Amor y guerra

Capítulo 25. En el campamento

Recorriendo serranías y cañadas, en un desolado paraje de territorio poblano en el que solitarios mezquites se levantan eclipsados por el contorno de lejanos cerros, se levanta el campamento de una tropa irregular del ejército republicano. Entre sus filas se encuentran cabos, algunos sargentos y dos capitanes de gorras polvorientas y parciales uniformes de pálidas casacas de paño azul. A excepción de estos elementos, la mayor parte de los hombres son chinacos y gente del pueblo que se han unido convencidos o no de la causa a la que sirven y que muchos de ellos no alcanzan a comprender. En una burda tienda que apenas tiene espacio para un camastro, una minúscula mesa cuadrada y una silla de madera, Ezequiel Ávila, el coronel al mando lee una misiva con las últimas órdenes del superior al que responde. Al terminar, redacta a su vez una carta comunicando sus avances y la actividad de las tropas francesas que han podido observar en torno a la ciudad de Puebla.

El agobiado y rígido talante del coronel suma años a un rostro moreno claro de poco más de treinta años. Meditando, detiene la pluma un instante en tanto se acaricia la bien recortada barba que cubre su mentón, hace lo mismo con el bigote delgado y pulcro sobre la mueca sobria de su boca. Los oscuros ojos del coronel se pierden en la nada frente a él. Militar de carrera y líder innato, conoce bien la debilidad de la cuadrilla a su cargo. Poco convencimiento, demasiado temor y una ignorancia generalizada que es su peor enemigo. Le fue difícil mantener el orden al principio y por fin luego de meses de luchas, incontables pérdidas y noches de insomnio, tiene la audacia de confiar en la lealtad de sus hombres. Más aún en la entereza del par de capitanes que se han convertido en su mano derecha, en gran medida gracias a ellos fue que el resto que carece de formación militar ha logrado comprender el valor que para un hombre que se juega la vida en el campo de batalla tiene obedecer ciegamente a un superior. Cualquier duda o vacilación puede significar la muerte de uno, de miles, la derrota entera. En tiempo de paz ese simple ordenamiento tan básico resulta una burla para un hombre libre, pero no viven tiempos de paz.

Deja sus cavilaciones de lado, no es hora de pensar en paz sino en guerra. Escribe las últimas líneas que irán directo a las manos del general Díaz, un hombre al que admira y al que espera servir honorablemente. Apenas se dispone a llamar al mensajero cuando uno de sus capitanes pide permiso para entrar. El joven capitán parece contrariado.

—Capitán Márquez, ¿alguna novedad? 

—Sí, coronel. Lorenzo ha regresado, trae un mensaje importante.

—Hazlo pasar entonces.

—Creo que antes debe saber que no viene solo.

—¿A qué te refieres? ¿Quién viene con él?

—Véalo usted mismo.

El capitán no responde y va a la entrada de la tienda, cubierta apenas por una cobija que hace de puerta y que aparta con la mano izquierda mientras con la derecha hace una seña al hombre que espera órdenes afuera. Lorenzo entra y tras él una tímida silueta que por su forma y tamaño es claramente ajena al campamento.

—¿Qué significa esto, Lorenzo?  —cuestiona el hombre a cargo, haciendo un ademán al capitán para que abandone la tienda. El hombre sale y Lorenzo baja la vista a sabiendas que lo que ha hecho es buen motivo para enfurecer al coronel.

—Mi coronel, traigo un mensaje de don Rodrigo…

—Te hice una pregunta y no creo que seas tan bruto como para no entender que me refiero a la joven que te acompaña —señala con rudeza.

Alma lo mira avergonzada y da un paso adelante, dispuesta a recibir la reprimenda en lugar de Lorenzo, este traga saliva y se aclara la garganta.

—Coronel Ávila, debe disculpar a Lorenzo. Es mi culpa, lo obligué a traerme con él. Me iré pronto.

—¿Y puedo saber quién es usted, señorita?

—Alma Suárez, soy…

—La ahijada y protegida de don Rodrigo ¿Qué hace en mi campamento?

La fiereza en los cuestionamientos que la acribillan apabulla a la muchacha tanto como lo hace el uniforme que porta quién los emite, la voz grave del coronel y su aspecto de gallarda rudeza le recuerda a Thomas.

—Almita solo está de paso mi coronel. Ella va camino a Puebla —explica Lorenzo, apretando el ala ancha del sombrero que sostiene entre sus manos.

—¿Sola? —. Nadie responde y el silencio le dice al coronel más que mil palabras —, Don Rodrigo no lo sabe ¿cierto?

—Mi padrino no quiere que regrese al convento, pero yo necesito estar allá.

Acostumbrado a descubrir mentiras y quebrar voluntades, el coronel escudriña a la joven de una forma que le provoca un profundo escalofrío. Mira a otro lado, incapaz de sostener la inclemente mirada sobre ella.

—Por desgracia señorita Suárez, esto no se trata de lo que usted necesite ni de lo que don Rodrigo quiera, sino de la imprudencia que ha cometido al venir aquí.

—Me iré apenas salga el sol de la mañana.

—¿Y quién la llevará?

—Puedo ir sola.

—¿Acaso sabe la cantidad de cuatreros que puede encontrar en el camino?

—Puedo cuidarme sola.




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