No pasó de un día para otro.
No fue evidente al inicio.
No hubo una razón clara.
Pero T/N lo sintió.
Algo había cambiado.
Al principio fueron detalles pequeños.
Casi imperceptibles.
Cosas que cualquiera habría ignorado.
Pero no ella.
Daniel seguía saludando.
Seguía siendo amable.
Seguía estando ahí…
pero no de la misma forma.
Las conversaciones se hicieron más cortas.
Las miradas… menos frecuentes.
Los momentos… más distantes.
Y eso…
dolía más de lo que debería.
—Estoy exagerando… —se repetía T/N.
Una y otra vez.
Intentando convencerse.
Pero en el fondo…
sabía que no.
Porque cuando alguien empieza a importar…
notas todo.
Incluso lo que otros no ven.
Un día, después del servicio, ella lo buscó con la mirada.
Como siempre.
Y lo encontró.
Pero no como esperaba.
Estaba hablando con otras personas.
Sonriendo.
Tranquilo.
Igual que antes.
Solo que…
no estaba con ella.
T/N sintió algo apretarse en su pecho.
No era enojo.
No era celos claros.
Era algo más silencioso.
Más difícil de explicar.
Se quedó donde estaba.
Observando.
Sin acercarse.
Por primera vez…
no sabía si debía hacerlo.
Antes era fácil.
Natural.
Pero ahora…
todo se sentía distinto.
—Qué tonta… —murmuró para sí misma.
Bajando la mirada.
Se giró lentamente y comenzó a caminar hacia la salida.
Sin esperar.
Sin buscarlo.
Pero justo cuando estaba por irse—
—T/N.
Su voz.
Se detuvo.
Su corazón reaccionó de inmediato.
Como si aún no aprendiera.
Se giró lentamente.
—Hola…
Daniel se acercó.
Con la misma expresión tranquila.
Como si nada hubiera cambiado.
—¿Ya te ibas?
T/N asintió.
—Sí… tenía cosas que hacer.
Mentira.
Pero no quería quedarse.
No así.
Hubo un pequeño silencio.
—Te he visto un poco callada —dijo él.
Ella soltó una pequeña risa.
Pero no era real.
—Siempre soy callada.
Daniel la observó unos segundos.
Como si supiera que no era verdad.
Pero no dijo nada.
Y ese silencio…
dijo más que cualquier palabra.
—Bueno… —murmuró T/N—. Nos vemos.
No esperó respuesta.
Se giró.
Y se fue.
Esta vez…
sí dolió.
El camino de regreso fue más largo.
Más pesado.
Aunque fuera el mismo.
Sus pensamientos no se detuvieron ni un segundo.
—¿Qué pasó…?
—¿Hice algo mal?
—¿Dije algo que no debía?
Preguntas.
Muchas.
Respuestas…
ninguna.
Al llegar a su apartamento, dejó las llaves sobre la mesa con más fuerza de lo normal.
El sonido rompió el silencio.
Se quedó de pie en medio del lugar.
Respirando.
Intentando calmar lo que sentía.
—No debería importarme tanto… —susurró.
Pero su voz se quebró un poco.
Caminó hasta su cama y se sentó.
Llevó sus manos al rostro.
Y por primera vez desde que empezó todo…
se sintió realmente herida.
No porque él hubiera hecho algo malo.
No directamente.
Sino porque…
había esperado algo que nunca fue prometido.
Y eso…
duele más.
Cerró los ojos con fuerza.
Intentando contener las lágrimas.
—Esto no puede ser así… —murmuró.
Pero lo era.
El silencio volvió.
Ese silencio que ya no era cálido.
Ni tranquilo.
Era pesado otra vez.
Pero ahora…
tenía un motivo.
Se recostó lentamente.
Mirando el techo.
Y en medio de todo ese dolor…
recordó algo.
La paz.
La calma.
Ese momento en el que había orado.
Tragó saliva.
Dudó.
Pero aun así…
cerró los ojos.
—Dios…
Su voz salió más rota que antes.
—No entiendo nada…
Una pausa.
Su respiración temblaba ligeramente.
—Si esto no es correcto…
Si esto no viene de ti…
Sus labios temblaron un poco.
—Entonces quítalo.
Silencio.
Esa vez…
no sintió paz inmediata.
Y eso…
la asustó más.