Amor y guerra

Capítulo 18. Sombras de traición

Una sombra atraviesa el patio de la casa principal en San Gregorio; quienes la habitan duermen desde un par de horas atrás. Ha salido de la cocina y camina sigilosa hasta la puerta. El portero dormido en su labor, no se percata de la figura envuelta en una gruesa capa de lana que le pasa al lado, rumbo a los campos que rodean la hacienda. Va cubierta de los pies a la cabeza, para no ser reconocida de encontrarse con ojos curiosos. Pero no hay nadie ahí que pueda atestiguar su presencia, los peones y criados descansan en dónde se les ha asignado y tampoco es hora para que los invitados paseen libres. Sigue avanzando bajo la luz de luna. Crecidas nubes repletas de agua impiden que las estrellas luzcan en el cielo nocturno, la oscuridad es densa. No obstante, quien salió de San Gregorio conoce bien su destino y llega sin más contratiempos que el disgusto provocado por el furtivo encuentro al que debe acudir. 

—¿Estás ahí? —cuestiona al llegar al lugar acordado, una peña en las inmediaciones a la que los cabreros acostumbran a llevar los rebaños que cuidan.

—Claro, doña Consuelo, la espero desde hace buen rato —. El ama de llaves se descubre la cabeza, molesta por el tono de reproche del hombre que se levanta de la piedra en la que ha estado sentado.

—Eres un bruto. Hace mucho has debido desaparecer y en cambio, te atreves a buscarme en la hacienda.

Félix se encoge de hombros y escupe el pedazo de tabaco que lleva mascando desde su llegada a la peña. El hedor que despide resulta insoportable para su acompañante, no hace más que arrugar la nariz con repulsión mientras mira a otro lado y espera la respuesta del burdo caporal.

—Esa era mi orden. Pero las cosas han cambiado.

—¿Cambiado? —cuestiona con un disgusto que va creciendo.

—Las autoridades van sobre mi cabeza y necesito más oro del que me dio para desaparecer a donde no me den alcance —explica rascándose la cabeza.

—Si van tras de ti es porque no cumpliste con el encargo. No mataste a Rodrigo Domínguez y te atreves a exigirme que te pague más.

—Yo no tuve la culpa de que ese doctor gringo lo haya salvado.

—¿Y tú como sabes eso?

—Todavía tengo quién me informe en San Gregorio.

—Olvídate de eso, ya nada tienes que ver con San Gregorio y no culpes a otros que fue tu mala puntería de ebrio la que hizo que fallarás el tiro de gracia.

—¡No es verdad! Fueron esos peones entrometidos, por evitar que me vieran me tembló la mano.

—¡Te tembló porque eres un cobarde! Ya no importa, ¿cuánto más quieres?

Lo último que Consuelo quiere es pagarle más de lo acordado, los últimos sucesos le han hecho ver que el hombre frente a ella fue una pésima elección, es torpe además de un alcohólico hablador.

¿Qué la hizo contratarlo? Tal vez que pocos hombres tuvieran la osadía de atentar contra Rodrigo Domínguez y que encontrasen la oportunidad de acercarse a él sin levantar sospechas. Ha sido su error y matar a Félix sería lo más adecuado. Para su infortunio, no tiene un arma a mano y tampoco pretende ensuciarse con una sangre tan sucia y vil. Es tarde para rectificar y poco hay que pueda hacer, lo único que le queda es convencerlo de que se vaya lejos porque si lo atrapan, tarde o temprano caerá ella también y no puede arriesgarse estando tan cerca de culminar una venganza que se ha fraguado por años.

—Lo suficiente para irme al norte y cruzar la frontera.

—Eso es mucho.

—Entonces sólo deme un poco más y págueme de otra forma —. El ama de llaves empequeñece los ojos fulminando al caporal.

—¿Qué es lo que quieres?

—Usted ya sabe… —comienza pasándose la lengua por los labios en un gesto lascivo —, lo mucho que me gusta la muchacha.

—Olvídalo, corremos el riesgo de que te atrapen si te acercas más a la hacienda.

—Ese es mi precio: la muchacha o el oro.

El ama de llaves se pasa la mano por la frente y mira en dirección a San Gregorio. Reflexiona, ese hombre fue su error y tal vez pueda compensar su desatino usándolo para un propósito que antes no consideró. Alma es la hija ilegítima de Joaquín Aranda y aunque el viejo ya tenga lo que merece, reposando entre los gusanos que ya deben haber empezado a devorarlo, destruir también a su heredera es una idea tentadora. Privar a la joven de su herencia no basta para la revancha que cree justa; soltar sobre ella a Félix como un perro rabioso se le antoja el final brillante de una campaña que emprendió tiempo atrás cuando comenzó a servir en la hacienda de San Gregorio a las órdenes de un amo que ya desde entonces odiaba, tanto como odia a la joven mestiza que se lo recuerda.

—Te daré a la muchacha. No será fácil, la casa chica está custodiada por un hombre armado día y noche, tendré que sacarla de ahí. Dame un día para pensar, mañana nos vemos aquí mismo y te diré dónde y cuándo obtendrás lo que quieres.

 




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