Amor y guerra

Capítulo 24. Encuentros

El amanecer es gris, presagia un día tan o más borrascoso que la noche que termina. Los muros humedecidos de San Gregorio reciben gustosos la mañana que convierte en rocío la lluvia que ha quedado en cada una de sus grietas. Todos duermen, excepto Thomas que ha permanecido la noche en vela, en el calor de su alcoba y con una botella de licor acompañándolo. El eco de la última frase de Alma sigue martillando en sus oídos, también lo fustigan sus desengañados ojos, carentes del vivaz brillo que lo prendó de ellos. Cada palabra de dolor que intercambiaron, dando sablazos inmisericordes con el feroz objetivo de lastimarse mutuamente, le cala en lo profundo, en ese recoveco de sí mismo que descubrió gracias a ella. Le hizo un valioso regalo con su amor y él lo tiró con desprecio a causa de la maldita terquedad de ser el único en su vida. Aunque su ego aún no lo permite, comienza a reconocer que Alma puede ser la mujer que sea, eso no lo justifica por no ser un mejor hombre ni por haberse comportado como un bruto con ella.

“¿Cuánto más necesitas humillarme para sentirte hombre?” Vuelve a escuchar como una punzada. Piensa en disculparse, pero teme enfrentarla, ha quedado devastado y si va a su encuentro acabará pidiéndole perdón de rodillas y rogándole que le conceda las migajas de su amor. Poco le importan ya sus amantes, si le promete que no habrá nadie más en adelante, está dispuesto a consagrar su vida entera a esforzarse por hacerla feliz. Pero no puede confiar en ella cuando le dijo que lo quería para luego escabullirse y estar con otro en las apartadas caballerizas. Con Emily estuvo dispuesto a saberla de otro con el incentivo de verla feliz, con Alma eso es impensable. La quiere a su lado, no puede vivir con la idea de que otro la toque y la acaricie. Siente la cabeza estallar, las horas siguen pasando sin que atine a hacer otra cosa que permanecer sentado en el acojinado sillón frente a la ventana. En varias ocasiones llaman a su puerta, obligándolo a disculparse desde adentro aludiendo a un inexistente malestar, hasta que la voz tras quién toca una última vez lo espabila. Es Andrew, otro a quién no se siente capaz de enfrentar.

—Tom, abre, necesito hablarte —le pide.

Al escucharlo se aprieta las sienes mientras junta los retazos del valor que le quedó para dar la cara al amigo traicionado. Con paso vacilante llega hasta la puerta y la abre dando la peor de las apariencias. El joven lo mira asombrado, dándose cuenta al instante de que ha bebido sin control. Sin decir palabra ni pedir permiso, entra en la alcoba, aún lleva las ropas con las que anduvo en la capital buscando a Miguel Fuentes. El agotamiento de un viaje largo a caballo le salta a los ojos, pero se encuentra más entero que el irlandés y le dedica una mirada cargada de reproche y el ceño fruncido de quién se encuentra con la encarnación del fiasco. Soporta la censura cerrando la puerta y quedándose de pie. No lo mira a los ojos, no puede.

—¿Qué te sucede? Mi madre, bendita sea por estar aquí, me ha dicho que llevas el día entero encerrado y lamentándote de algo que por lo que veo no padeces —cuestiona parado frente a él.

—¿Qué es lo que quieres, Andrew?

—¿Qué que quiero? —exclama exasperado —. Quiero que me digas por qué me has fallado —por primera vez Thomas lo encara, temiendo que Alma le haya dicho lo sucedido entre ellos —, ¿Dónde está Alma?

—¿Alma?

—¡Sí! Alma. ¡Maldición, Thomas! Llegue hace un par de horas y nadie la ha visto. Don Rodrigo no recibió su visita en la mañana y ni las criadas en la casa chica ni el portero la vieron salir, pero no está en su habitación ni en ningún otro lado —explica con rabiosa angustia para tomar un respiro y proseguir —. Creí que la cuidarías, confíe en que lo harías ¿dónde estabas? Por lo que veo para ti es más importante beber una botella entera como un ebrio irlandés —apunta señalando el envase de licor vacío en la mesa de madera junto a la que Thomas estuvo sentado.

El despectivo comentario lo hiere y clava en su ofensor unos ojos centellantes. ¿Quién se cree Andrew para juzgarlo? Le grita su voz interior, reavivando la rabia que se apoderó de él la noche anterior. Con los sentidos afectados por la intromisión del licor en su organismo, es incapaz de contenerse y explota en feroces alegatos que no disimulan el despecho que los origina.   

—Alma no necesita protección, si no estuvieras tan obsesionado con ella te habrías dado cuenta. Ella prefiere la libertad que le permite retozar con sus amantes. Ve y búscala en las caballerizas, debe estar ahí prodigando caricias a algún desdichado que haya caído en sus redes.

—¿Qué dices? —cuestiona Andrew con el rostro convertido en piedra y una severa mueca esculpida en él. Mantiene los puños a los costados mientras lucha por contenerse y no silenciar el atrevimiento de Thomas a golpes.

—¡Lo que oyes! ¡Date cuenta de la verdad! Esa mujer es una pérfida que igual jura quererte para después irse con otro y hacer lo mismo. Su actuación merece una gran ovación, vende mentiras de amor que embaucarían a cualquiera. Aunque no voy a negar que probar su boca ha sido de lo mejor…

El brutal puñetazo que colisiona contra su mandíbula hace callar a Thomas. Cae trastabillando hacia atrás para terminar golpeándose la espalda en la puerta. Tendido contra la madera levanta la vista hacia un Andrew cuyo rostro, enrojecido por la sangre que la ira ha subido a su cabeza, lo juzga sin piedad. El heredero Green gruñe, resoplando colérico aliento sobre él. Lo mira deseando que diga algo más que justifique matarlo, ya ha oído suficiente. Las injurias de las que hizo objeto a Alma no le ofendieron tanto como saber que se atrevió a tocarla. Desconoce al hombre frente a él, siempre lo creyó honorable y se da cuenta del engaño que lo hizo admirarlo alguna vez.




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