A la mañana siguiente, revisé el cuaderno de nuevo. La frase seguía ahí. No era un sueño.
Traté de no pensar, de ignorar la sensación de que alguien había tocado algo que solo me pertenecía.
Pero a veces, cuando Damien pasaba cerca de mi pupitre, juraría que su sombra se detenía un segundo más de lo normal.
Y entonces empecé a pensar:
¿Y si lo escribió él?
¿Y si sabe que lo miro?.
Durante las siguientes semanas intenté convencerme de que aquella frase escrita en mi cuaderno era solo una broma.
Pero cada vez que lo abría, las letras parecían más oscuras, como si se hundieran en el papel.
“Él no te ve porque no debe verte.”
No podía olvidarlo.
Damien, mientras tanto, seguía siendo ese misterio silencioso. En clase, respondía solo lo necesario. Tenía una forma peculiar de mover las manos cuando explicaba algo, como si escribiera en el aire palabras invisibles.
Y Amelia… Amelia era todo lo que yo no era. Radiante, libre, dueña de una risa que llenaba los pasillos. Ella era su sol, y yo apenas un reflejo de la sombra.
Una tarde, salimos todos a una práctica de campo. Llovía, como casi siempre. Yo llevaba mi cuaderno azul bajo la chaqueta. Me senté sola, al borde del lago donde el
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amor nocorrespodido, no digas promesas que no podras cumplir, un hombre enamorado
Editado: 08.01.2026