Un día normal en mis sesiones psicológicas.
Me senté frente a Sandra y estuve callado menos que la vez anterior.
-Le mentí la vez pasada.
Ella no se inmutó.
-¿Sobre qué?
-Le dije que venía por ansiedad general. Por estar en casas ajenas. Pero la verdad es que hay una chica.
Sandra asintió despacio, como si ya lo hubiera imaginado.
-Contame.
Le conté todo. La terminal, los alfajores, las semanas bajo la lluvia, la cena, las arcadas, el pasillo. Todo.
Sandra me escuchó sin interrumpir hasta el final.
-¿Y cómo te sentís ahora?
-Decepcionado de mí mismo.
-¿Por qué específicamente?
-Porque ella me dio un espacio y yo no pude estar a la altura.
Sandra cruzó las manos sobre la rodilla.
-Jair, la ansiedad no es una falla de carácter. Es una respuesta. Tu cuerpo aprendió a protegerse así, probablemente desde hace mucho tiempo antes de que apareciera Catalina.
No respondí.
-Mentirme no estuvo bien- continuó ella con calma. -Pero lo entiendo. A veces nos cuesta admitir que algo nos afecta tanto. El solo hecho de que hoy lo digas ya es un avance real.
-No se siente como un avance.
-Los avances rara vez se sienten como tal en el momento.
Me quedé mirando el piso.
-¿Qué hago con ella?
-Seguir conociéndola. Pero sin presionarte. La ansiedad se alimenta de la exigencia. Vos te exigís demasiado en todo, ¿verdad?
-Sí.
-Con la comida, con el entrenamiento, con los estudios, y ahora con esto. Jair, no tenés que ser perfecto para merecer estar cerca de alguien.
Esa frase me pegó de una manera que no esperaba.
Me quedé callado un momento largo.
-Ella me dijo algo parecido- dije finalmente.
Sandra sonrió apenas.
-Es una chica inteligente.
…
Los días siguientes fueron silenciosos. Estudié, comí lo que pude, dormí bien por primera vez en semanas.
Sin Catalina, sin Perla, sin nadie. Solo yo.
Se sintió raro al principio. Después se sintió bien.
Los resultados de derecho romano salieron un martes.
Tom me miró con cara de velorio.
-Qué mal, bro.
Miré la nota un segundo y guardé el papel. Desaprobé.
-Me chupa un huevo. Hago lo que puedo.
Tom abrió la boca para decir algo y la cerró.
Agarré mi mochila y salimos juntos al sol. Por primera vez en semanas, no estaba lloviendo.
Tom se fue en colectivo, y yo continue caminando hasta mi departamento.
Ahí fue donde me encontré a Catalina.
-Hola Jair...
-Hola Catalina , ¿cómo te va? - Dije tranquilo y sonriente
-Te veo más optimista, me gusta eso. Te veo más rellenito.
-¿En serio?, no me percate de eso.
Hay un silencio incomodo. Catalina lo rompe.
-¿Todavía te pongo nervioso?
-Un poco... una mujer tan bonita podría hacer temblar a cualquiera-Digo bromeando.
Ella se ríe.
-Eres un tontito, pero un tontito tierno... vamos a tomar mates al parque. Ámbar se fue a un cumpleaños.
-¿Otro cumpleaños?, tiene muchos amigos, eso es bueno.
-Si, espérame hasta que preparé el termo y unas galletas caseras que hice.
Después de eso, ella me toma de la mano, y me hace caminar hasta Plaza San Martin. El lugar más cercano.
Saca un mantel y lo tira al piso para que nos sentemos. Pone su bolsa y su termo en el piso a su lado.
Nos sentamos sobre el mantel. El sol estaba tibio y el parque tenía esa calma de los días sin lluvia.
Catalina preparó el mate y me lo pasó primero.
-¿Cómo van los estudios?
-Desaprobé derecho romano.
-¿Y?
-Y nada. Lo vuelvo a dar.
Ella me miró satisfecha.
-Ahí está el Jair sin exigencias.
-Algo aprendí.
Tomó el mate de vuelta y lo cebó.
-¿Cómo va la terapia?
-Bien. Sandra es buena. Me hace pensar cosas que no quiero pensar, pero buenas.
-Eso es lo que tiene que hacer.
Estuvimos un rato en silencio, mirando a la gente pasar. Unos chicos jugaban a la pelota cerca. Una señora paseaba un perro enorme.
-¿Extrañaste esto?- preguntó ella.
-¿El parque?
-No. Esto. Estar tranquilo.
Pensé la respuesta.
-Sí. No sabía que lo extrañaba hasta que lo recuperé.
Catalina mordió una galleta y me ofreció una. La agarré y la comí sin pensarlo dos veces. Estaba buena, con azúcar y canela.
-¿Las hiciste vos?
-Sí, anoche con Ámbar. Ella puso demasiada azúcar pero no le dije nada.
Me reí.
-Se nota.
-¿Están muy dulces?
-Están perfectas.
Ella sonrió mirando el pasto.
Seguimos tomando mates despacio. El sol bajaba un poco y el aire se ponía más fresco.
-Jair…
-¿Qué?
-Gracias por no desaparecer.
La miré.
-¿Por qué iba a desaparecer?
-No sé. Los que se ponen nerviosos conmigo generalmente desaparecen.
No supe qué responder. Le pasé el mate de vuelta y ella lo aceptó.
Entonces sonó su teléfono.
Lo miró. Su cara cambió en un segundo.
-Es Perla.
Atendió.
-Hola… ¿qué pasó?
Escuchó en silencio. Vi cómo sus hombros se tensaron despacio, como si algo pesado se le estuviera instalando encima.
-¿Cuándo?... ¿Estás segura?
Otra pausa larga.
-Está bien. Sí. Gracias.
Cortó.
Se quedó mirando el teléfono en la mano sin decir nada.
-¿Catalina?
Tardó un momento en hablar.
-Paul salió de la cárcel. Cumplió su condena.
El nombre lo había escuchado una sola vez, pero lo recordaba perfectamente.
El parque seguía igual. Los chicos seguían jugando a la pelota. El perro grande seguía caminando.
Todo igual, pero algo había cambiado en el mantel.
-Me tengo que ir…- Dijo Catalina muy nerviosa.
-¿Ya?, ¿ese tal Paul es muy peligroso? -
Ella se quedó mirando al vacío por un segundo, y luego me contesto mientras me miraba fijo.
-Él es capaz de venir a reclamar a Ámbar como su hija.