Trece años más tarde.
El tarareo de la mujer que paseaba por el salón principal de la mansión mantenía a la servidumbre a raya, silenciosa. La punta de su espada larga marcaba el suelo de mármol de forma cruel, soltando un chirrido escalofriante. Los espectadores estaban petrificados, aterrados, con la gloria que acompañaba a la mujer que dejaba el suelo pintado de carmesí con sus pisadas mientras recorría las habitaciones buscando su último objetivo.
—Vizcondesa, ¿dónde se esconde, pequeña vizcondesa? —cantó la voz de sirena de la mujer, llamando a la muerte para entregarle otro presente.
El ritmo de los tarareos fue en aumento, elevándose al encontrar a su presa. Y se elevó, alto. Como si de una rata se tratara, ocultándose bajo la gran cama matrimonial, la vizcondesa ocultó su rostro entre sus manos y los fuertes sollozos irritaron a la mujer.
De una patada, arrastró la cama de madera, dejando al descubierto a la rata. La Furia del Reino emuló una pequeña sonrisa que no fue percibida.
Una mujer de alta cuna, que antes se jactaba de sus joyas caras y su poderosa posición noble, se arrodilló frente al temible oponente, que, a su vez, dejó caer su mirada en los ojos enrojecidos. Beatrice, la vizcondesa, sintió el desprecio en aquellos ojos nebulosos.
—Despertaste a la bestia. —dijo inexpresiva antes de empuñar su espada y atravesarle el corazón.
A Selene no le importaba cuanta sangre le salpicara en el cuerpo, ni que su cabello ónix le goteara, porque lo que realmente le importaba era acabar con la maldad de los nobles. Después de la muerte injusta de su madre, no hubo otra cosa que Selene conociera que no fuera el arte de la guerra.
No podían ignorar su naturaleza cazadora desde pequeña, y como princesa desheredada del trono, la muerte la acechaba. Tal razón hizo que su padre la entrenara a ella y a su mellizo en todos los aspectos de la batalla y la política. Y como Rey, no dudó en aprovechar sus aptitudes para darles cargos justificados. La facción noble los quería muertos tanto a ella como a Leiv, pero tal como prometió Nepther, los mantuvo a salvo.
—Por haber asesinado a Kario Ren se te sentencia a muerte. —espetó observando la expresión aterrada que quedó grabada en el rostro de la vizcondesa. —No tienes permitido apelar, ni tampoco pagar con tu sucio dinero tus crímenes ni inculpar a nadie por tus actos.
La máscara pudo ocultar sus lágrimas de la servidumbre, pero no su aura siniestra. Había hecho justicia hace solo unos minutos, lo disfrutó, pero eso no quitaba que hubo una víctima. Un hombre justo y de buen corazón, su tío. Kario no era cualquier hombre, llevaba entrenando a sus sobrinos desde hace diez años, y más que un tío, era como otro padre.
Al salir de la residencia, Selene arrojó lejos la máscara, mostrando su rostro y ojos rojos por el llanto. Los culpables por la muerte de Kario recibieron su merecido, pero aun así su corazón dolía. Y Leiv no estaba cerca para consolarla.
Bruscamente. se limpió las lágrimas y se subió a su caballo. No muy lejos estaban sus camaradas. Nepther la nombró comandante de Von Nótt. Un grupo selecto de caballeros de élite que siguen órdenes directas del rey. Solo del Rey.
—¿Hay algo más qué se deba hacer, Sir Karl?
Su pregunta, desinteresada y sin emoción, trajo de vuelta a la realidad a Karl, que nunca conseguiría a acostumbrarse a la persona frente a él, aun si la acompañase por años. Era algo realmente imposible para Karl que vivió en una biblioteca como un asistente después de volver de la guerra por una lesión en su pierna.
Rápidamente, desenvolvió la carpeta de cuero, leyendo sus anotaciones.
—No, su alteza.
—Entonces volvamos. —dijo la joven. —Estoy hambrienta.
Podía parecer irreal, debido al rostro delicado e inmaculado de defectos en la señorita, pero esa niña no era otra cosa más que un monstruo. Con veinticinco años de vida, y una estatura medianamente alta, tenía el respeto de un sabio y el aspecto de un tirano.
Al llegar al palacio, le encargó todo a Sir Karl, para ir a bañarse y arreglarse, porque necesitaba hablar con su padre.
Con la habitual ausencia de criados en su lado del palacio, fue despojándose de la capa ensangrentada, aguantando el dolor de su costilla. Con un fuerte suspiro y determinación se quitó la armadura del pecho. Selene podía ser una Nordka, pero eso no quita el dolor que se siente cuando un hueso se está reparando dentro suyo de una manera anormal.
Por lo que su padre les leía en secreto, habían heredado la sangre más valiosa y peligrosa del continente. La sangre Dyrkka. Durante generaciones no se vieron herederos con esta sangre en la familia real, pero Nepther fue el único de sus hermanos que la obtuvo después de doscientos años de creerla extinta. Al principio fue un secreto, nadie quería saber de aquella sangre, ni siquiera su propia madre quiso darle de amamantar. Pero después de descubrir lo poderosa y magnífica que fue en los pasados siglos, lo convirtieron en príncipe heredero, casándolo con la familia Ren a temprana edad y exigiéndole que tuviera hijos. Pero Nepther ante la experiencia de su vida, cuando sus hijos nacieron, mantuvo en secreto que, al igual que él, heredaron la sangre real.
El país estaba dividido en tres facciones. La noble, la facción del rey y la facción de la reina. Cada cual con su poder. Selene entró sigilosa en la oficina de su padre. No era especialmente bienvenida por el par de políticos reunidos que pertenecen a la facción de la reina.