Amor TÓxico

EPÍLOGO

EPÍLOGO:

El Silencio Después de la Tormenta

Escribir estas páginas no fue un ejercicio de nostalgia; fue un acto de supervivencia.
A veces me preguntan si valió la pena. Si volvería a cruzar aquella calle para saludar a Lia
aquel primer día, sabiendo que el camino terminaba en un campo de espinas. La respuesta
no es simple, porque el amor —incluso el que nos destruye— es el maestro más implacable
que existe.
Cuatro años y medio no son un suspiro. Son mil amaneceres intentando rescatar a alguien
que ya no quería ser rescatado, y mil noches perdiendo pedazos de mi propia esencia en el
intento. Hoy, al cerrar este relato, comprendo que el "Amor Tóxico" no es solo el que el
otro nos da; es también el que nosotros permitimos que nos habite cuando dejamos de
escuchar nuestra propia intuición.
Me quedo con las ruinas, sí, pero sobre ellas he vuelto a construir. Aprendí que la pasión
sin principios es un incendio, y que la entrega sin límites es una condena. Mi nombre,
Daniel, significa "Justicia de Dios", y quizás la mayor justicia que pude hacerme a mí
mismo fue poner fin a lo que ya no tenía vida, recuperar mi rumbo y volver a creer en el
silencio que dialoga, pero esta vez, en paz conmigo mismo.
La cicatriz queda, pero ya no sangra.
A vos, que quizás estás en medio de tu propio vértigo o caminando entre tus propias ruinas:
recordá que el final de una historia no es el final de tu vida. A veces, hay que dejar que todo
se rompa para ver, por fin, qué era lo que realmente valía la pena salvar.
Fin.




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