CAP 3
Pasión y deseo
Mi mente no podía procesar del todo lo vivido. No había lugar para pensar; solo para sentir.
La emoción brotaba de su actitud: decidida, segura, dueña absoluta del ritmo. Por
momentos, aquello parecía una disputa sutil por el control, y yo, caballero, la dejé ser. A
ella le gustaba ese protagonismo; a mí, me fascinaba descubrirla así.
La noche terminó, pero con la certeza de que esto recién empezaba. Y qué comienzo. Al día
siguiente nos vimos otra vez. Vino a casa. Unos mates, miradas que iban y venían, y ese
reconocimiento inmediato de volver a sentirnos, de saber que ya nos pertenecíamos de
alguna manera.
Todo iba a una velocidad inaudita. Sabía que se acercaba una cúspide y que, desde ahí, el
panorama iba a ser distinto.
—¿Sos consciente de lo que está pasando? —le pregunté.
—¿Qué está pasando? —me dijo ella, con esa calma que me desarmaba.
—Hace tres días que empezamos a salir. El primer día frenamos; el segundo fue
inolvidable; hoy volvió a pasar.
—¿Cómo te sentís?
—Me hiciste sentir lo que nunca sentí. Es irresistible.
—Entonces —sentenció ella— dejemos que fluya.
La propuesta llegó simple, sin vueltas. Viernes. Hotel. Aceptamos porque el deseo
empujaba con una fuerza que ya no podíamos —ni queríamos— contener. El tiempo
parecía plegarse sobre sí mismo.
Esa noche fui a buscarla. Tocó el timbre su madre. Realidad. Conversamos: promesas de
cuidado, palabras protocolares de un mundo que afuera seguía sus reglas. Pero entonces
apareció Lia. Caminaba con una sensualidad que borró de un plumazo todo lo dicho
segundos antes. Salimos.
En el hotel, la luz era baja y el aire estaba quieto. El mundo quedó fuera de esas paredes.
Nos perdimos entre abrazos, besos y caricias que ya no pedían permiso. La noción del
tiempo se disolvió. Ya no flotábamos en una nube: estábamos sumergidos en el vértigo. En
la pasión pura. En ese punto exacto donde el deseo acelera y la conciencia solo alcanza a
observar, asombrada, lo que el cuerpo ya sabe.
Después, el silencio volvió a decir lo suyo.
A quien lee estas líneas, le hablo con el corazón en la mano:
Cuando todo empuja con esa fuerza, cuando el alma y la piel se ponen de acuerdo de esta
manera… ¿pondrías vos el freno?