Volvió.
No al día siguiente.
Pero tampoco tardó mucho.
T/N se dijo a sí misma que no iba a hacerlo tan seguido. Que no quería acostumbrarse. Que no quería depender de algo que ni siquiera entendía.
Pero ahí estaba otra vez.
Frente a la misma puerta.
Con el mismo latido inquieto en el pecho.
—Solo será un rato… —murmuró.
Como si necesitara justificarse.
Empujó la puerta.
Y esta vez…
no se sintió tan extraño.
La música comenzó poco después de que entró.
Se sentó en un lugar diferente.
No tan atrás.
No tan lejos.
Pequeños cambios.
Pero importantes.
Observaba con más atención ahora.
Las personas.
Las expresiones.
La forma en que algunos cerraban los ojos como si realmente estuvieran… hablando con alguien.
Eso la intrigaba.
Mucho.
Y sin querer…
lo buscó.
Sus ojos recorrieron el lugar hasta encontrarlo.
Daniel.
Estaba unos asientos más adelante, de pie, cantando suavemente.
No exageraba.
No intentaba llamar la atención.
Solo estaba ahí.
Presente.
Y eso… le llamó aún más la atención.
T/N apartó la mirada rápidamente.
—Concéntrate… —se dijo.
Pero su mente ya no obedecía del todo.
Los días comenzaron a cambiar.
Sin que se diera cuenta.
Sin que lo planeara.
La iglesia dejó de ser un lugar desconocido.
Y empezó a sentirse… familiar.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Entre semana, su vida seguía igual.
Calles desconocidas.
Rutinas solitarias.
Silencios largos.
Pero ahora había algo diferente.
Algo que rompía esa monotonía.
Un lugar al que podía volver.
Y también…
una persona.
Daniel no siempre se acercaba.
Eso era lo raro.
A veces hablaban.
A veces solo se saludaban.
A veces… nada.
Y eso la confundía.
Porque no entendía si era distante…
o simplemente respetuoso.
Un día, después del servicio, él se acercó mientras ella salía.
—Hola —dijo con esa misma calma de siempre.
T/N levantó la mirada.
—Hola…
Hubo un pequeño silencio.
Pero ya no era incómodo como antes.
Era… conocido.
—Has venido varias veces —comentó él.
No como reclamo.
Solo como observación.
T/N dudó un segundo.
—Sí… supongo.
Daniel asintió.
—Me alegra.
Esa simple frase…
hizo que algo en su pecho se moviera.
No era grande.
Pero era suficiente.
Comenzaron a caminar juntos fuera de la iglesia.
Sin planearlo.
Sin decirlo.
Solo pasó.
—¿Te está gustando? —preguntó él.
T/N pensó antes de responder.
—No sé si es “gustar”… —dijo— pero… se siente bien.
Daniel sonrió levemente.
—A veces eso es más importante.
El aire era frío esa noche.
Pero la conversación era ligera.
Natural.
—¿Siempre has sido así? —preguntó ella de repente.
Daniel la miró con curiosidad.
—¿Así cómo?
—Tranquilo…
Él soltó una pequeña risa.
—No siempre.
—¿Y entonces?
Hubo un pequeño silencio.
No incómodo.
Pero sí… más profundo.
—Aprendí a soltar —respondió finalmente.
T/N lo miró.
—¿Soltar qué?
Daniel bajó la mirada por un segundo, como si pensara bien sus palabras.
—Cosas que no podía controlar.
Esa respuesta…
se quedó con ella.
Porque, sin decirlo directamente…
sentía que hablaba de algo más.
Los días siguieron pasando.
Y sin darse cuenta…
T/N comenzó a esperar esos momentos.
Las conversaciones.
Las miradas.
Incluso los silencios.
Pero algo más también estaba creciendo.
Algo que no quería admitir.
Cada vez que lo veía…
su corazón reaccionaba un poco más.
Un poco más fuerte.
Un poco más evidente.
Y eso la asustaba.
Porque al mismo tiempo…
también estaba empezando a sentir algo diferente dentro de la iglesia.
Algo que no tenía que ver con él.
Algo más profundo.
Más… real.
Una noche, de regreso a su apartamento, se sentó en la cama sin quitarse siquiera los zapatos.
Miró al frente.
Pensando.
Sintiendo.
—¿Qué me está pasando…?
Su voz era baja.
Casi un susurro.
Se llevó una mano al pecho.
Su corazón latía rápido.
Pero no sabía por qué exactamente.
Si era por Daniel…
o por todo lo demás.
Se recostó lentamente.
Mirando el techo.
Ese mismo techo que antes se sentía vacío.
Pero que ahora…
no lo estaba tanto.
Cerró los ojos.
Y dejó que el silencio la envolviera.
Pero esta vez…
no era un silencio frío.
Era un silencio que la hacía pensar.
Que la hacía sentir.
Que la hacía cuestionarse cosas que antes ni siquiera consideraba.
—No entiendo nada… —murmuró.
Y aun así…
una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Porque en el fondo…
aunque todo era confuso…
no quería que terminara.