La oscuridad de la noche cubría por completo el departamento. Cerca de la medianoche, las cortinas de la sala se agitaban suavemente mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a chocar contra los vidrios del balcón.
Jimin abrió los ojos de golpe, dejando salir un ahogo sofocado de su garganta. Se levantó bruscamente del sofá, con el corazón martilleándole en el pecho a una velocidad aterradora y el sudor frío pegándole los mechones de cabello a la frente. La pesadilla lo había atrapado: las paredes oscuras, el frío húmedo que se le metía en los huesos y esa sensación horrible de estar encerrado sin salida.
Desorientado y dominado por un pánico ciego, Jimin intentó correr a ciegas hacia el pasillo en busca del baño, necesitando desesperadamente agua para mojarse la cara y comprobar que estaba despierto. Pero no dio más de dos pasos cuando unos brazos firmes lo rodearon desde atrás, deteniéndolo antes de que tropezara.
—¡Jimin! Hey, tranquilo... soy yo, soy Kook —escuchó la voz somnolienta pero preocupada del pelinegro, que se había despertado al instante por el movimiento repentino.
—¡Déjame! ¡Necesito salir, necesito salir! —suplicó Jimin entre sollozos, intentando soltarse del agarre con desesperación.
—Mi amor, estás a salvo. Estás conmigo en el departamento —le dijo Jungkook con dulzura, girándolo con cuidado para sostenerlo por los hombros—. Mírame, pichón. ¿Qué pasó? ¿Tuviste una pesadilla?
Un trueno lejano retumbó en el cielo nocturno, seguido por el sonido de la lluvia en Seúl, que comenzaba a intensificarse rápidamente, golpeando los cristales con fuerza.
Al escuchar el primer retumbo del trueno, Jimin dio un brinco violento. Se llevó las manos a la cabeza y se tapó los oídos con todas sus fuerzas, apretando los ojos mientras su respiración se volvía tan corta y acelerada que parecía que no le entraba aire a los pulmones. Se dejó caer de rodillas al suelo, hecho un ovillo, temblando descontroladamente.
Jungkook se arrodilló de inmediato a su lado, sintiendo cómo se le oprimía el pecho de angustia al ver el estado en el que se encontraba.
—Jimin... ¿te asusta la lluvia? —preguntó Jungkook poniéndole una mano suave en la espalda, intentando comprender la reacción tan extrema.
—N-no es solo la lluvia... —articuló Jimin con la voz completamente quebrada, apretándose aún más las manos contra las orejas mientras las lágrimas se le mezclaban con el sudor frío de la cara—. Cuando... cuando era pequeño... cuando tenía nueve o diez años... si hacía algo que a mis padres les molestaba... o si me portaba mal... ellos... ellos me encerraban en el sótano de la casa.
Jungkook se quedó paralizado. Sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal.
—Siempre... siempre me dejaban ahí solo toda la noche, en la oscuridad total... —continuó Jimin, hipando por el llanto sofocado—. Y no sé si era coincidencia, pero siempre que me encerraban, afuera había tormenta... El sótano estaba bajo tierra y el sonido de los truenos y la lluvia retumbaba por todo el lugar... Era un eco horrible... Yo gritaba y lloraba para que me sacaran, pero nadie abría la puerta... Sentía que me iba a ahogar ahí dentro...
Un trueno más fuerte retumbó sobre la ciudad, haciendo vibrar ligeramente las ventanas. Jimin dejó salir un grito ahogado de terror y se pegó más al suelo, escondiendo el rostro entre sus rodillas, ahogándose en un ataque de pánico brutal. La angustia por la foto que les tomó su tía, el miedo al castigo de su padre y el recuerdo vivo de la infancia habían chocado al mismo tiempo en su mente, desbordándolo por completo.
Escuchar la confesión de Jimin fue como si le clavaran una daga directamente en el corazón a Jungkook. Como psicólogo, entendía a la perfección el nivel de trauma, miedo condicionado y ansiedad que ese maltrato le había generado a un niño tan pequeño. Pero como el hombre que lo amaba con toda su alma, lo que sintió fue una ola de rabia e impotencia devastadora contra los padres de Jimin.
¿Cómo pudieron hacerle algo tan cruel a un niño indefenso? ¿Cómo fue capaz su pequeño de sobrevivir a tanto dolor y abandono en esa casa? La rabia le quemaba la garganta a Jungkook, pero sabía que en este instante lo único que importaba era rescatar a Jimin de esa tormenta mental.
Tragándose la rabia y las lágrimas, Jungkook reaccionó de inmediato. Se quitó la chaqueta de lana que llevaba puesta y cubrió con ella la cabeza y los hombros de Jimin, creando un pequeño refugio para aislar la luz y el sonido. Luego, se metió debajo de la prenda con él y lo envolvió fuertemente en un abrazo, pegando la frente de Jimin contra su pecho.
—Escúchame solo a mí, Jimin... Solo a mi voz —le rogó Jungkook, hablándole muy cerca del oído con un tono firme pero profundamente cariñoso—. No estás en ese sótano. La puerta está abierta. Ya no eres ese niño de nueve años que estaba solo en la oscuridad. Ahora eres grande, estás aquí conmigo y nadie... ¡nadie en este mundo te va a volver a encerrar ni a hacer daño! Te lo juro por mi vida.
Jungkook comenzó a tararear una melodía suave contra el oído de Jimin, mientras le acariciaba la espalda de forma pausada y rítmica, intentando que el latido de su propio corazón le sirviera de guía a la respiración desbocada del peli-rosa.
—Inhala conmigo, pichón... Vamos, despacio... uno, dos, tres... y suelta... —le instruía Jungkook con paciencia infinita, besándole la sien cada vez que un sollozo lo sacudía.