_"El amargo sabor de la nostalgia".
STELLA SPENCER:
8 de noviembre.
La vida sin ningún hombre era relajante, sin ningún tipo de perturbación. Tal cual como el primer día de la primavera después del intenso invierno, donde el sol parece más cálido y el pasto de un verde más vivo.
Sin embargo, en medio de toda aquella paz sentía como si le faltara sentido a mi razón de ser; como si necesitaba el caos y el desorden a mis pensamientos, los cuales eran producidos por el único hombre en mi vida capaz de hacerlo.
El sentimiento resultaba indescriptible, puesto que en mi pecho había quedado un vacío que intentaba llenar con distracciones y una falsa felicidad que se derrumbaba cada vez que él estaba cerca.
Debía admitir que extrañaba que tocara mi piel con su tacto frío, necesitaba que sus besos me dejaran sin aliento y quería volver a verme reflejada en su mirada vacía. Le ansiaba tanto que me resultaba una tortura, era ese tipo de dolor que quemaba tu alma hasta reducirla en cenizas.
No me arrepentía de haberle confesado mis sentimientos, porque de ser necesario se lo hubiera dicho una y mil veces más.
El orgullo y la incertidumbre de que pasaría entre nosotros me mataba lentamente. Necesitaba verlo, a pesar de que últimamente se estaba comportando como un verdadero idiota.
Removí lentamente la azúcar en el
café mientras mis ojos se perdían en las pequeñas burbujas que se iban formando. Encima de la mesa también estaba el libro que recientemente había comenzado a leer: Mujercitas.
Actualmente me encontraba en una cafetería donde también daban refugio y cuidaban a felinos sin hogar, estaba permitido darles cariño o jugar con ellos mientras se hacía estancia en el local.
De momento, un gato tan blanco como la nieve saltó a mi regazo. Comenzó a maullar provocando que viniera hacia a mí una pequeña manada de patitas peludas.
_Es raro que una persona le agrade a tantos gatos, pero conociéndote no me sorprende mucho.
Expresó una voz conocida, sentándose al frente de mí.
_No exageres, solo están adaptados a que les den cariño-reí levemente, levantando mi vista hacia Arthur-
_De igual modo pienso que ellos escogen a quien acercarse-encogió sus hombros mientras un gato blanco y negro subía a sus piernas-
_¿Qué te trae por aquí?¿No vienes con Violeta?
Le pregunté dándole un sorbo al café. El sabor dulce era sumamente exquisto.
_Suelo frecuentar bastante este lugar ya que era el favorito de mi hermana y sobre Violeta, ella se adelantó con. Espera, ¿Cómo sabes de..?-me respondió amablemente y lo interrumpí antes de que siguiera-
_¿Cómo sé de ustedes? Pues los vi besándose en la biblioteca mucho antes de que ella pudiera decirme algo-le sonreí y él se avergonzó un poco-
_Lo siento mucho por ocultarlo, no sabíamos como lo iban a tomar.
_Pues con naturalidad, están en su derecho-golpeé levemente su hombro- además, sus miradas son muy obvias.
_La conoces a la perfección, ¿no?- expresó sonriendo levemente-
_¿Qué cosa?-pregunté un poco confundida-
_Esa mirada. Es la misma que le dedicas a Erick.
Sus ojos brillaron de una manera extraña. O tal vez, fue idea mía.
_Te equivocas, ustedes no se miran con odio-mordí el interior de mi mejilla para no suspirar con melancolía-
_He visto como lo miras y te puedo asegurar que los ojos nunca van a brillar cuando mires a alguien que odies.
Aquellas palabras derribaron todas las murallas que mi corazón tenía a modo de defensa en estos días. Me quedé mirándolo en silencio, por lo que Arthur volvió a hablar.
_Honestamente te he notado muy desanimada como para ser alguien que tiene su cumpleaños cerca-tomó mi mano, acariciándola a modo de consuelo-
Finalmente pude suspirar con toda aquella melancolía que tenía atascada en el pecho. Tal vez desahogarme con Arthur haría que viese la situación desde su perspectiva, tanto como hombre; como amigo.
ERICK JONES:
8 de noviembre.
La tarde del domingo transcurrió en la cocina, tratando de llenar mis sentidos con el aroma del sazón de la carne asada y el fuerte sabor del whisky. Al fondo, sonaba un suave vinilo con baladas de los 80's.
Julián bailaba a mi lado, de nuevo con el delantal rosa con fresas y un sartén en la mano. Yo solo me dedicaba a ver la alegría que poseía cuando hacía cosas tan simples.
El sentimiento de la nostalgia me invadió sin aviso, sin preguntarme si quiero que traiga recuerdos que no están: una sonrisa, una mirada o aquella fragancia de jazmín. Y es que no necesitaba pensarla o ver algo que me recordase a Stella. Mi propia mente la revocaba una y mil veces; haciéndome saber que no sería tan fácil olvidar.
En mi pecho se acentuó una extraña sensación que ya conocía y ahora estaba más presente que nunca, amenazando con dejarme de rodillas. Se sentía como un enorme vacío insaciable, una enorme herida lacerante de bala hecha con un arma que yo mismo había disparado.
Deseaba sentir su calidez una vez más, quería el brillo de su mirada solo para mí y estrecharla en mis brazos para protegerla del mundo. Quería embriagar todo mi ser con su dulzura hasta olvidar el amargo sabor de la nostalgia. Aún a sabiendas de que yo era demasiado cruel como para merecer la calidez de su amor.
Sin Stella, la vida estaba volviendo a ser monótona; a tener solamente colores oscuros. Todo estaba comenzando a sentirse vacío, mi vida sin ella era un exilio. Pero con ella, incluso la monotonía adquiría tonalidades coloridas, incluso mi frialdad encontraba una forma de belleza o incluso el vacío de mis ojos expresaba sentimientos que solo ella entendía. Stella era quien le había dado color a mi vida y ahora yo era quien se lo estaba quitando a la suya.
_Debes enseñarme a cocinar un día de estos-le hablé a Julián, para tratar de salir de aquel abismo en el que me había metido-