Petrov no solo era el apellido de una de las familias más temidas entre la mafia rusa. El imperio que Alekséi, el único heredero de tan ostentosa saga, había construido al contraer matrimonio con Anastásia, parecía no conocer límites. La ambición de su esposa, aunada a su sed de venganza, los había convertido en los reyes del inframundo. Pero el miedo y la lealtad de sus súbditos no bastaba para que su poder fuese inquebrantable. Solo unos pocos contaban con el valor suficiente para tratar de derrocarlos, y dentro de tan reducido grupo se encontraba el clan Markov.
Los Markov habían demostrado su gran rivalidad hacia los Petrov tendiéndoles alguna que otra emboscada con anterioridad, de las que habían salido airosos y victoriosos hasta el momento. Sin embargo, el poder no solo se medía en la cantidad de sangre derramada, o en el número de rivales caídos... Había un motivo oculto. Mientras tanto, las amenazas persistían y los rumores de un gran ataque cada vez cobraban más fuerza. Mas esa no era una excusa que sirviese para detener a la pareja Petrov, cuyos movimientos eran tan calculados que aún mantenían la certeza de que juntos serían invencibles. O eso querían hacer creer a los demás.
—Alekséi, ¿crees que deberíamos empezar a preocuparnos por los Markov? —le preguntó Anastásia a su marido, mientras continuaba con la mirada perdida a través del vidrio blindado del auto. Veía sus recuerdos pasar al mismo tiempo que los edificios se desdibujaban conforme aumentaba la velocidad del vehículo.
Ambos se dirigían a un viejo almacén ubicado en los suburbios de la ciudad. Aquel era el lugar acordado para cerrar el trato con los proveedores que les suministrarían armas ilegales. Ese encuentro podía significar un paso clave para consolidar su imperio criminal. No obstante, el continuo acecho entre las sombras de los Markov los había puesto sobre aviso. Aunque el hombre se negara a mostrarse vulnerable.
—¿Preocuparnos? ¿Cuántas veces han intentado sabotear nuestros negocios? —repuso Alekséi, sin obtener una respuesta por parte de su esposa—. Muchas, pero los Markov no han podido, ni podrán, contra nosotros —Anastásia se quedó pensativa, con un atisbo de duda en su mirada—. Cariño, recuerda que ahora eres una Petrov.
El apellido de Anastásia no siempre había sido ese. Antes de contraer matrimonio, la conocían como la señorita Ivanov. Dentro del círculo de la mafia rusa, el clan Ivanov, lejos de lo imaginado, era uno de los pocos que creía en las alianzas para afianzar su legado. De modo que desde tiempos inmemoriales, habían aunado sus fuerzas con los Petrov actuando como uno solo. Ambos contaban con un enemigo común, y su apellido no era otro que Markov.
Aquellos indeseables habían sido los encargados de acabar con la vida de sus padres y de su hermano. La escena aún seguía grabada en su memoria tan viva como el día que la contempló. Los cuerpos de sus progenitores, ensangrentados y perforados por las balas, yacían sobre el salón. Los gritos ahogados de una joven Anastásia resonaban entre el eco de las paredes. No hubo tiempo de lamentos ni lágrimas, sus pies le advertían que su hermano aún podía seguir escondido en alguna parte. A pesar de recorrer cada palmo de aquella mansión, no había ni rastro del pequeño...
Las autoridades llegaron unos minutos más tarde, alertados por otra casona vecina. Si bien, lo único que lograron, además de levantar el acta de fallecimiento de sus padres, fue abrir una investigación que años más tarde darían por cerrada. En un principio, la policía sospechó de un posible secuestro, pero la ropa ensangrentada de niño que encontraron arrojada entre la maleza, les llevó a concluir que su cadáver estaría en algún punto remoto del mar. A la deriva, así era como había terminado con tan solo cinco años el pequeño de los Ivanov.
—Siento haber traído malos recuerdos a tu memoria —mencionó Alekséi que, más allá del semblante frío y calculador, demostraba ser afectuoso con quienes quería—. Si aquella tragedia no hubiese sucedido, tal vez tú y yo no estaríamos aquí —se acercó y con delicadeza cogió su mano, a fin de reconfortarla.
Así era, si tal desenlace no se hubiese producido, probablemente Alekséi y Anastásia no se habrían enamorado. Y ese era el verdadero motivo de su poder, el amor que sentían el uno por el otro. Tras la muerte de su familia, la pequeña de diez años se crió bajo la tutela de la familia Petrov. Aunque al principio Alekséi vio la llegada de la nueva “intrusa” como una posible amenaza que intentaría arrebatarle lo que por ley era suyo, pronto la irrefrenable atracción que sintió por ella deshizo ese pensamiento. Aunque su padre pasó a ser el tutor legal de la chica, Anastásia nunca fue adoptada como una hija. Aquello favoreció los planes de Alekséi, que acabó jurándole amor eterno con una alianza de compromiso de por medio. La relación entre ambos no siempre fue vista con buenos ojos por la familia. La ambición desmedida por el afán de poder y el deseo de agrandar su imperio con otra alianza, llevó a su padre a romper el pacto que había firmado con los Markov. El enlace entre Alekséi y la mayor de las hijas de Markov ya no se produciría, rompiendo así la paz que se habían declarado.
—Y tal vez el clan Markov no tendría a sus sicarios detrás de nosotros, o al menos detrás de su yerno —comentó ella algo risueña. Esa sonrisa era lo que acabó cautivándolo, aquel era más que un simple gesto... Esa sonrisa le devolvía la vida.
—Jamás me arrepentiría de haberme casado contigo —masculló robándole un beso a su amada.
El Alekséi y la Anastásia que se habían estado dedicando miradas anhelantes y palabras dulces desaparecieron al bajarse del vehículo. Habían llegado a su destino. Aunque generalmente enviaban a sus subordinados para cerrar sus tratos, esta ocasión era diferente. El control fronterizo cada vez era más limitado y eso dificultaba la importación de armas ilegales. De forma que esta podía ser la única oportunidad de llegar a un acuerdo con el único proveedor que podía suministrarle la mercancía necesaria en menos de veinticuatro horas.
Editado: 20.09.2026