Amor y guerra

Capítulo 3. La muchacha mestiza

El cielo estrellado sobre su cabeza la invita a elevar la vista y disfrutar de los titilantes astros que junto a la luna llena aclaran la negrura nocturna. El viento implacable hace gala de su fuerza, sacudiendo sin piedad las copas de los árboles y causando un silbido que a ratos se torna en un alarido que consigue erizar la piel. Sus cabellos también son víctimas del arrebato de la naturaleza, revolotean libres a su alrededor y le cubren ojos y boca. Alma retira solo los hilos castaños que le impiden disfrutar del espectáculo natural que ofrecen las ramas bailando al son del viento. Suspira, llenando de aquel aire de libertad sus pulmones y todo su ser.

El arduo trabajo la ha dejado exhausta y las continuas quejas de Consuelo tan mortificada que lo único en lo que puede pensar es en estar en otro lugar al que le guarda un cariño que se mancha con amargura al saber que no regresará pronto. Recordar le hace mal así que se acomoda sobre el cuerpo el rebozo de rosa intenso que le abriga el torso, cuello y brazos para retomar su camino rumbo a la casa chica al final de la arboleda.

Las puertas dobles de la residencia de forma rectangular dan entrada al patio de suelo de adoquín terracota que alberga una fuente de cantera y azulejo en funcionamiento. En torno al patio y coronadas por arcos se encuentran las puertas por las que se ingresa a las habitaciones, la cocina y el despacho del administrador que ocupa la casa. Al entrar se encamina a esa puerta a sabiendas que don Rodrigo se encuentra ahí, revisando sus libros y realizando alguna otra labor que haya dejado pendiente por estar a la espera de los invitados de don Joaquín. Lo vio pocas horas antes despedirse del sobrino del dueño de la Hacienda y de su acompañante luego de la cena, y pese a lo avanzada de la noche, sabe que está esperándola como acostumbra. 

Rodrigo levanta la vista de los libros en su escritorio de madera tallada apenas escucha el rechinido de la puerta doble de su despacho al abrirse. Las lámparas de aceite encendidas iluminan bien la habitación y el rostro moreno de la joven que entra sin pedir permiso. Ella no dice nada, se acomoda confiadamente en el sillón acojinado frente al escritorio y cruza los brazos sobre su estómago. Su boca dibuja una mueca de rabia contenida y sus ojos encendidos se clavan en el hombre al otro lado. Él apenas le da importancia y sigue con su labor sin prestarle más atención.

—Veo que no olvidarás con facilidad la injusticia de la que crees haber sido víctima —dictamina mientras revisa los papeles que tiene entre sus manos.

—Me ha hecho disculparme cuando la culpa ha sido del gringo. Encima se ha portado con ellos como si fuesen los amos de San Gregorio.

—El Señor Green es el sobrino de don Joaquín, creo que el trato ha sido el apropiado.

—Sabe a qué me refiero —. Lo sabe. Alma no soporta el servilismo que criados, peones y hasta empleados como él muestran con hombres acaudalados y pertenecientes a la esfera de la sociedad que pretende gobernar el país a su antojo; La autoproclamada nobleza mexicana.

—Alma, nuestra estancia en San Gregorio tiene un propósito. Lo que hago es obedecer a ese propósito.

—No lo he olvidado. A diario lo recuerdo mientras soporto a Consuelo o friego los pisos —musita descruzando los brazos y apartando la vista del administrador —, pero ya no estoy segura de querer seguir adelante.

—Lo que hacemos es un acto de caridad para don Joaquín.

—Perdóneme si creo que un hombre como él necesita muchas cosas menos caridad. A don Joaquín no le faltan medios para protegerse a sí mismo. Entre más lo pienso, más inútil me parece haber venido a San Gregorio.

—Joaquín es un buen amigo. Te lo he dicho, muchacha testaruda. A él lo aqueja algo contra lo que nadie está protegido. Tampoco olvides que nos conviene estar aquí.

Alma mira a otro lado sin atender a la explicación, sus ojos se pierden en los libreros empotrados en las paredes del despacho y en las docenas de libros de diversos tamaños y temática que guardan. Literatura, arte, ciencias e incluso medicina de los que el hombre disfruta en los escasos ratos que se lo permite su trabajo como administrador de San Gregorio. Es un apasionado de la lectura; lo conoce bien, desde su más tierna infancia su figura ha rondado su vida. Recuerda cada una de sus visitas cuando siendo una niña, vivía acompañando a su madre en la casa donde esta servía.

Veía a don Rodrigo esporádicamente, pero esperaba ansiosa su llegada pues siempre se acompañaba de uno de los maravillosos libros que leía para ella. Cuentos que la divertían y la hacían viajar a tierras lejanas y mejores. También eran bien recibidos los dulces de amaranto y las telas con las que su madre le confeccionaba vestidos sencillos y hermosos. Fueron tiempos felices, tenía a su madre y todo lo que necesitaba para ser feliz, aunque empañaba su alegría el arduo trabajo de Amparo, su progenitora, y por el que a menudo la dejaba sola. La llegó a culpar por eso en más de una ocasión.

El sentimiento cambió cuando tuvo edad para trabajar, entonces comprendió la dureza con la que podía vivir alguien destinado a servir a otro que poseía más y dejó de culparla para compadecerla y a sí misma por compartir su precaria situación. Por fortuna, solo hubo de soportar esa miserable vida unos meses pues poco antes de cumplir los ocho años, don Rodrigo convenció a su madre de entregársela. Amparo la dejó ir esperanzada en darle una vida mejor y confiando en la compasión del hombre que prometía cuidar de ella. Siendo una niña fue llevada a un lugar de retiro, un recinto sagrado que la vio convertirse en mujer. Entre los muros del Convento de Santa Catalina aprendió lo que las dominicas, la Orden de religiosas a cargo, tuvieron en bien enseñarle. A leer, a escribir y a realizar las labores propias de una mujer de buena cuna. Y gracias a don Rodrigo y los libros que nunca dejó de llevarle con el permiso de las dominicas o sin él, nunca lo supo, aprendió también a pensar y a no aceptar una vida de miseria impuesta por otros. Él fue su único vínculo con el exterior esos años y gracias a sus cartas, pudo saber de su madre. Como la extrañó, la quería tanto; con el tiempo aprendió a vivir lejos de ella sin dejar de añorarla.




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