Amor y Gloria

Capitulo 6: La esperanza es lo último que se pierde

Ese mismo día en el que casi le rompió la nariz, Escalante se subió a un avión con su mujer y se fue a España.

No regresó, porque el presidente del club resolvió no arriesgarse más y lo despidió. En su lugar contrató a un hombre mayor, que se apellidaba Risso y que parecía salido de un ataúd.

Ya no vio ni a Escalante ni a Pablo, que también fue despedido cuando le ofrecieron ocupar el lugar de su amigo y se negó rotundamente. La situación fue catalogada como “vergonzosa” por los medios, y como “un despelote tremendo” por Gloria. Todos los días había peleas entre el presidente, el nuevo DT, los ayudantes, y los jugadores. Gritos, corridas, tazas de café que caían o eran arrojadas a la cara de alguien y que ella debía limpiar en silencio y con la cabeza baja.

Enseguida el desastre la afectó, porque sea por la falta de plata o porque aprovecharon la excusa por la situación, se atrasaron en el pago del mes de agosto. Un día, dos días, una semana y después directamente le dijeron que se lo pagarían junto con el sueldo de septiembre. Pero septiembre pasó rápido, y octubre parecía ir por el mismo camino. Gloria no veía un peso desde julio, y la cosa no pintaba bien.

Las dos ayudantes resolvieron irse porque encontraron empleos donde no sólo tenían mejor sueldo, sino que además se los pagaban en tiempo y forma.

Y ella, cuando los ahorros empezaron a escasear, también empezó a buscar otro trabajo. Romina le consiguió una casa de familia en pleno barrio de Belgrano, pero debía tomarse varios colectivos para ir y volver. Haciendo cuentas llegó al resultado de que se le iba medio sueldo en boletos y no le convenía.

Hizo un par de fines de semana en quintas de Ezeiza y Monte Grande, y se fue hasta Lomas de Zamora por un sábado para limpiar un salón de eventos. Lo que salía como empleo fijo estaba lejos, mal pago, o no les tenía confianza a los jefes.

Poco a poco veía cómo su pequeña ilusión por un trabajo estable se iba rompiendo. Ella, que siempre soñaba en chiquito para no sufrir decepciones, se daba cuenta que ya ni eso podía hacer.

No era su culpa, pero en parte se sentía así, culpable por no conseguir algo en serio que se mantuviera en el tiempo.

Cuando Romina le consiguió otra casa, esta vez en Palermo y con “cama adentro” dijo que no. Era un buen sueldo y se despreocupaba por la comida, pero tenía que dejar su hogar y a su hermano y eso no lo pensaba hacer.

Después, las ofertas de trabajo se acabaron y la plata ahorrada también, y la zozobra se convirtió en una piedra que le aplastaba el pecho. De nada servía preguntar, de buena manera, cuándo le iban a pagar. En APA la ignoraban tanto como a un potus, y eso hizo que extrañara aún más al único que alguna vez se dio cuenta que ella estaba ahí.

Por eso no quería irse. Pese a todo le había tomado algo de cariño al lugar, aún con las discusiones constantes de las que era testigo. Allí tenía su propia independencia, estaba en blanco, sabía que contaría con vacaciones. Decidió aguantar un mes más, y si los sueldos adeudados no aparecían entonces no habría más remedio que presentar la renuncia.

Y renunciar le dolía, porque estando con la soga al cuello igual, muy en el fondo de su corazón, sabía que él volvería. Y quería verlo.

La realidad era que lo extrañaba muchísimo. Inconscientemente lo buscaba o le parecía oírlo, aunque sabía que no estaba. Se sentía una idiota, porque el hombre seguro ni se acordaba de ella y estaría muy tranquilo viviendo en Europa, lejos del caos.

Y ella tenía problemas mucho más grandes para resolver, pero cuando le dejaban un poco de espacio en su cabeza, la imagen de Lionel volvía.

Por eso se aferraba al trapeador, esperando. Pablo le había dicho que ella era leal, Lionel también. Fueron los únicos que, en toda su vida, la consideraron así. Estaba convencida que en cualquier momento regresarían, porque la Asociación Platenses Argentinos estaba al borde del colapso otra vez, y sorprendentemente la mayoría de la gente pedía la vuelta de Escalante y su cuerpo técnico.

Tenía esa esperanza y por eso se quedaba. Ya no sólo para verlo de pasada o recibir un cariñoso saludo, sino porque estaba segura de que el equipo necesitaba la presencia de Lionel. Sólo con él llegarían a ordenarse y ganar algo, sólo con él eran un club en serio y no el circo en el que se habían convertido.

“Fue el único que le dio estabilidad al grupo”

“Merecía otra oportunidad”

“Tenía un proyecto serio”

“No lo dejaron laburar, querían que hiciera magia en dos partidos”

“Queremos la renuncia inmediata del presidente de APA y todos sus secuaces”

Así hablaban los periodistas y los hinchas a los que entrevistaban a la salida del último partido perdido, que les quitó la posibilidad de entrar a la Copa Libertadores. Todo eran quejas, que se acrecentaron cuando Leonardo Missa decidió aceptar un contrato millonario en un club árabe y alejarse de las disputas argentinas.

Siguiendo su ejemplo, otros tres jugadores importantes dejaron el club, tentados por ofertas mejores o ambientes laborales más relajados.

—Gómez, si va a estar todo el día mirando televisión entonces será mejor que renuncie.




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