El día transcurrió lento, denso. Cada palabra que oía parecía venir de lejos.
Cuando el timbre sonó, salí sin hablar con nadie. Caminé bajo la lluvia hasta mi casa, con el cuaderno azul apretado contra el pecho.
Esa noche, en medio del silencio, escribí:
> “Siento que alguien escribe dentro de mí.”
Después de esa frase, apagué la luz. Pero a la mañana siguiente, cuando volví a abrir el cuaderno, debajo de mis palabras había otra línea, escrita con tinta más oscura:
> “No eres tú quien escribe. Yo solo uso tu mano.”
El corazón me dio un salto. Tiré el cuaderno al suelo.
Por un momento pensé que estaba perdiendo la cabeza. Pero cuando lo recogí, las palabras seguían ahí, reales, hundidas en la página como si siempre hubieran estado.
Durante los días siguientes, todo se volvió una confusión entre sueño y realidad. En clase, cada vez que Damien pasaba cerca, sentía el impulso de preguntarle, de gritarle que dejara de jugar conmigo, si es que era él. Pero su mirada era tan limpia, tan ajena, que me desarmaba.
Y sin embargo, cada noche aparecía algo nuevo escrito: fragmentos de frases, dibujos de sombras, un pétalo seco entre las páginas.
Amelia comenzó a notar mi nerviosismo.
—¿Te pasa algo? —preguntó un día, mientras guardábamos los libros.
—Nada.
—Pareces asustada todo el tiempo. Damien lo notó también.
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amor nocorrespodido, no digas promesas que no podras cumplir, un hombre enamorado
Editado: 17.01.2026