Amores de hoy en día.

Amor de película y la hostia del día a día.

Desde pequeños nos enseñaron a desear con guion. Crecimos convencidas de que el amor era una epopeya inevitable, un choque de dos mundos que, tarde o temprano, colisionarían para darnos sentido.

Las películas nos prometieron que la vulnerabilidad era recompensada, que el clímax de la vida era encontrar a alguien dispuesto a sostenerte la mirada frente a todo. Pero la realidad es un escenario mucho más frío. Nos enfrentamos a una generación que ha sustituido la entrega por la coraza, donde mostrar interés es sinónimo de debilidad. El amor de película nos preparó para un campo de batalla que ya no existe; nos dio armas para luchar por la conexión profunda en un mundo que ahora prefiere la distancia aséptica, el control absoluto y el terror a sentir.

Solemos refugiarnos en la fantasía cuando nos rompen el corazón, pero sobre todo, cuando nos morimos de ganas de que alguien por fin nos lo toque. Consumimos historias ajenas con la esperanza desesperada de vernos reflejadas; porque si la realidad nos niega la oportunidad de vivirlo, nos conformamos con tomarlo prestado a través de una pantalla para, al menos, intentar sentirlo.

Ese vacío que se te instala en el pecho cuando empiezan a rodar los créditos... es un abismo que solo entienden aquellos cuyos sentimientos nunca han sido correspondidos. Los que nos hemos acostumbrado a conjugar el amor siempre en tercera persona, para quienes amar es una teoría lejana, nunca una práctica. ¿A quién no se le ha caído una lágrima al final de una historia donde todo encaja? No lloras por los personajes. Lloras por la punzada de impotencia, por el doloroso "¿y yo por qué no?". Lloras porque, aunque sabes que es ficción, te asfixia la necesidad de sentirte, aunque sea una sola vez, verdaderamente elegida y querida por alguien.

Pero el golpe de gracia no te lo da el cine, te lo da tu propio entorno. Cuántas veces alguien de tu círculo más cercano te habrá anunciado que se ha puesto en pareja y, en lugar de la alegría pura que se supone que debes sentir, una ola de frustración amarga te inunda por dentro. Sonríes, felicitas y finges, pero en el fondo te estás agrietando. Y entonces llega lo peor de todo: la culpa. Eres dolorosamente consciente de que eres incapaz de alegrarte por la felicidad de alguien a quien quieres, simplemente porque te están poniendo frente a los ojos eso que tú nunca has tenido. Y esa culpa, ese veneno silencioso de envidiar lo ajeno... eso es lo que de verdad te destroza.

Y es que esa culpa y esa frustración no nacen de la nada. Nacen de un guion que nos tatuaron en el cerebro desde que éramos pequeñas. El verdadero peligro de refugiarnos en el amor de película no es solo el vacío que sientes cuando aparecen los créditos, sino las expectativas silenciosas que se quedan a vivir en tu cabeza.

Nos educaron para esperar el "gran gesto". Crecimos creyendo que el amor de verdad implica a alguien corriendo por la terminal de un aeropuerto a punto de perder un vuelo solo para decirte que eres tú. Nos vendieron que el romance es besarse bajo una tormenta, o que la persona más fría e inaccesible del mundo de repente se desarmará y se volverá vulnerable simplemente porque tú tienes algo "especial" que lo cambia por completo.

Inconscientemente, convertimos nuestras vidas en una sala de casting. Te sientas a esperar que alguien cruce la puerta dispuesto a decirte esa frase perfecta que lo cambie todo. Pero pasan los años, cumples dieciocho, miras a tu alrededor y te das cuenta de la estafa: nadie corre por los aeropuertos. Nadie se queda bajo la lluvia. Y, sobre todo, nadie viene a salvarte de tu propia soledad con una declaración espectacular.

Y a partir de ahí empiezas a romantizar todo, que si esa mirada casual que cruzasteis durante tres segundos en el pasillo significa que hay una tensión no resuelta. Que si tarda cinco horas en responder a un mensaje es porque está luchando contra sus propios sentimientos, haciéndose el misterioso como el protagonista atormentado de tu libro favorito, y no porque, simple y llanamente, le das igual. Que si te lanza un comentario borde o te trata con indiferencia es porque tiene el 'alma rota' y necesita que tú, con tu paciencia infinita, le enseñes a amar y derribes sus muros.

Convertimos a personas mediocres y situaciones banales en tramas complejas solo para no aburrirnos, para no asumir que la realidad es mucho más simple y mucho más fría. Hacemos unos malabares mentales agotadores para encajar la más mínima migaja de atención dentro del guion épico que llevamos años esperando.

De repente, eres la directora, la guionista y la actriz principal de una superproducción que solo se está proyectando en tu cabeza. Y lo hacemos por puro instinto de supervivencia emocional. Porque cuando llevas toda la vida esperando que empiece tu película, te aferras a cualquier cosa para gritar 'acción'. Aceptar que una mirada es solo una puta mirada, o que alguien que no te busca simplemente no te quiere encontrar, significa asumir que no hay ninguna banda sonora sonando de fondo. Significa aceptar que nadie va a venir a rescatarte de tu rutina, y que la magia no es algo que te pasa, sino algo que te inventas para que la soledad no te aplaste.

Siempre has deseado que existiera una simple y mera película que mostrara esta otra cara de la moneda: la de alguien que no ha vivido el amor adolescente. Recuerdas ver A él no le gustas tanto y pensar que, por fin alguien iba a retratar tu realidad. Te estabas viendo reflejada por una puta vez en tu vida, y deciden arruinarlo. Acaban dándote el mismo maldito y decepcionante final feliz de siempre.




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