No fue un día especial.
El cielo estaba gris, el aire olía a tierra mojada y mis zapatos estaban llenos de barro porque el bus había pasado demasiado rápido por un charco.
Así empezó todo. Así de simple. Así de inútilmente cotidiano.
Yo tenía diecisiete años y la absurda costumbre de observar el mundo como si fuera un espejo roto. Veía todo en pedazos: la gente, las voces, los gestos, los silencios. Pero ese día, cuando Damien cruzó la puerta del aula por primera vez, algo dentro de mí se acomodó… o se rompió. No lo supe entonces.
Llevaba una chaqueta oscura y una mirada que no encajaba en ese lugar. No miraba a nadie, no sonreía. Caminó despacio, con esa calma que tienen los que no necesitan llamar la atención para que todos los vean. Y sin querer, lo vi.
Y desde entonces, no supe mirar otra cosa.
Amelia levantó la mano para saludarlo, y él, sin decir palabra, se sentó a su lado. Fue en ese gesto donde empezó mi historia.
Yo estaba tres filas detrás, fingiendo que leía. Pero no leía. Lo observaba. Y mientras todos hablaban del examen, de la lluvia o de cualquier tontería, yo solo escuchaba su voz. Grave. Suave. Innecesariamente hermosa.
Desde ese instante supe que mi vida se iba a dividir en dos: antes de verlo, y después de verlo.
Esa tarde, al llegar a casa, escribí en mi cuaderno azul:
> “Lo miro y no me ve.
Pero si un día me mira, temo no saber qué hacer con los ojos.
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amor nocorrespodido, no digas promesas que no podras cumplir, un hombre enamorado
Editado: 08.01.2026