CAP 1
EL FLECHAZO
La juventud es esa etapa de la vida que se nutre de vivencias intensas, donde el tiempo parece quedar siempre corto, como si todo ocurriera demasiado rápido y uno deseara atrapar cada segundo para volver a vivirlo una vez más. Así fue el día que conocí a Analía. Éramos jóvenes. Ella estaba en esa flor de la vida donde todo es descubrimiento y frescura; yo, apenas unos pasos más adelante, ya empezaba a buscar otros sentidos. Desde el primer instante nos sentimos habitando una nube. Cuando la vi por primera vez, me impactaron su belleza y esa seguridad al moverse que me dejó sin aliento. No dudé un segundo. Crucé la calle, la saludé y, casi sin pensarlo, la invité a tomar algo. Directo, impulsado por una corazonada que no admitía demoras. La pasé a buscar por su casa; la noche se prestaba para una caminata sin rumbo fijo. Terminamos en una pizzería de barrio, de esas que se llenan solas gracias al aroma que escapa a la calle y se vuelve invitación. Nos sentamos cerca de la ventana. Afuera, la ciudad seguía su ritmo apresurado; adentro, el tiempo parecía aflojar. Compartimos una pizza simple, con las manos, sin ceremonia. Hablábamos de cosas mínimas: anécdotas sueltas, risas que aparecían sin explicación y esos silencios cómodos que solo ocurren cuando hay una sintonía inmediata. La luz amarilla del lugar le daba a su piel un tono cálido, y cada gesto suyo —cómo me miraba de reojo, cómo se limpiaba los dedos— sumaba una cercanía distinta. No había prisa. Solo la sensación de estar empezando algo que todavía no tenía nombre, pero que ya se sentía inevitable. Todo se había vuelto intenso de repente. Las caricias, los besos, la proximidad de nuestros cuerpos. Todo insinuaba que debíamos subir un escalón más… y decidí no hacerlo. No fue un freno frío, sino una pausa necesaria para proteger lo que estábamos construyendo. A medida que me iba acercando, podía imaginar su perfume y la suavidad de su piel bajo mis dedos; esa anticipación me quemaba, pero sentía que si avanzaba en ese instante, el hechizo podría romperse por la urgencia. Quería que lo nuestro empezara con el peso de lo que se desea de verdad, con el respeto que merecía ese encuentro. Ella lo entendió. Aquella pausa dio lugar a una mirada de complicidad; le pareció correcto. Nos despedimos con la electricidad de lo contenido y la promesa silenciosa de lo que estaba por venir.