Amores Verdaderos: Te Encontré

CAPÍTULO FINAL

AYSEL

─ ¡No lo puedo creer! ─ Lucero se cubrió los ojos para detener las lágrimas.

─ ¡Es perfecto! ─ Gritó Sandy.

─ ¡Te ves preciosa! ─ Dijo Lucero.

─ ¡Demasiado Aysel! ─ Convino Sandy.

Contuve mis gritos de emoción y giré suavemente para ver mi imagen reflejada en el espejo.

Definitivamente era todo y más de lo que buscaba.

─ Eres una princesa Aysel. ─ Susurró Lucero.

─ Gracias Lucero.

El vestido que llevaba era de corte princesa, en la parte final de la falda había pequeños bordados de flores, y en el corsé pedrería, especialmente en la cintura y en los hombros. Tenía una pequeña trenza adornada con diademas, de donde se sostenía el velo y el resto de cabello suelto con ligeras ondas.

El largo de la cola era poco más grande que el vestido, junto a los aretes y los tacones, parecía que todo estaba completamente listo.

─ Creo que ya podemos llamar a tu padre.

Asentí y poco después papá ingresó a la habitación. Todos se retiraron y nos dejaron solos. Ya antes habíamos tenido una larga charla, pero ver a papá conteniendo las lágrimas y verlo tan emocionado, también me provocaba ganas de llorar.

Ambos nos abrazamos y hablamos un poco más.

Después salimos de la habitación y bajamos hasta la primera planta donde Benjamín también nos esperaba sosteniendo mi ramo de rosas.

Los tres me acompañaron hasta afuera y antes de subir al auto, Sandy, Lucero, y todos los que trabajaban en casa me desearon la mayor felicidad. Papá me ayudó a subir al auto y después se subió a mi lado para ir juntos.

El recorrido no duró mucho, finalmente estábamos ingresando por un bonito campo con árboles a cada lado hasta que llegamos al estacionamiento, después de bajar subimos a una bonita carroza que nos llevaría hasta el salón donde se desarrollaría nuestra boda, y recorrimos un poco más, a los alrededores había bonitas enredaderas, además había tantas flores que el aroma era muy agradable y más aún el canto de algunas aves que revoloteaban alrededor de nosotros. Finalmente llegamos hasta el salón de recepción el cual tenía forma hexagonal y casi toda la estructura constaba de grandes ventanales que permitían admirar el exterior. Incluso algunas enredaderas caían en cada una de las esquinas del salón. Y alrededor había un canal de agua con vegetación y más flores. Ambos subimos unas cuantas escaleras hasta llegar a la puerta del salón donde todos los invitados nos esperaban.

Todas mis damas ya estaban preparadas para ingresar y mi abuelo también me esperaba para darme un largo abrazo. Me ubiqué junto a papá y mientras revisábamos que todo el vestido estuviera en su lugar al igual que el velo, el peinado y el maquillaje, empezó a sonar la marcha nupcial, primero ingresaron dos niños pequeños llevando los anillos de boda y mis damas caminaban delante de mí arrojando pétalos de rosas.

La marcha nupcial empezó a acelerar mi corazón, realmente antes no había estado tan nerviosa como ahora. Todo se veía tan bonito, tan perfecto que solo quería llorar de felicidad.

Con cada paso me acercaba aún más al hombre que amaba. Con cada paso mis nervios incrementaban. Mi corazón latía a gran velocidad, pero también la emoción que sentía era inmensa. De pronto ambos nos observamos mutuamente y no pude apartar mis ojos de él. Era como si ambos fuésemos imanes y necesitáramos unirnos. Y en algún punto solo pude verlo a él. No había nadie más a mi alrededor, solo mi querido Daniel. Mi futuro esposo que hoy desbordaba elegancia. De lejos le veía muy apuesto, de cerca aún más, aquel bonito traje parecía ser elaborado única y específicamente para él. Su cabello tan bien peinado y brillante, y especialmente aquella manera tan suya de mirarme me derretía, me trastocaba, me gustaba.

Cuanto amaba al hombre que me esperaba impaciente en el altar.

Sonreí cuando vi aquel gesto que hacía cada vez que se encontraba nervioso. Afortunadamente no era la única.

Con cada paso, una película se formó delante de mis ojos, recordando todo lo que habíamos pasado a lo largo de todos estos años, desde que éramos niños, del día que nos reencontramos en aquel restaurant, de las mariposas que sentí en el estomago cuando ambos nos tomamos de la mano, de la taquicardia que me provocó nuestro primer beso. De la manera en que fue herido y temí perderlo para siempre, de aquella ocasión en que lo vi luchando por su vida, de como buscaba en mi consuelo cuando la salud de su madre empeoraba, de las muchas ocasiones en las que lloró en mis brazos. De las mil palabras que solía decirme cuando estábamos juntos. De como fue mi refugio, la persona que me contuvo y consoló, el hombre que me tomó en brazos y lloró cuando se enteró de que el día que nos comprometimos casi fui secuestrada, el que me prometió que no permitiría que nunca más volviese a ocurrirme algo así, que daría su vida por la mía, y no lo dudo, yo también daría la mía por él.

En cuanto llegué hasta donde Daniel se encontraba papá levantó mi mano suavemente y se la tendió a mi futuro esposo, quien claramente tenía parte de los ojos enrojecidos, al igual que yo. Daniel sostuvo mi mano con delicadeza y depositó un suave beso. Papá le dijo algo que apenas pude escuchar, después, ambos subimos los últimos escalones antes de llegar al altar. Ahí antes de iniciar con la ceremonia ambos nos susurramos mutuamente cuanto nos amábamos.




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