Seguía lloviendo en Córdoba capital, donde se ubicaba la gran facultad de derecho.
Salí de la última clase con la mochila al hombro y los apuntes de problemas del conocimiento bajo el brazo.
Estaba por bajar las escaleras cuando escuché una voz detrás de mí.
-Perdona, ¿vos sos Jair De Rosas?
Me di vuelta.
Era una chica pequeña y delgada, con cabello marrón lacio hasta los hombros y lentes redondos. Ojos claros detrás de los vidrios. Me miraba con una carpeta apretada contra el pecho.
-Sí, soy yo.
-Yo soy Victoria Sáenz. Estamos en problemas del conocimiento juntos. Yo me siento dos filas atrás tuyo, este… perdona, tengo ese tic de decir este cuando no sé cómo empezar una frase.
-No importa.
-Este… bueno, igual. Vi que anotabas bien las clases y quería preguntarte si podíamos estudiar juntos algún día.
Empezamos a bajar las escaleras juntos.
-¿Qué enfoque le das vos a la materia?- pregunté.
-Este… desde el racionalismo principalmente. Descartes me parece más sólido que el empirismo para fundamentar el derecho. Aunque Hume tiene puntos interesantes que no se pueden ignorar.
La miré de reojo.
-Eso es bastante específico.
-Este… leo mucho. Quizás demasiado.
Caminamos por las calles hablando de epistemología y derecho romano. Ella hablaba rápido, con precisión, como alguien que tenía los pensamientos muy ordenados pero demasiados para contener.
Después de unas cuadras me di cuenta de que estábamos yendo en la misma dirección.
-¿Para dónde vas?- pregunté.
Ella dijo la dirección.
Me detuve.
-Ese es mi edificio.
Victoria abrió los ojos detrás de los lentes.
-Este… no puede ser. Yo vivo en el cuarto piso.
-Yo en el segundo.
Nos miramos un momento.
-Este… somos vecinos- dijo ella.
-Somos vecinos- repetí.
Entramos juntos al edificio. En el ascensor hubo un silencio corto.
-Este… creo que estudiar juntos va a ser más fácil ahora- dijo Victoria.
-Bastante más fácil- respondí.
Catalina estaba en la puerta de su edificio con la caja de alfajores vacía.
Nos vio entrar juntos.
Victoria no la notó, seguía hablando de Descartes.
Yo la miré un segundo.
Catalina no dijo nada. Solo cruzó los brazos y me sostuvo la mirada hasta que las puertas del edificio se cerraron.
…
Subimos al departamento y Victoria acomodó sus carpetas sobre la mesa con una organización que me impresionó. Tenía resaltadores de cinco colores distintos y un sistema de notas que yo nunca hubiera imaginado.
-Este… ¿tenés mate?- preguntó sin levantar la vista.
-Sí.
-Bien. Este… no puedo estudiar sin mate.
Preparé el termo y nos pusimos a trabajar. Ella explicaba bien, con paciencia, y cuando yo no entendía algo lo repetía de otra manera sin hacerme sentir mal.
Teníamos buena química. La clase de química tranquila que no complica nada.
Me despedí de Victoria en el pasillo y bajé a prepararme un mate tranquilo.
Dos sorbos adentro, sonó el timbre.
Bajé a abrir sin apuro.
Era Catalina.
Antes de que pudiera decir nada, se acercó y me dio un beso en la boca.
Me dejé llevar. Un minuto entero, sin pensar en nada más.
Al soltarnos me quedé un segundo en silencio.
-¿Qué fue eso?
Ella me miró con una calma que no esperaba.
-Para que sepas que sos de mi propiedad. Estoy marcando territorio.
La miré sin saber si reírme o no.
-No esperaba ver esta faceta tuya. Me gusta.
Ella se rió, pasándose el pelo detrás de la oreja.
-Tal vez me pasé. Perdoname si te incomodé.
-No incomodaste. Me alegraste el día.
Miré la caja vacía bajo su brazo.
-¿Vendiste todo hoy?
-Todo. Antes del mediodía.
-Qué bien.
-Sí. Tengo para que comamos algo esta noche. Cenemos los tres. Yo, vos y Ámbar.
La miré un momento.
-Esta vez sí como.
-Esta vez sí comés- repitió ella sonriendo.
Subí al departamento de Catalina con las manos en los bolsillos.
Ámbar abrió la puerta antes de que tocara el timbre.
-Sabía que eras vos- dijo.
-¿Cómo sabías?
-Porque mamá se arregló el pelo dos veces.
Catalina apareció detrás de ella con una cuchara en la mano.
-Ámbar, por favor.
Me hice a un lado para no reírme.
Entramos a la cocina. Olía bien, a algo con tomate y especias.
-¿Qué cocinaste?- pregunté.
-Milanesas a la napolitana. Con puré.
-Bien.
-Sentate, ya está listo.
Nos sentamos los tres. Ámbar en el medio, como siempre.
Catalina sirvió los platos con cuidado. Me puso una porción generosa sin preguntarme.
La miré.
-No sé si puedo con todo eso.
-Intentalo- dijo simplemente.
Comí despacio. La milanesa estaba buena, con bastante queso encima. El puré estaba cremoso.
Ámbar comía mirándome de reojo cada tanto.
-¿Le gusta?- preguntó.
-Está muy bueno.
-Mamá cocina bien cuando quiere.
-Ámbar- dijo Catalina.
-Es un cumplido mamá.
Catalina me miró y los dos aguantamos la risa al mismo tiempo.
Seguimos comiendo tranquilos. La televisión estaba apagada. Solo se escuchaba la lluvia afuera y los cubiertos.
En un momento Ámbar apoyó el tenedor y me miró muy seria.
-Señor Jair, ¿usted va a ser mi papá?
La mesa entera se congeló.
Catalina cerró los ojos un segundo.
Yo miré a Ámbar con calma.
-Por ahora soy tu amigo. ¿Está bien así?
Ámbar lo pensó.
-Está bien. Pero si fuera mi papá tampoco me molestaría.
Volvió a su puré sin más drama.
Catalina no dijo nada. Solo miraba el plato con una sonrisa pequeña que intentaba esconder.
Al terminar, me quedé a ayudarla a lavar los platos mientras Ámbar veía dibujitos en el sillón.
Estábamos uno al lado del otro frente a la pileta, ella lavaba y yo secaba.
-Comiste bien esta noche- dijo ella en voz baja.