Eidric apoyaba su espalda contra una pared húmeda. Había caído inconsciente en medio del bosque y debió haber despertado hace poco. Lo vieron huyendo desesperado de la fortaleza de Valtoria, cercada por una gran muralla; poco después de su captura.
—Siempre sobrepasas los límites.
Él miraba como embobado el tumbado de aquel cuartucho caliginoso. Estaba sumido en un trance profundo que le impedía sentir el fluido de la realidad. De seguro sentía un pesar, tal vez para él ya inexistente. Su rostro contraído y pálido mostraba las extremas condiciones en las que vivía.
Me senté a su lado. Simulaba no molestarme la pestilente atmósfera que ahí circulaba.
—Tengo miedo...
Por primera vez, escuchaba esa palabra que parecía tan lejana en él. Su mirada fija se posaba en algún rincón sin luz.
—Debí entender que todo el tiempo pensabas como ellos... Amira...
Contuve la respiración. Su frente sangraba levemente. Con mi pañuelo limpié un poco la sangre.
—No tiene sentido seguir con esto. Mi padre está cansado y los exterminará. El pueblo... el pueblo tampoco está con ustedes. No hay salida.
—Ellos ignoran la sombra de tu padre, tú en cambio la conoces.
—Él nunca cambiará de parecer...
—Cuando algo es nocivo tiene que ser eliminado.
Sostuve una mirada incrédula ante sus palabras.
—Tengo que volver… al palacio —dije vacilante.
Oscurecía en aquel cuartucho de la prisión, cerca de la cantera. Tras el umbral escuché:
—Has escogido morir en ellos.
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Editado: 20.01.2026