Amores Robados

Capitulo 16

El ambiente en la cafetería era inusualmente tranquilo. Sara y Leonardo compartían una mesa, rodeados por el murmullo de otros estudiantes que, como Andrea, sufrían por los resultados de los exámenes finales. Pero para ellos, la verdadera prueba no había sido académica, sino moral.

  • Pobre Andrea, debe estar desesperada —comentó Sara, tratando de desviar el tema de la tensión que vibraba entre ellos.
  • Fue un año difícil para todos, Sara. Yo no lo olvidaré... fue muy doloroso porque te perdí —soltó Leonardo, mirándola fijamente.

Sara intentó levantar un muro de frialdad, recordándole que él tuvo la culpa, pero Leonardo no retrocedió. Con una voz cargada de arrepentimiento, le pidió una oportunidad para intentar olvidar la traición. En un momento de vulnerabilidad compartida, las palabras sobraron y se besaron. Fue un beso que sabía a nostalgia y a una promesa frágil.

Tras el beso, Sara recuperó la compostura, temerosa de que Leonardo pensara que todo estaba olvidado.

  • Aún te quiero, Leo, pero no sé si pueda perdonarte.
  • Si me amas, lo lograrás. Esperaré lo que sea necesario, incluso si tu rencor parece ganarme —respondió él con una devoción que desarmó a Sara.

Ella sonrió con tristeza, confesando cuánto extrañaba sus lecturas compartidas y, sobre todo, comentar las locuras de Sofía. Sin embargo, el miedo al qué dirá su hermana la frenaba.

  • Sofía se sentirá traicionada. No aceptará que volvamos. — ¿Vas a sacrificar tu felicidad por ella? —cuestionó Leonardo—. Eres una persona diferente, Sara. Si ella no quiere perdonar a Alejandro, es su problema, no el tuyo.

Sara cerró los ojos, sintiendo el peso de ser el puente entre dos mundos que seguían en guerra.

Esa noche, la habitación de las hermanas se convirtió en un campo de batalla ideológico. Sofía, indignada, calificó a Sara de "traidora".

  • No es por orgullo, Sara, es por miedo —confesó Sofía, revelando por fin la grieta en su armadura de hierro—. Miedo a que me engañe nuevamente.

De pronto, el rasgueo de unas guitarras rompió el silencio de la noche. Al asomarse, vieron a Alejandro, bajo la luz de la luna, acompañado de un trío. El gemelo impulsivo estaba recurriendo a la "cursilería" más pura para pedir perdón.

Sofía, aunque por dentro saltaba de emoción y sus ojos brillaban como nunca, se apartó de la ventana con fingida indiferencia.

  • Dile que se vaya, que me estorba con su ruido —le ordenó a Sara.
  • Te vas a arrepentir, Sofía —advirtió su hermana antes de salir a la calle.

Fuera de la casa, Alejandro lucía derrotado. Al ver salir solo a Sara, su rostro se ensombreció.

  • Sofía no quiere verte —dijo Sara con lástima.
  • Nunca me va a perdonar... mira a las cursilerías que he llegado —suspiró Alejandro, pagándole a los músicos para que se retiraran.

Antes de irse, Alejandro detuvo a Sara con la mirada.

  • Sara... perdóname. Por todo lo que hicimos.
  • Ya estás perdonado, Alejandro —respondió ella con sinceridad.

Él miró hacia la ventana cerrada de Sofía, un cuadro de soledad absoluta, y arrancó su auto, dejando tras de sí el eco de las guitarras.

A la mañana siguiente, Sofía fingía arreglarse en la cama, esperando que Sara hablara.

  • ¿No me vas a preguntar qué dijo Alejandro? —provocó Sara.
  • No me interesa —mintió Sofía, aunque a los pocos segundos la curiosidad pudo más—. Bueno, sí... dime. ¿Qué dijo?

Sara, divertida por la contradicción de su hermana, le resumió que Alejandro seguiría insistiendo, aunque no lo veía muy convencido de que ella fuera a ceder.

  • ¿Por qué no lo perdonas y ya? Se veía muy simpático dando serenata.
  • Que se humille, que sufra un poco más —respondió Sofía con una sonrisa triunfal—. Lo que no puedes negarme es que se veía guapísimo.

Sara la miró con advertencia.

  • Ten cuidado, Sofía. El hilo de la paciencia también se rompe, y si se cansa de tus desplantes, podrías quedarte con tu orgullo, pero sin Alejandro.




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