Hola Adam...
Me confundo un poco.
-¿No deberías estar trabajando? - Pregunte con respeto
-Sorprendentemente, vendí todos los alfajores en menos de cuatro horas. Vine hasta aquí en taxi hace rato. Vine a verte a ti.
-¿En serio?, ¿qué quieres hacer?
-Quiero que cenes con nosotras...
Lo pensé un poco, pero al final terminé aceptando la propuesta.
-Está bien...¿Que vamos a comer?
-Pensé que podríamos cocinar juntos unas carnes con papas fritas. También pensé que mañana cuando vuelva del trabajo podríamos ir a Pabloar mates a Plaza San Martín.
-Pensaste en todo, acepto tu propuesta.
-¿Como vas con la terapia?
-Mejor... ya no me da tanta ansiedad estar con gente nueva.
-Genial, ven en una hora a mi departamento. Esmeralda no estara para molestar, todavia tiene que traer a Agata a casa. Ella no sabe que vine del trabajo.
En ese momento mi corazón brinco. Íbamos a estar solos en su departamento.
-Te veo ahí...
Subí a mi departamento y me quedé parado en el medio sin moverme un minuto.
Iba a estar solo con ella.
Me cambié la remera dos veces. La primera era demasiado vieja, la segunda tenía una mancha que no había notado antes. Me quedé con una azul simple que al menos no tenía agujeros.
Me peiné el pelo rizado frente al espejo. Estaba como siempre, incontrolable. Lo dejé así.
Salí exactamente una hora después.
…
Toqué el timbre de su departamento y ella abrió casi de inmediato, como si hubiera estado esperando cerca de la puerta.
Tenía el pelo suelto y una remera cómoda. Se veía distinta sin la caja de alfajores en las manos.
-Pasá- dijo sonriendo.
El departamento era pequeño pero ordenado. Olía a algo limpio. Había dibujos de Agata pegados en la heladera con imanes.
-Vine con las manos vacías- dije.
-No importa, yo tengo todo.
Nos fuimos a la cocina. Era chica, apenas cabíamos los dos.
Ella sacó las carnes de la heladera y las puso sobre la mesada. Buscó el aceite, la sal, las especias. Se movía con seguridad, como alguien que cocinaba seguido por necesidad y le había terminado agarrando el gusto.
-Vos encargáte de las papas- dijo señalando una bolsa de papas sobre la mesada. -¿Sabés pelarlas?
-Sí.
-No me convencés.
-Sé pelarlas, Catalina.
Ella se rió y se concentró en la carne.
Agarré las papas y empecé a pelarlas sobre la pileta. Era la primera vez en mucho tiempo que hacía algo así con otra persona. Cocinar en mi departamento siempre había sido un acto solitario y rápido.
-¿Las cortás en bastones o en rodajas?- pregunté.
-En bastones. Agata las come mejor así.
El aceite empezó a calentar en la sartén de ella mientras yo cortaba. El olor de la carne al tocar la plancha caliente llenó la cocina en segundos.
Estuvimos un rato en silencio, pero era un silencio cómodo. Sin presión.
-¿Cómo sabés que te gustan las papas fritas?- preguntó ella de repente.
-¿Qué?
-Que si sos tan flaco, no parece que comas mucho.