Capitulo 1
Beckett Roe
" En un mundo donde todo parece perdido se encuentra algo llamado amor, que según la gente eso sana cualquier dolor, pero yo e sido la decepción, soy el alumno reprobado de este gran salón, o tal vez cupido se equivocó fechando solo mi corazón."
Era un día que olía a tierra mojada y promesas rotas. La lluvia golpeaba el cristal de la ventana con una insistencia monótona, marcando las cinco y media de la mañana. A pesar del aguacero y la hora impropia, mis párpados se habían rendido al insomnio mucho antes de que el primer rayo de luz gris se filtrara en la habitación. Me levanté, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Tomé la toalla con un gesto mecánico y me dirigí al baño. El agua caliente de la ducha fue un alivio fugaz, una burbuja de calor antes de enfrentar el exterior. En menos de cinco minutos, el ritual estaba completo: ropa puesta, el cuerpo listo, pero la mente ya estaba en alerta. Se hacía tarde para la caminata.
Nunca había participado en algo similar, y la idea de unirme a un grupo guiado por una completa desconocida, cuya única referencia era un nombre en una pantalla, me generaba una mezcla incómoda de ansiedad y curiosidad. Acepté impulsivamente, quizás por el tedio de una rutina que me asfixiaba, o quizás por la promesa implícita de aventura que siempre acompaña a lo desconocido. Mientras caminaba hacia el punto de encuentro, la duda se instaló: ¿Había sido correcto decir que sí a Karina, a quien apenas conocía por mensajes? El camino se sentía largo, y la incertidumbre sobre cómo reconocerla era una carga adicional. Me encomendé a la suerte, sintiendo que me entregaba a la gloria de Dios en ese amanecer gris.
Al llegar al punto de reunión, el aire estaba cargado de humedad y el murmullo de las primeras llegadas. Busqué rostros conocidos, pero solo encontré extraños. Entonces, mis ojos se detuvieron en ella.
Ella estaba allí, bañada por la luz difusa de la mañana, y el mundo pareció detenerse. Era una visión impactante: cabello castaño, cayendo en ondas suaves, ojos de un café profundo que parecían contener historias enteras, y unos labios que, sin maquillaje, exhibían un rosado natural y tentador. Llevaba un bolso de cuero, de un color vinotinto profundo, casi borgoña, que contrastaba maravillosamente con su ropa sobria. No sé qué me pasó en ese instante; fue una parálisis momentánea, una rendición total. No podía apartar la mirada de ella. Cuando su rostro se iluminó con una sonrisa genuina, una sonrisa tonta e involuntaria se dibujó en el mío.
Fue entonces cuando una voz me sacó de mi trance.
—Buenos días —dijo una mujer, atrayendo la atención de todos.
—Comenzaremos nuestro recorrido. El día está lluvioso, sí, pero ¡eso no nos detendrá! —exclamó con energía.
La respuesta fue una ola de gritos y silbidos emocionados de parte del grupo. Aproveché el momento para volver a buscarla, pero el espacio donde había estado se había vaciado. La chica del bolso vinotinto había desaparecido entre la multitud expectante.
La caminata comenzó. No tenía idea de si era ecológica, de senderismo o simplemente un paseo guiado. Pronto entendí que era un recorrido paisajístico, con paradas estratégicas para la fotografía y explicaciones sobre la flora y la fauna local.
Avanzamos unos metros cuando escuché un saludo familiar.
—¡Beckett! —me llamó una conocida.
—Paola, ¿cómo estás? —respondí, aliviado por encontrar un ancla en ese mar de desconocidos.
—Muy bien, ¿y tú? ¿Qué haces por aquí? Creí que odiabas caminar.
—Bueno, me invitaron y pues aquí estoy, dando el brazo a torcer —respondí con una sonrisa forzada.
Caminamos juntos hasta la siguiente estación. Paola, con su energía habitual, me puso al día sobre su vida universitaria, mientras yo intentaba articular mis propias novedades. Reímos de algunos chistes internos; a veces, mi risa era tan fuerte que provocaba miradas de reojo de los demás excursionistas, lo que me hacía avergonzarme un poco, sintiéndome el centro de atención en un entorno tan ajeno.
Mientras contenía una risa, levanté la mirada para buscar un punto de enfoque y, al hacerlo, la volví a ver. Estaba más cerca ahora, conversando animadamente con la chica que la acompañaba. Cruzamos miradas por un instante, un segundo cargado de electricidad, antes de que ella volviera su atención a su acompañante. No le presté mucha atención a la otra chica, demasiado absorto en el breve contacto visual. Fue entonces cuando mi torpeza habitual se manifestó: tropecé estrepitosamente con una rama oculta en el barro, cayendo casi de bruces, todo por estar observándola como un idiota.
Paola me ayudó a enderezar, con una sonrisa pícara.
—¿De cuánto era el billete? —me interrogó, refiriéndose a mi distracción.
Le guiñé un ojo, tratando de recuperar la dignidad.
—De un valor incomparable.
Ella soltó una carcajada sonora, y yo me uní a ella, aunque mi atención seguía fija en la espalda de la chica que se alejaba con su amiga. Avanzaron unos pasos más y, al girar en una curva del sendero, la perdí de vista. La busqué frenéticamente con la mirada, pero no hubo resultados.
La guía dio por terminada la actividad con un discurso motivacional.
—Y así damos final a esta caminata. Es una gran alegría que nos apoyen en estos eventos. Si les gustan estas actividades, tendremos otra este fin de mes, y ¡este domingo se viene un gran evento al cual todos ustedes están cordialmente invitados! —El aplauso fue unánime.
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El mes siguiente fue una tortura lenta y silenciosa. La imagen de ella, el brillo de su sonrisa bajo la luz gris, se había incrustado en mi mente como un recuerdo vívido y recurrente. Era imposible olvidarla; reproducía ese momento una y otra vez, sintiéndome al borde de la locura por la certeza de que jamás volvería a verla.
Regresé a la caminata de fin de mes y al evento del domingo, con la esperanza desesperada de que el destino fuera benévolo, pero no la encontré en ninguno de los dos.