Amor sin diagnóstico

1

La realidad golpea a Minjae con brusquedad. Le era imposible no recordar la noche en la que decidió ser honesto con sus padres. Poco a poco, los gritos de Minho y el llanto desconsolado de Charin desaparecieron de su mente.

El peli-rosa parpadea y se da cuenta de que está siendo prácticamente arrastrado por sus padres a través de un pasillo clínico impecable, de paredes blancas y un olor intenso a desinfectante. Él mantiene la cabeza baja, sintiéndose completamente humillado y con una mezcla de rabia y profunda tristeza que formaban un sabor amargo en su boca. Sus padres, con su mirada seria y esa falta de sentimiento tan característica de ellos, caminaban con la espalda recta. Trataban de fingir que llevaban a su hijo a un supuesto chequeo de rutina cuando, en realidad, lo traían a una especie de "taller de reparaciones humanas".

A solo unos cuantos pasos más estaba la sala de espera del consultorio del psicólogo Jong Yeonguk. Ese era el doctor con el que lamentablemente tenía que tomar terapia. Sesiones inútiles donde solo perdería el tiempo escuchando las charlas del psicólogo tratando de cambiar su identidad. Minjae jugueteaba con sus dedos, con el corazón latiéndole en la garganta por los nervios y la inevitable presión que sentía por asistir a ese lugar.

Después de unos pocos minutos, la puerta del consultorio se abre con una lentitud casi tortuosa. De allí sale el paciente que estaba antes que él. Acto seguido, una voz profunda y tranquila pronuncia su nombre:

—¿Park Minjae?

Sus padres casi lo empujan hacia adelante, desesperados porque el peli-rosa entrara y comenzara su “curación”. El menor traga saliva con dificultad antes de despedirse de la mirada fría de sus progenitores y cruzar el umbral, escuchando la puerta cerrarse a sus espaldas.

El menor entra con los nervios de punta, esperando encontrarse con el típico terapeuta anciano, serio, de traje aburrido y mirada juzgadora. Pero cuando levanta la vista, se encuentra con alguien completamente diferente a lo que alguna vez imaginó.

El doctor Jong Yeonguk rompe todos los esquemas. Su apariencia grita bad boy por todas partes, desafiando por completo la estética pulcra y anticuada del lugar. Minjae se fija primero en los destellos plateados: varios piercings adornan sus orejas y uno resalta peligrosamente en su labio inferior. Lleva una bata blanca y una playera de tela fina que, lejos de ocultar su físico, deja marcar sus hombros anchos y sus músculos perfectamente trabajados.

El más pequeño se queda hipnotizado por tal esbelta figura. Sus ojos viajan de los piercings al torso marcado del psicólogo, olvidándose por completo de que estaba allí a la fuerza. Está tan concentrado detallando cada músculo bajo la tela que no se percata de que Yeonguk está observándolo de vuelta. El psicólogo nota el recorrido de su mirada y una ligera, casi imperceptible, sonrisa ladina se dibuja en sus labios, capturando la total atención de Minjae.

—Bueno, mejor toma asiento antes de mirarme con esa intensidad, ¿no crees? —dice el pelinegro con una voz sumamente magnética.

El peli-rosa siente sus mejillas arder por haber sido atrapado mirando de más. Se sienta sobre el sofá más pequeño y deja de ver aquella imagen hermosa.

El psicólogo toma su libreta, se acomoda cruzando una pierna —lo que hace que sus músculos se marquen aún más— y lo mira fijamente a los ojos. No hay juicio en su mirada, solo una curiosidad intensa. Yeonguk le pregunta directamente, saltándose la formalidad:

—Tus padres me dieron la versión del problema, Minjae… pero a mí me interesa la tuya. Así que dime con sinceridad… ¿Por qué estás aquí realmente?

El menor siente que el aire se le escapa. La combinación de la pregunta tan directa, la cercanía del hombre y la intensa atracción física que acababa de sentir lo bloqueaban por completo. Sus pensamientos no están claros, pero el peso de la pregunta lo hace reaccionar. Muchas cosas pasan por su cabeza; la duda lo carcome sin la certeza de poder confiar en aquel misterioso chico.

El peli-rosa lo piensa unos segundos que parecieron eternos. Su corazón latía con una fuerza desgarradora. La verdad estaba a punto de salir de sus labios. Nervioso por la mirada del pelinegro, decide ser sincero y decir todo sin obviar algún dato que fuera importante para el análisis.

—Y-Yo… —susurra y suspira temblorosamente—. Mmm, bueno, hace unos días tomé la decisión de confesarle a mis padres que a mí… a mí me gustaban los hombres.

—Ellos consideran tu sentido de identidad como una enfermedad o falla que debe curarse a tiempo. ¿O me equivoco?

—N-No, está en lo correcto —pronuncia con dificultad sin apartar la mirada—. Ellos se molestaron mucho cuando se enteraron. Sus respuestas fueron de decepción y de ira, incluso me llamaron un… error.

El mayor, lejos de juzgarlo, cierra su libreta. Se acerca a él con lentitud antes de hablar:

—Déjame decirte que yo no curo a nadie, Minjae. Porque no considero que el amor sea un delito o defecto, sino lo que nos hace humanos. Además, tú puedes amar a quien sea, no importa el género, solo importa ser amado de verdad.

Esta declaración hace que el menor baje la guardia y sienta un alivio enorme en su interior. Por fin había encontrado las dos cosas que tanto le costaba hallar: la comprensión y la confianza.



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En el texto hay: amor prohibido, bts, jikook

Editado: 15.07.2026

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