Lucía es de esos amores que no sabes dónde empiezan ni cuándo terminan. La conocí en el barrio como a cualquier otra persona. Nos hicimos amigos y salíamos a bares o nos reuníamos para tomar. Así pasamos mucho tiempo, con la misma rutina y los mismos amigos; tanto tiempo pasó que ella ya tenía una hija.
Todo cambiaría el día en que la invité a la Ciudad de Hierro. Desde ese momento empezó nuestra historia.
Fui a su casa a recogerla y, la verdad, estaba muy hermosa. Llegamos en taxi, entramos y fuimos a comprar los boletos. Era la primera vez que salía con una amiga en plan de diversión; antes, siempre era para tomar.
Ese día nos montamos en varias atracciones y en una incluso repetimos. La miré tan llena de alegría que me imaginé un mundo a su lado. Debo confesar que ella me gustaba, pero en ese momento empezó a crecer un sentimiento de amor por ella.
Llegamos al barrio, la dejé en su casa y nos despedimos con un beso en la mejilla. Desde esa noche, Lucía invadiría mis pensamientos.
Pasé unos días con la duda de llamarla o no.
—¿Qué es lo que me pasa? —me preguntaba.
Un día la llamé y le dije lo que sentía. En un mensaje me respondió:
—No te creo.
Decidí conquistarla. Le mandaba mensajes, le dedicaba canciones y hablaba con ella. En ocasiones no me contestaba o dejaba mis mensajes en visto, pero yo seguía intentando, a pesar de mi gran defecto: no soy una persona constante. Cada vez que nos volvíamos a encontrar, retomaba todo—mensajes, canciones, llamadas—como si la esperanza volviera a retoñar.
Cada vez que salíamos, era con la condición de que solo fuéramos amigos, una promesa que siempre le cumplí.
En ocasiones hablábamos de su hija, Michelle: de cómo estaba, cómo iba en la escuela. Siempre quise estar pendiente de ella.
Quizás mi error fue nunca decirle claramente que quería algo serio. Y como mis mensajes no eran constantes, tal vez pensó que solo era una opción.
Esta historia empezó a desmoronarse el día en que me dijo que tenía novio. Aunque me dolió, también me alegré por ella. Le escribí una carta deseándole lo mejor en su vida y confesándole que me hubiera gustado ser yo quien estuviera a su lado.
Me hice a un lado y me alegraba que Lucía hubiera encontrado a alguien que la amara, porque yo me conocía y sabía que había estado ilusionado muchas veces con personas que luego se convertían en recuerdos.
Pasó el tiempo, tal vez dos meses, y decidí escribirle para invitarla a salir. Me timbró y la llamé. La verdad, me sorprendió lo contenta que se puso. Me dijo que sí, y salimos con su hija a dar un paseo. Al final del día las dejé en su casa, hablamos un rato y nos despedimos con un beso en la mejilla.
Uno, como hombre, a veces no entiende a las mujeres…
Dos días después le mandé un mensaje con un escrito, y me respondió que no le escribiera más, que la había hecho pelear con su novio. Ja, ja, ja.
La verdad es que, después de que me dijo que tenía novio, empecé a hablar con otra persona. No sé si alguien le contó eso.
Esta historia se fue diluyendo poco a poco. Solo le enviaba mensajes esporádicos: el Día de la Madre, el Día de la Amistad, en su cumpleaños o el de Michelle… hasta que, en 2018, decidí darle fin a esa historia.
Siempre voy a desear que Lucía y Michelle estén bien y que sean felices. Ojalá que Lucía nunca haya sentido nada por mí.