Amores, Guerras y Traiciones. Serie Pasionales #1

Capítulo 2:

         El tiempo pasaba y el baile continuaba su curso. Mariana y sus hermanas ya habían bailado con todos los acompañantes de su hermano.

 Mientras sus hermanas no dejaban de bailar y sonreír con todo el mundo, Mariana solo quería huir de allí.

 Guillermo la contemplaba desde las sombras y cada momento se impresionaba más con la belleza de la dama.

 Aunque, para serse sincero, no comprendía del todo como una muchacha que desdeñaba la educación que había recibido podía cautivarlo de esa manera.

 Ella nunca sería una buena reina para él, porque la esposa del futuro rey debía demostrar lo apto que podría ser él para gobernar, por lo que debía tener una esposa que fuera fácil de manejar.

 Mientras pensaba eso, una idea pasó por su mente: si podría corregir a una mujer como Mariana, la gente de su pueblo y, sobre todo, su padre y consejeros, lo verían apto como futuro rey.

 Pero, para eso, debía idear un plan.

 

– ¿crees que una vez que los reyes sepan que su hijo regresó de la guerra lo insten a buscar esposa? –Preguntó Eliza a Macarena cuando se fueron a asear luego de la quinta pieza danzada.

–eso es de esperarse–. Contestó ésta–. El tiempo corre.

– ¿Quién será la afortunada? –Suspiró Eliza. Macarena se la quedó mirando–Curiosidad

–lo mismo dijiste cuando vimos a Mariana con ese vestido que lleva.

– ¿Qué insinúas?

–yo no insinúo nada. Solo digo que te repites.

– ¿crees que consiga marido?

– ¿tú? ¡Por supuesto!

– ¡no, yo no! Mariana.

–eso o la hacen monja. Eso sí, espero que sea uno con buena posición, así nosotras tenemos posibilidades de conseguir un buen partido y un importante título y tierras.

–a veces creo que nuestro padre, en un intento de satisfacer a nuestra madre, las adoptó a ambas. Digo, porque mi gemelo y yo no somos tan distintos a padre, pero ustedes no son nada románticas, y sin romance la vida es aburrida–. Escucharon que decía Mariana, quien las seguía en el pasillo de los lavabos, luego de que ambas salieran aun metidas en su conversación.

–solo somos prácticas. Tampoco es divertido estar escondida detrás de los números de los negocios. Allí no hay nada romántico–. Dijo Eliza, en defensa de su hermana mayor.

–no. Desde el punto de vista “práctico” de ustedes–. Marcó ella las comillas con sus delicados dedos–. Pero si desde mi punto de vista. El hombre que quiera casarse conmigo, debe quererme tal y como soy. Solo así aprenderé a quererlo. Yo no quiero un hombre que me tenga como esposa trofeo.

–y es por eso que madre y padre te van a meter a monja si no encuentras marido pronto–. Dijo Macarena con mucha cizaña hacia la mayor de las mujeres.

 Mariana la miró fijamente y sonrió con malicia.

–eso será sobre mi frio cadáver. Antes soy capaz de dejar a la familia en la peor deshonra. Soy romántica, pero no me temblará el pulso a la hora de verlas hundidas y trabajando en el fango, hermanitas.

 Dicho esto, se fue, dejando a sus hermanas congeladas.

 Sabían que Mariana era capaz de hacer cualquier cosa con tal de dejarlas mal paradas, desde que tenían memoria, ella era así con sus hermanas, pero nunca había amenazado con tocar el buen nombre de su padre, a quien todos sus hijos adoraban y sus empleados idolatraban.

 Pero Mariana sabía que no iba a hacer falta llegar al punto tal, cosa que tampoco pensaba hacer, ya que nunca se lo perdonaría a sí misma.

 

 Mientras toda su familia seguía en el baile, Augusto salió a tomar aire y llenarse los ojos con las vistas de los campos familiares, otra de las cosas que había extrañado.

 En sus muchas noches en vela, cuidando el sueño de sus compañeros, Augusto había recordado la felicidad con la que había crecido, recorriendo los sembrados, ayudando a hacer nacer a los animales, charlando y compartiendo con los campesinos que trabajaban para su padre.

 En medio de su caminata y reconocimiento del lugar, el nombre de su melliza lo hizo frenar en seco.

 Si bien no era chismoso, había que reconocer que, si el nombre de una dama estaba en boca de un campesino, algo pasaba y no siempre era algo bueno.

–lady Mariana no es para ti ¡sácala de tu cabeza! –Decía una de las voces.

– ¿crees que no lo he intentado? –Respondía la otra. Parecía la voz de un joven, pensó Augusto y enseguida se le vino a la mente Gastón, el mozo de las cuadras.

–pero ahora, encima ¡la quieren casar! Se va a ir y tú tendrás que seguir adelante, muchacho.

–lo sé. Pero no puedo evitarlo. Mira que lo he intentado, tú eres testigo de la cantidad de mujeres que he cortejado.

–pero siempre eres tú quien termina los cortejos. Algo me dice que siempre que lady Mariana va a ser desterrada de tu corazón, terminas los cortejos, para poder seguir lamentándote–. Augusto escuchó un bufido, más la otra voz siguió hablando–. Puedes negarlo todo lo que quieras, pero como sigas así, tendré que hablar con el señor para que te elija una esposa.




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