Amor TÓxico

CAPITULO 2

CAP 2

EL VÉRTIGO DEL SENTIR.

Al día siguiente, la pausa se terminó. El lugar estaba casi a oscuras. Una luz tenue, apenas un reflejo olvidado, dibujaba nuestras formas en la penumbra. El resto lo hacían los sentidos. El silencio no era un vacío; estaba cargado de una electricidad que se podía palpar. Cada sonido mínimo —una respiración que se cortaba, el roce de la ropa, un suspiro— parecía resonar en todo el cuarto. Nos entregamos uno al otro sin palabras, como si el diálogo de la noche anterior hubiera sido solo el prefacio de este encuentro. Nos sellamos en un abrazo largo, de esos que intentan borrar cualquier distancia entre dos cuerpos. Mis manos empezaron a reconocer su geografía con lentitud, memorizando cada curva, descubriendo la suavidad que mi mente ya había empezado a imaginar el día anterior. Bastaba una caricia mínima para que su piel me respondiera con un estremecimiento que yo sentía vibrar en mis propias yemas. Me dejé llevar por su rastro, encontrando en ella un refugio donde el tiempo dejaba de existir. Al mirarla, su sonrisa era una invitación que no pedía permiso. Se entregó a ese instante con una seguridad que me asombraba, dejándome entrar en su mundo con una profundidad que me obligó a ser, a la vez, cuidadoso y apasionado. Me acerqué con el respeto de quien accede a lo más íntimo, donde el deseo se transforma en una forma de reconocimiento mutuo. De su boca nació una melodía suave, un murmullo de placer que se volvió mi único norte. El mundo exterior desapareció por completo. No había ayer ni mañana; solo existía ese pulso compartido. Su cuerpo temblaba, y la música de nuestra cercanía se volvía más intensa hasta que, juntos, llegamos a ese punto donde todo parece confluir. Nos abrazamos después, con la urgencia de quien no quiere soltar la magia para que la realidad no regrese de golpe. —Estás callado —me dijo, buscándome con la mirada en la sombra. —Es que me dejaste sin palabras. —¿Para tanto? —Si no lo sabés vos, que fuimos a la par en cada latido… —Me encantó sentirte —susurró ella—. Tus caricias me hicieron perder la cabeza. —El silencio no es duda —le respondí—. Es cuando las almas dialogan. Así pasó aquel segundo día: intenso, vertiginoso. Mi mente no podía procesar del todo lo vivido, pero mi alma ya estaba marcada por su actitud: decidida, segura, dueña absoluta del ritmo. Por momentos, nuestra entrega parecía una disputa sutil por el control, una danza donde ella marcaba el paso y yo, caballero, me dejaba llevar por su fuerza. A ella le gustaba ese protagonismo; a mí, me fascinaba descubrirla así. La noche terminó, pero con la certeza de que esto era apenas el prólogo. No sabía hacia dónde íbamos, pero sabía que ya no había vuelta atrás.




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