Aún recuerdo las palabras de mi madre:
—Los planes de Dios son difíciles, pero siempre serás recompensada.
En su momento pensé que hablaba de madurez emocional.
Tal vez éxito profesional.
Quizá encontrar paz interior.
No de terminar viral en internet después de atacar accidentalmente a un hombre guapo con un tacón salido directamente del infierno fashion.
Porque seamos honestos:
si esto es una recompensa divina,
Dios claramente escribe romance como guionista de telenovela turca después de tres cafés y un maratón de Bridgerton.
Y yo, sinceramente, pensaba que la recompensa sería estabilidad emocional.
Tal vez un ascenso.
Quizás piel bonita sin esfuerzo.
No…
Era esto.
Estar a punto de besar el pavimento como si fuera mi amante secreto tóxico,
y que en el último segundo apareciera un bombón humano en modo héroe desbloqueado.
Mateo reaccionó.
Firme.
Reflejos activados.
Protagonista energy al 100%.
Como si hubiera entrenado para esto en un simulador de desastres emocionales.
Me sostuvo.
Así.
En esa posición incómodamente romántica que, en cualquier universo paralelo, tendría música de Ed Sheeran de fondo y viento perfectamente coreografiado.
Pero aquí no.
Aquí había:
un celular aún grabando,
un amigo murmurando “esto es cine”,
y probablemente alguien comentando “bésense” en tiempo real.
Yo, colgando en sus brazos como si la dignidad fuera opcional.
Él, mirándome con esa mezcla peligrosa de risa contenida y algo más.
Como si yo fuera un experimento social financiado por Netflix.
—Te tengo —dijo.
Dos palabras.
Cortas.
Sencillas.
Pero mi cerebro, dramático certificado, ya estaba escribiendo tráiler:
“Ella… nunca supo que caer sería la única forma de ser sostenida.”
Señor.
No sé qué tipo de comedia romántica estás dirigiendo,
pero el guion está extraño.
Aun así…
si esta es la recompensa por sobrevivir a casi besar el concreto…
no me quejo.
Porque tal vez a Dios le divierte mi vida amorosa.
Tal vez disfruta el plot twist.
Tal vez dijo:
“Que tropiece… pero que la atrape alguien que valga la pena.”
Y en esa fracción de segundo,
con el mundo en pausa,
mi corazón haciendo buffering,
y el pavimento oficialmente rechazado como pareja formal…
entendí algo peligrosísimo.
Quizás no estaba a punto de besar el suelo.
Sin embargo asi como dios da... tambien quita.
Suspiró.
Largo.
Cansado.
Nivel profesor universitario que ya explicó esto tres veces.
—Increíble —murmuró—. Salgo por un café y termino en una versión low budget de Destino Final: Edición Tacón. Aunque también… si pesas más de lo que aparentas.
Parpadeé.
Ofendida.
Impactada.
Con ganas de demandarlo emocionalmente.
Ni tiempo me dio de disfrutar la tensión romántica.
—¡¿Qué?!
—Que no le metas tanto a las golosinas.
—¡Disculpa! Dos cosas. Primera: yo NO me estaba cayendo. Segunda: NO peso tanto.
Mateo me sostuvo un segundo más, evaluándome como si estuviera revisando una compra online con tres estrellas y comentarios preocupantes.
—Claro que sí. Eso fue caída en cámara lenta con música de circo. Solo faltó el “boing” de caricatura y un señor narrando: “Aquí observamos a la hembra urbana perdiendo el equilibrio”.
—No fue para tanto.
—Te caíste con desarrollo de personaje.
El NPC, detrás de nosotros, grabando con felicidad enfermiza:
—Hermano, esto está mejor que un live de ruptura pública con screenshots incluidos.
Mateo rodó los ojos.
—Diego, baja el celular. No todo es contenido. Algunos estamos intentando no demandar por daños craneales con estética.
El perro reapareció.
Con mi tacón en el hocico.
Corriendo orgulloso.
Como Simba levantado en la roca del reino, pero versión callejón y con olor a croqueta premium.
Mateo lo miró.
Luego me miró a mí.
—Dime que no entrenaste al perro para recuperar evidencia.
—¡NO LO ENTRENÉ!
—Qué alivio. Pensé que estaba en Misión Imposible: Protocolo Despecho.
Diego soltó una carcajada.
—Bro, eso fue cine.
Mateo ignorándolo completamente.
Me señaló como abogado cerrando un caso mediático.
—Repasemos. Te dejan plantada. Lanzas un tacón con precisión emocional cuestionable. Un perro roba el arma del crimen. Intentas recuperarla y decides recrear Titanic sin presupuesto.
—No fue tan dramático.
—Te caíste en cámara lenta. Si alguien hubiera puesto My Heart Will Go On de fondo, esto ya tendría edits en TikTok con subtítulos tipo:
“POV: conoces al amor de tu vida después de intentar cometer homicidio involuntario”.
Me ardieron las orejas.
—Solo fue un mal paso.
—No. Un mal paso es tropezar. Lo tuyo fue coreografía de caos. Esto parece episodio piloto patrocinado por el algoritmo y emocionalmente aprobado por Netflix.
Diego intervino levantando el celular.
—Chat pregunta si esto es enemies to lovers o trauma bonding.
—Chat necesita terapia —respondió Mateo automáticamente.
Yo intenté recuperar algo de dignidad.
Spoiler:
No había.
Mateo me observó lentamente.
Tacón babeado.
Un pie descalzo.
Yo despeinada.
El perro regresando como NPC con misión secundaria.
Volvió a mirarme.
—Eres literalmente el tráiler de “No era mi día” versión extendida.
Silencio.
Silencio tipo final de temporada cuando sabes que alguien va a besar a alguien… o explotar emocionalmente.
—Y lo peor —añadió masajeándose la sien— es que ni siquiera puedo estar completamente molesto.
—¿Por qué?
—Porque claramente el universo ya te está humillando suficiente. Sería redundante.
Diego hizo una pausa dramática.