#amoraltacón

Capitulo 5: Dios???

...

Respiré hondo.
Conté hasta tres…
y comencé a rezar.

No un rezo elegante, no.
Uno desesperado.
Nivel “Dios, te prometo portarme bien si me salvas de esta”.

Señor, pensé, haz uno de tus milagros.
Mándame un rayo.
Ábreme la tierra.
Haz que aparezca un mariachi y me secuestren la escena.
Lo que sea, con tal de omitir mi humillación pública.

Nada.

Ni un trueno.
Ni una paloma divina.
Ni siquiera un apagón dramático como en telenovela.

Solo silencio.
Y dos hombres acercandose a mi .

Dios me había abandonado…
o peor…
quería ver cómo terminaba esto.

Escuchaba sus pasos cada vez más cerca, como si me estuvieran cazando.
Ya me sentía como Scooby y Shaggy, escondiéndome de los monstruos detrás de una pared que claramente no engañaba a nadie.

Solo fue un zapatazo, me repetía.
Ya váyanse, por favor.
No me vean.
Pasen de largo.

Pero mis súplicas mentales no activaron ningún poder sobrenatural.
No hubo música de persecución.
No hubo puerta conveniente para huir.

Solo pasos.
Cada vez más cerca.

Y yo, con un tacón en la mano, un pie desnudo y la dignidad oficialmente en fuga, hice un inventario mental, porque cuando la vida te acorrala, una se organiza:

Uno: el uniforme de la prisión probablemente me quedaría perfecto.
Dos: por lo menos no estaría sola en mi celda y seguramente sea la mas bonita por lo menos ahi.
Tres… tengo hambre.

Porque claro, podía estar enfrentando cargos por homicidio culposo con arma de tacón,
pero mi prioridad seguía siendo fisiológica.

Eso me tranquilizó un poco.
Si aún tenía hambre, significaba que no estaba muriendo.
Solo estaba… viviendo mi peor anécdota hasta ahora.

Y entonces…
como si el algoritmo del universo hubiera decidido intervenir por engagement…

Unos perros callejeros salieron disparados de mi callejón, persiguiendo a un gato que claramente tomó decisiones estilo protagonista de Rápidos y Furiosos 12: Michis sin frenos.

El gato corría como si hubiera escuchado:
“¡Corre, Forest, corre!”.
pero versión felina y con trauma.
Siendo influencer huyendo de la cancelación

Los perros venían detrás con energía de villanos secundarios en película de Marvel, tipo:
“no sabemos bien qué está pasando, pero vamos a correr dramáticamente”.
Ademas de ir ladrando con intensidad de señora defendiendo ofertas en el Buen Fin.

Fue tan caótico que por un segundo sentí que estábamos en:

—Un episodio perdido de Caso Cerrado.
—Un live de algún influencer gritando “¡GENTE, ESTO NO ESTABA PLANEADO!”.
—O el intro de La Rosa de Guadalupe, esperando que el viento me despeinara con mensaje moral incluido.

El gato pasó como si estuviera grabando POV para TikTok:
“POV: tomaste una mala decisión y ahora el universo te persigue”.

Y los perros detrás, con vibra de fandom intenso:
“¡Hermano, nadie escapa del desarrollo de personaje!”

Botes de basura temblaron.
Una bolsa voló en cámara lenta como si Michael Bay estuviera dirigiendo la escena.
Un envase rodó dramáticamente.

Y yo, en medio de todo, pensando:
Gracias, universo. Este sí es mi milagro. Nivel Moisés abriendo el tráfico

Fue un caos sincronizado.

Y, por supuesto, la estampida iba directo hacia los buenorros.

—¡¿Qué demonios?! —gritó el amigo, dando un salto que jamás repetirá sin testigos.
—¡Cuidado! —dijo el otro, esquivando a un perro que pasó entre sus piernas como atleta olímpico patrocinado por croquetas.

Uno de los perros, en pleno frenesí espiritual, agarró el tacón del suelo.

MI TACÓN.

Lo levantó como si fuera la Copa del Mundo.

En mi cabeza sonó:
“Y en el minuto 90, el perro se lleva el campeonato.”

—No… no… no… —susurré, viendo cómo mi zapato se convertía oficialmente en juguete canino edición limitada.

El gato sobrevivió.
Los perros desaparecieron calle abajo.
Mi tacón fue secuestrado por la fauna local.

Y por un segundo, hubo silencio.

Ese silencio incómodo después del caos, cuando todos se miran tipo meme de Spider-Man señalándose.

Y entonces, traicionera como siempre, mi boca habló:

—Eso… técnicamente no cuenta como intento de homicidio.

Ambos voltearon hacia el callejón.

Directo hacia mí.
Sin obstáculos.
Sin distracciones divinas.

El buenorro parpadeó.

—¿Ese era tuyo? —preguntó, señalando el tacón que todavía sostenía en mi mano.

El milagro duró exactamente lo que dura una historia de Instagram.

Y yo entendí algo devastador:

Dios sí me escuchó.
Pero tiene sentido del humor.

Con la bendición celestial recién desperdiciada, solo pude decir:

—Técnicamente… ya no.

El bajó la mirada al tacón que todavía sostenía en mi mano.
Luego miró mi pie descalzo.
Luego mi cara.

Hizo el recorrido completo.
Como scanner del SAT, pero emocional.

Y sonrió.

No fue sonrisa burlona.
Fue peor.

Fue esa sonrisa tipo protagonista de comedia romántica cuando ya entendió el plot antes que tú.
Nivel: Pedro Pascal riéndose incómodo.
Nivel: Ryan Gosling en Crazy, Stupid, Love cuando sabe que ya ganó la escena.
Nivel influencer diciendo: “Amigos… se puso raro esto”.

Yo ahí, en 4K, sin filtro Valencia.

Su mirada básicamente hizo:

Tacón en mano
Pie descalzo
Cara de “esto no es lo que parece (sí es)”

Y su sonrisa decía:

“Señores, tenemos contenido.”

No era burla.
Era interés.
Era esa sonrisa de “esto es el inicio de algo o mínimo un reel con 2 millones de vistas”.



#4643 en Otros
#918 en Humor
#9824 en Novela romántica

En el texto hay: comedia romantica, drama amor, romcom

Editado: 18.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.