El dolor no llegó de golpe.
No fue como una caída brusca.
No fue algo que la hiciera llorar sin control desde el inicio.
Fue peor.
Porque llegó despacio.
Silencioso.
Y se quedó.
T/N lo sintió desde que abrió los ojos esa mañana.
No había pasado nada nuevo.
Nada diferente.
Pero aun así…
todo se sentía más pesado.
Se sentó en la cama, mirando sus manos.
Inmóvil.
—Ya debería estar bien… —susurró.
Pero no lo estaba.
Porque no era un dolor normal.
No era solo tristeza.
Era esa sensación incómoda de darse cuenta…
de que algo importaba más de lo que debía.
Se levantó lentamente y comenzó su rutina.
Pero todo se sentía automático.
Vacío.
Las calles seguían llenas.
La gente seguía riendo.
El mundo seguía avanzando.
Y ella…
se sentía detenida.
—¿Por qué duele tanto… si ni siquiera pasó algo? —murmuró mientras caminaba.
Y ahí estaba la respuesta.
Porque no hacía falta que pasara algo.
A veces…
lo que duele es lo que nunca fue.
Suspiró profundamente.
Sintiendo ese peso en el pecho otra vez.
Intentó distraerse.
Entró a tiendas.
Caminó sin rumbo.
Miró su celular más de lo necesario.
Pero nada funcionaba.
Porque el problema no estaba afuera.
Estaba dentro de ella.
Y lo sabía.
Por un momento pensó en no ir a la iglesia ese día.
—¿Para qué…? —se dijo.
Pero algo dentro de ella…
no la dejó quedarse.
Y eso la frustró.
Porque no sabía si iba por él…
o por lo que sentía ahí.
Y esa duda…
la agotaba.
Aun así…
fue.
Entró sin pensarlo demasiado.
Como si sus pies ya supieran el camino.
Se sentó.
Esta vez…
más atrás otra vez.
Como si necesitara distancia.
De todo.
La música comenzó.
Pero no la sintió igual.
No cerró los ojos.
No se dejó llevar.
Solo estaba ahí.
Presente…
pero desconectada.
Y eso le dolió más.
—Antes se sentía diferente… —pensó.
Miró alrededor.
Las personas seguían igual.
Cantando.
Conectadas.
En paz.
Y ella…
no.
Bajó la mirada.
Sus manos temblaban ligeramente.
—¿Lo arruiné…?
La pregunta salió sin querer.
Y no sabía a qué se refería exactamente.
Si a lo que sentía por Daniel…
o a lo que estaba empezando a sentir por Dios.
Tal vez a ambos.
Al terminar, se levantó rápido.
Sin mirar atrás.
Sin buscarlo.
Pero aun así…
lo vio.
A lo lejos.
Hablando.
Tranquilo.
Como siempre.
Y eso…
le dolió.
Porque demostraba que nada había cambiado para él.
Solo para ella.
Salió sin decir nada.
El aire frío la golpeó de nuevo.
Pero esta vez…
no la despertó.
Caminó sin rumbo.
Más lento que antes.
Sintiendo cada paso más pesado.
Hasta que se detuvo.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y no pudo más.
Las lágrimas salieron.
Silenciosas.
Sin drama.
Pero constantes.
—No entiendo… —susurró.
Se cubrió el rostro con las manos.
Intentando calmarse.
—Yo solo quería… sentirme bien…
Pero en algún punto…
todo se volvió más complicado.
Más profundo.
Más real.
Esa noche, el apartamento volvió a sentirse vacío.
Pero no como antes.
Antes era un vacío neutral.
Ahora…
dolía.
Se sentó en el suelo, apoyada contra la cama.
Mirando la nada.
—¿Qué hago ahora…? —murmuró.
No esperaba respuesta.
Pero aun así…
cerró los ojos.
—Dios…
Su voz salió débil.
Cansada.
—Si esto es parte de algo…
Si todo esto tiene sentido…
Una pausa.
Larga.
—Entonces… no me sueltes.
Silencio.
Pero esta vez…
aunque el dolor seguía ahí…
no se sintió completamente sola.
Y eso…
aunque fuera pequeño…
fue suficiente.