Jimin apretó el teléfono contra su pecho y no fue capaz de decirle la verdad a Jungkook en ese momento. Sabía perfectamente que si le contaba sobre el mensaje de su madre, el pelinegro se negaría rotundamente a dejarlo ir y buscaría cualquier forma de protegerlo, poniéndose en un peligro mortal frente a la furia de su padre.
Por eso, Jimin simplemente se refugió en el pecho de Jungkook y rompió en un llanto en silencio. Durante el resto de la noche, se aferró a él con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo, acariciando sus brazos, memorizando el aroma de su piel y disfrutando cada segundo a su lado como si fuera el último. Sabía que tenía que aceptar la propuesta de su madre por el bien de los dos, pero especialmente para salvar a Jungkook.
Le dolía el alma entera, pero en medio de la penumbra de la sala, Jimin sintió una extraña paz. Por primera vez en toda su vida, sentía que estaba siendo valiente. Estaba tomando el control de su destino para proteger a la persona que amaba y para salir de ese abismo del que una vez pensó que nunca podría escapar.
Al día siguiente, cuando los primeros rayos del sol iluminaron la habitación, Jimin abrió los ojos. Miró a Jungkook, quien dormía profundamente a su lado con el rostro relajado. Con una ternura infinita y el corazón hecho pedazos, Jimin le dio un beso invisible en la mejilla, se levantó sin hacer el menor ruido y salió del departamento, sabiendo que jamás regresaría a ese lugar.
Una vez en la calle, con las manos temblorosas pero la mirada firme, le escribió un mensaje a su madre pidiéndole que le armara una maleta con su ropa y que lo esperara directamente en el aeropuerto. No podía volver a la casa por temor a encontrarse con su padre; usó los ahorros que tenía guardados de hace tiempo para tomar un taxi directo hacia la terminal aérea.
Mientras iba en el auto, Jimin consiguió el número de Taehyung —el mejor amigo de Jungkook— de todas las formas posibles. Le envió un mensaje largo explicándole toda la verdad: le contó sobre la amenaza de su padre, la propuesta de irse a Tokio a estudiar baile y cómo esta era la única manera de salvar la vida y la carrera de Jungkook. Le suplicó que no dejara que Jungkook lo buscara y que, por favor, lo cuidara mucho en su ausencia. Sabía que si no se lo decía a Jungkook a la cara era porque él jamás lo habría aceptado.
Horas más tarde, el aeropuerto internacional de Seúl estaba abarrotado de gente. Jimin caminaba junto a su madre hacia la puerta de abordaje, llevando su maleta con la cabeza agachada y el corazón martilleándole en el pecho.
De repente, una voz desgarrada resonó entre el bullicio de la terminal.
—¡Jimin! ¡JIMIN!
Jimin se detuvo en seco. Al girarse, vio a Jungkook corriendo desesperado entre la multitud, despeinado, con los ojos rojos y desbordado en lágrimas. A su lado venía Taehyung, intentando sostenerlo para que no se desplomara.
Ver al amor de su vida romper en llanto de esa manera le partió el corazón a Jimin en mil pedazos. Quería correr a sus brazos, besarlo y decirle que se quedaran juntos para siempre, pero sabía que dar un paso atrás significaría condenarlo. Con las lágrimas nublándole la vista y apretando los puños con fuerza para contener el dolor, Jimin sostuvo la mirada de Jungkook por un eterno segundo.
Luego, con una valentía que le desgarró el alma, le dio la espalda y cruzó la puerta de abordaje para entrar al avión.
Jungkook se dejó caer de rodillas sobre el suelo frío del aeropuerto, rompiendo en un llanto descontrolado al ver desaparecer al chico que le había devuelto la luz. Taehyung se arrodilló a su lado de inmediato, abrazando a su mejor amigo con fuerza para consolarlo mientras se desmoronaba por la partida del amor de su vida.
A unos metros, la madre de Jimin presenciaba la escena. Por primera vez en su vida, ella, que siempre había sido tan fría y homofóbica, pudo ver la verdad. Al observar el dolor desgarrador de ese joven psicólogo, entendió que lo que había entre su hijo y él no era algo malo, sino un amor puro, sincero y dispuesto al sacrificio. Aunque todavía le resultaba algo extraño y nuevo, se acercó despacio a Jungkook y le puso una mano suave sobre el hombro, intentando transmitirle un poco de consuelo antes de caminar hacia la sala de abordaje para irse con su hijo.
Semanas después, la vida en Seúl intentaba recobrar un ritmo normal.
Jungkook estaba sentado frente al piano en la sala de su departamento, con la mirada perdida en las teclas de madera. Taehyung estaba a su lado, observando con preocupación a su amigo, quien apenas hablaba y había dejado de lado sus consultas de psicología.
—Kook... no tiene caso que te fuerces a volver a dar clases o a trabajar en la clínica si tu mente ya no está ahí —le dijo Taehyung con voz suave y comprensiva—. Así como Jimin se fue a Tokio a continuar con su vida y a cumplir su sueño de ser bailarín, tú también tienes que salir adelante, hermano.
Jungkook levantó la mirada despacio.
—¿Recuerdas cuánto te apasionaba la música de joven? —continuó Taehyung con una sonrisa cálida—. Siempre quisiste ser cantante, querías que la música llenara todo tu ser. Tal vez es momento de que retomes ese sueño... Tienes que sanar, Kook. Tienes que intentar salir adelante y, aunque duela como el demonio, dejar ir el recuerdo de Jimin por un tiempo para poder respirar. Él también lo está haciendo allá.